En la Plaza de Jesús, en el barrio de Las Letras, se encuentra la Basílica de Jesús de Medinaceli, una de las seis basílicas que existen en Madrid, famosa por albergar la imagen del Cristo de Medinaceli, un cristo nazareno del siglo XVII de gran devoción entre los madrileños.
En el siglo XVII el gran espacio de terreno existente junto al Prado de Atocha, actual Paseo del Prado, entre la Carrera de San Jerónimo y la calle de las Huertas, pertenecía al poderoso Duque de Lerma.
Era este uno de los tres conventos cuya creación promovió el valido de Felipe III, Francisco Gómez de Sandoval, I duque de Lerma, ofreciendo, a las órdenes trinitaria, capuchina y dominica, terrenos donde fundar dentro del conjunto de solares que, a principios del siglo XVII, adquirió en el Prado de los Jerónimos con el fin formar una única finca sobre la que construir un gran palacio suburbano para su recreo y el de la corte del tercer Felipe.
Con la agregación de más de veinte terrenos, para cuya anexión obtuvo del concejo de La Villa la cesión de las callejuelas que los separaban, logró el valido ocupar una manzana que tenía por linderos la Carrera de San Jerónimo, la Plaza de las Cortes, el Paseo del Prado y las calles de las Huertas, de Jesús (antigua de los Trinitarios), Cervantes (antigua de Francos) y San Agustín (antigua de San José), en la que edificar el mayor complejo palacial privado de Madrid, del que se ha dicho que era más un pueblo que un palacio.
El proyecto del palacio se encargó a Juan Gómez de Mora, con fachada a la Carrera de San Jerónimo y comunicación con el convento capuchino de San Antonio del Prado y, a través de un pasadizo alto sobre la calle del Prado, con el dominico de Santa Catalina de Sena, convento edificado sobre las casas del Hospital General adquiridas con este propósito por el valido.
El convento de Trinitarios fue fundado en 1606 por el reformador de esta orden y fundador de su rama descalza, San Juan Bautista de la Concepción, que para su proyecto reformista contó con la protección, “a banderas desplegadas, que lo sepa todo el mundo”, del duque de Lerma, quien actuó como su valedor ante Felipe III y donó a la nueva orden los terrenos -que quedaron comunicados con el palacio a través de los jardines- financió la construcción del convento y asumió su patronazgo.
A partir de 1682, este convento empezó a ser conocido como convento de Jesús de Medinaceli por haber acogido desde su llegada a Madrid la “Santa Imagen, y Milagrosa, de Jesús Nazareno” caída en manos del rey de Mequinez y rescatada por religiosos de esta orden.
Pronto empezó a ser más conocido en la ciudad por el nombre de Jesús Nazareno, ya que en su interior se custodiaba una imagen de Jesús que estuvo cautiva en Fez y fue rescatada por los trinitarios en 1682.
La imagen de su famoso Cristo es de la primera mitad del siglo XVII, con 1,73 metros de altura.
Fue tallada en Sevilla, lo que explica que su iconografía es la correspondiente a los Cristos llamados "de la Sentencia".
En 1682 fue trasladada a Madrid donde ya llegó con fama de milagrosa.
Ese mismo año se organizó la primera procesión a la que asistió el "todo Madrid": el pueblo fiel, la nobleza y la casa real.
En la Plaza de Jesús se levanta el templo, declarado basílica menor por el papa Pablo VI en 1973, y el templo-basílica del Cristo de Medinaceli, y entre sus muchos recuerdos referidos a Cristo, hay que mencionar la vidriera de su gran ventana en la que se representa una Apoteosis del Cristo titular, con varias escenas de la historia de la imagen.
El artista Santiago Padrós Elías dejó su huella piadosa en varios mosaicos que representan escenas de la devoción del pueblo de Madrid a su Cristo.
Por todo el templo están distribuidas varias vidrieras también con escenas de la historia de la devoción al Cristo.
Transformaciones urbanas y destino del convento
Por otra parte a mediados del siglo también los terrenos comenzaron a sufrir transformaciones.
Se abrió la prolongación de la calle Lope de Vega -antes llamada de Cantarranas- hasta el Paseo.
Poco después en el solar resultante entre dicha calle y la de Huertas se edificó el famoso palacio de Xifré de estilo árabe.
Y a principios del siglo XX tuvieron lugar la prolongación de las calles de Cervantes -antigua calle de Francos- y de Jesús -en el siglo XVII calle de los Trinitarios-, actual calle del Duque de Medinaceli.
El Palacio de los duques de Medinaceli fue a su vez derribado para levantar el Hotel Palace.
Del convento de los Trinitarios del siglo XVII y su iglesia, así como de la casa del duque de Lerma, no quedan apenas vestigios.
La efímera supresión bonapartista de las órdenes religiosas provocó el traslado de la imagen a la Iglesia de San Basilio, de donde regresó en 1814, hasta que las medidas desamortizadoras de Mendizabal de 1836, indujeran de nuevo su marcha, esta vez a la parroquia de San Sebastián.
En 1844, el duque de Medinaceli cedió el inmueble del primitivo convento trinitario a las religiosas concepcionistas de Caballero de Gracia y, al año siguiente, solicitó al ministro de Gracia y Justicia que la imagen de Jesús Nazareno fuera devuelta a su histórico templo, lo que se verificó en 1846 por orden de la Reina Gobernadora.
La comunidad de padres capuchinos del vecino San Antonio del Prado, que recordemos también había sido fundado por el duque de Lerma y estaba igualmente bajo patronato del duque de Medinaceli, pasó a ocupar el edificio de los Trinitarios.
En 1890, tras la demolición del convento de San Antonio del Prado, el convento de Jesús pasó a albergar a dicha comunidad de capuchinos.
En 1922 el edificio fue derribado porque amenaza ruina, y en 1927 se empezó a construir el actual, que realizado por el arquitecto Jesús Carrasco-Muñoz Encina fue terminado en 1930.
Mientras tanto, la imagen se trasladó al convento que en 1920 había construido la orden capuchina en un solar aledaño.
Proyectos y construcción de la basílica: planta, alzado y detalles
Carrasco-Muñoz hizo un primer proyecto para la iglesia en 1921, con una planta longitudinal muy alargada orientada con fachada a la plazuela de Jesús.
Sobre este diseño comenzaron las obras, pero no se sabe por qué motivo se abandonó.
Seis años más tarde, presentó un nuevo proyecto, totalmente distinto que fue el que se construyó.
La nueva planta más compleja funde un rectángulo y un triángulo para crear un gran espacio diáfano rodeado de columnas para las tres naves, con la capilla mayor, el camarín y la sacristía al fondo.
En el lado izquierdo de la iglesia introdujo una serie de capillas de distinto tamaño, adaptadas a la forma triangular del solar, y situó las zonas auxiliares en los espacios residuales, da tal manera que resulta una planta poco común.
Todas esas partes quedan perfectamente visibles en el exterior, dando una volumetría compleja por la calle Cervantes.
La fachada principal tiene disposición simétrica, divida en tres partes y dos cuerpos superpuestos coronados con frontón y ornamentación neobarroca.
De estilo neo-barroco la fachada consta de dos cuerpos superpuestos coronados por un frontón y una cruz.
En el eje central está la entrada principal, con arco de medio punto y nichos a ambos lados.
La iglesia actual de Jesús de Medinaceli fue consagrada solemnemente el 21 de noviembre de 1930 por el obispo de Madrid D. Leopoldo Eijo Garay.
La iglesia fue erigida en parroquia el 26 de enero de 1966 por el obispo D. Casimiro Morcillo.
El Papa Pablo VI elevó el templo a Basílica menor, el 1 de septiembre de 1973.
En cuanto al edificio, fue construido sobre una planta de cruz latina con tres naves; en la parte alta del presbiterio se encuentra el camarín donde se venera la famosa imagen del Cristo de Medinaceli.

Interior: naves, capillas y obras de arte
El interior de planta de cruz latina tiene tres naves.
En la nave del Evangelio hay varias capillas.
La mayor, en el crucero, dedicada a la Inmaculada Concepción, imagen de principios del siglo XIX procedente del Convento de San Antonio del Prado.
En ella se encuentran dos sepulcros de mármol con los restos del duque de Medinaceli Luis Jesús Fernández de Córdoba fallecido en el mes de julio de 1956 y su segunda esposa.
En el centro la pintura de un Cristo Crucificado de fines del siglo XVIII.
Otras capillas de interés son la de la Divina Pastora y la de Nuestra Señora de la Divina Providencia con una escultura de la Virgen de la Leche obra de Mariano Bellver.
Ambas proceden también de San Antonio del Prado.
La escultura es una talla sevillana de la primera mitad del siglo XVII.
No hay certeza sobre quién fue su autor, tal vez Francisco de Ocampo o, más probablemente se cree por las características artísticas, Luis de la Peña.
Se cree que la escultura fue creada para los Padres Capuchinos de Sevilla que la llevaron a una ciudad en el norte de África para ser venerada por los ciento cincuenta soldados allí destinados.
Hacia 1681 se encontraba en Mámora, conocida en España como San Miguel de Ultramar, pequeña colonia que por entonces se perdió.
Los soldados y las imágenes, entre ellas el Nazareno, cayeron en manos de los musulmanes.
Primero llegó al Convento de los Trinitarios descalzos de Sevilla, de ahí en 1682 al Convento de la misma Orden en Madrid.
Su Capilla fue inaugurada en 1689.
A causa de la guerra de la Independencia sufrió varios traslados, a los Basilios en la calle Desengaño, San Martín… tras la desamortización en 1836 fue llevado a la parroquia de San Sebastián.
En el inicio de la guerra civil los religiosos temieron por la imagen y la escondieron.
En 1937 un batallón republicano estableció su cuartel en este convento, y una mañana buscando madera para calentarse en el sótano encontraron la caja con el Cristo y, después de una restauración de urgencia pues le había afectado la humedad, la valiosa escultura fue trasladada al Museo del Prado.
La imagen fue una más de las obras salvadas por las tropas republicanas que las entregaron a la Junta de Incautación del Tesoro Artístico Nacional.
Jesús de Medinaceli viajó con los cuadros y otros elementos del Patrimonio a Valencia, posteriormente a Francia y en 1939 se expuso en Ginebra en la Sociedad de Naciones junto con algunas pinturas del Prado.
Capillas funerarias y aportaciones posteriores
En 1953, retomando un proyecto diseñado en 1910, el arquitecto Luis Gutiérrez Soto construyó una capilla panteón en la nave del Evangelio de la basílica que ornó con frescos de Enrique Segura para el descanso eterno del XVII duque de Medinaceli, fallecido 3 años después, y de su segunda esposa.
En 1978, en el acto de constitución de la Fundación Casa Ducal de Medinaceli, su fundadora, Victoria Eugenia Fernández de Córdoba, XVIII duquesa de Medinaceli, donó la capilla a la institución que había creado.
Con la donación de dicha propiedad, la XVIII duquesa, no sólo quiso traspasar un patrimonio material, sino sobre todo asegurar el secular papel de transmisor de la devoción al Cristo que la Casa de Medinaceli había tenido desde el origen de la advocación.
Notas sobre proyectos y autores
En 1917 Jesús Carrasco Muñoz-Encina proyectó el nuevo Convento de los Padres Capuchinos, situado junto a la iglesia en la actual plaza de Jesús nº 2 y con fachada a la calle de Lope de Vega 45.
Se construyó entre 1917 y 1920 en parte del terreno del antiguo convento.
En 1921 proyectó la actual Basílica de Jesús de Medinaceli.
Las obras comenzaron pero en 1927 se acometió un segundo proyecto que no se terminó hasta 1929.
Carrasco-Muñoz hizo un primer proyecto para la iglesia en 1921, con una planta longitudinal muy alargada orientada con fachada a la plazuela de Jesús.
Sobre este diseño comenzaron las obras, pero no se sabe por qué motivo se abandonó.
Seis años más tarde, presentó un nuevo proyecto, totalmente distinto que fue el que se construyó.
Importancia cultural y devocional
Las iglesias y templos son lugares elegidos donde los cultos ofician sus ceremonias esenciales, y al mismo tiempo son representaciones icónicas del valor religioso y comunitario de esos cultos.
En consecuencia, la arquitectura siempre les ha conferido unas dimensiones estéticas y constructivas que, por su austeridad o su magnificencia, por su sencillez o su recargado barroquismo, por su mesura o por su deslumbrante enormidad, representan a los cultos ante sus fieles y el mundo, y les aseguran su reconocimiento, su adhesión y su empatía.