El pasaje del Evangelio de Lucas que hemos leído refleja con claridad un aspecto fundamental de la misericordia: la sinceridad de nuestro arrepentimiento suscita en Dios su perdón incondicional. Mientras Jesús, invitado por Simón el fariseo, está sentado a la mesa, una mujer, considerada por todos pecadora, entra, se pone a sus pies, los baña con sus lágrimas y los seca con sus cabellos; luego los besa y los unge con el aceite perfumado que ha traído consigo.
Contraste entre la mujer y el fariseo
La actitud de la mujer contrasta con la del fariseo. El celoso servidor de la ley, que juzga a los demás por las apariencias, desconfía de Jesús porque se deja tocar por los pecadores, y se contamina. La mujer, en cambio, expresa con sus gestos la sinceridad de su arrepentimiento y, con amor y veneración, se abandona confiadamente en Jesús.
El fariseo, prosiguió el Papa, «no concibe que Jesús se deje “contaminar” (entre comillas ¡eh!) por los pecadores. Así pensaban ellos. Él piensa que si fuera realmente un profeta debería reconocerlos y tenerlos lejos para no ser contaminado, como si fueran leprosos. Esta actitud es típica de cierto modo de entender la religión, y está motivada por el hecho de que Dios y el pecado se oponen radicalmente. Pero la Palabra de Dios enseña a distinguir entre el pecado y el pecador: con el pecado no es necesario hacer compromisos, mientras los pecadores - es decir, ¡todos nosotros! - somos como enfermos, que necesitan ser curados, y para curarse es necesario que el médico los acerque, los visite, los toque.
Jesús acoge al pecador
Cristo no hace componendas con el pecado, que es oposición radical al amor de Dios. Pero no rechaza a los pecadores, sino que los acoge: Jesús, el Santo de Dios, se deja tocar por ellos, sin miedo de ser contaminado, los perdona y los libera del aislamiento al que estaban condenados por el juicio despiadado de quienes se creían perfectos, abriéndoles un futuro.
Entre el fariseo y la mujer pecadora -explicó el Papa Francisco-, Jesús se pone de parte de esta última. Libre de prejuicios que impiden a la misericordia expresarse, el Maestro la deja hacer. Él, el Santo de Dios, se deja tocar por ella sin temer ser contaminado. Jesús es libre, libre porque es cercano a Dios que es Padre misericordioso. Y esta cercanía a Dios, Padre misericordioso, da a Jesús la libertad.

La escena del Evangelio y la respuesta de Jesús
Jesús se inclinó y empezó a escribir con el dedo en el suelo. Como ellos siguieron insistiendo con la pregunta, Él se levantó y les dijo: “¡El que no tenga pecado, que le tire la primera piedra!”. Y se volvió a inclinar y siguió escribiendo en el suelo. Ellos, al oír esto, se fueron retirando uno por uno, comenzando por los más viejos; y quedó solo Jesús, con la mujer, que seguía allí delante.
«El que esté sin pecado, tire la primera piedra», dijo Jesús, y luego se dirigió a la mujer: “Pues tampoco yo te condeno. Ve y no peques más”. Jesús es el único sin culpa, el único que podría arrojarle la piedra contra ella, pero no lo hace, porque Dios ‘no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva’.
Misericordia frente a legalismo
Los primeros quieren condenar a la mujer, porque se sienten tutores de la Ley y de su fiel aplicación. En cambio, Jesús quiere salvarla, porque Él personifica la misericordia de Dios, que perdonando redime y reconciliando renueva. El Papa Francisco afirmó que “los interlocutores de Jesús”, estaban “encerrados en los cuellos de botella del legalismo, y quieren encerrar al Hijo de Dios en su perspectiva de juicio y condena”.
Francisco prosiguió señalando que la escena siguiente, es decir la que narra que “uno tras otro, comenzando por los ancianos", se fueron "renunciando a apedrear a la mujer”, invita también "a cada uno de nosotros a tomar conciencia de que somos pecadores", y a dejar caer de nuestras manos “las piedras de denigración y de la condena, de las habladurías que a veces queremos lanzar contra los demás”.
La invitación a la autorreflexión
Jesús permanece en silencio. San Juan Pablo II explicó que el silencio del Señor “invita a todos a la autorreflexión. Tomar conciencia de que somos pecadores, y dejar caer de nuestras manos las piedras de denigración y de la condena que a veces queremos lanzar contra los demás: fue la invitación del Papa en este V domingo de Cuaresma a la hora del Ángelus dominical.
El perdón abre un camino nuevo
Jesús se despide de la mujer con estas maravillosas palabras: ‘Vete y de ahora en adelante no peques más’. Así Jesús abre ante ella un camino nuevo, creado por la misericordia, un camino que requiere su compromiso de no pecar más. Es una invitación que vale también para cada uno de nosotros: Jesús cuando nos perdona nos abre siempre un camino nuevo para ir adelante.
En este tiempo de Cuaresma - continuó - estamos llamados a reconocernos pecadores y a pedir perdón a Dios. Y el perdón, a su vez, mientras nos reconcilia y nos da la paz, nos permite recomenzar una historia renovada. “Toda verdadera conversión está orientada hacia un futuro nuevo, hacia una vida nueva, una vida bella, una vida libre del pecado, una vida generosa”.
Un minuto con Francisco: El secreto del Papa Francisco sobre la misericordia | Cap. 03
La distinción entre pecado y corrupción
El Pontífice explicó que una cosa es el pecado y otra la corrupción a la que lleva el pecado, porque la actitud del pecador puede ser la de decir: “Yo he pecado, he sido infiel a Dios, pero luego trato de no hacerlo más, o busco reconciliarme con el Señor, o al menos sé que no está bien lo que hago”.
San Juan Pablo II dijo por su parte que “este pasaje del Evangelio enseña claramente que el perdón cristiano no es sinónimo de mera tolerancia, sino que implica algo más exigente. El Papa Francisco, en su homilía de la Celebración Penitencial de “24 Horas para el Señor”, dijo que “si queremos la liberación del mal hay que dejar actuar al Señor, que perdona y sana. «La confesión es el paso de la miseria a la misericordia, es la escritura de Dios en el corazón.
Dignidad de la mujer según el Papa Francisco
Una oración para las mujeres descartadas, para las mujeres usadas, para las niñas que tienen que vender su dignidad por un trabajo", es la exhortación del Papa Francisco en su homilía de la misa matutina celebrada en la capilla de la Casa Santa Marta. El Santo Padre subraya cómo las mujeres son precisamente "aquello que falta a todos los hombres para ser imagen y semejanza de Dios”.
«Jesús dignifica a la mujer y la pone al mismo nivel que el hombre, ya que toma aquella primera palabra del Creador, “ambos son imagen y semejanza de Dios", ambos; no el hombre primero y luego la mujer un poco más abajo, no... ambos. Y el hombre sin la mujer al lado - tanto como madre, como hermana, como esposa, como socia de trabajo, como amiga - ese hombre solo no es imagen de Dios», afirma Francisco.
El Sucesor de Pedro recuerda que descartar a la mujer es un pecado contra Dios Creador, porque sin ellas, “los hombres no podemos ser imagen y semejanza de Dios”. “Hay una rabia contra la mujer, una rabia fea. Incluso sin decirlo ... ¿Cuántas veces las chicas necesitan venderse como un objeto desechable para tener un puesto de trabajo? ¿Cuántas veces?”, se pregunta Francisco señalando que esta situación también se vive en Roma y que no hace falta irse muy lejos para ser testigos de esta lacra social.
La denuncia contra la cosificación y la explotación
«En los programas de televisión, revistas, periódicos, vemos a las mujeres como un objeto de deseo, de uso; como en un supermercado», explica el Papa señalando que en muchas ocasiones, con el fin de vender productos de una “cierta calidad”, la mujer es convertida en “producto”, expuesta de manera humillante, a veces sin ropa, tirando así por tierra esa enseñanza de Jesús que la “dignificó”.
Asimismo, el Santo Padre se plantea qué cosas veríamos si hiciéramos un “peregrinaje nocturno” en ciertos lugares de la ciudad, en los cuales tantas mujeres, migrantes y no migrantes, "son explotadas como en un mercado”, ya que a estas mujeres, los hombres se les acercan, no para decirles “buenas tardes”; sino para preguntarles “¿cuánto cuestas?”.
Mirar a las mujeres descartadas
"Nos hará bien, mirar a estas mujeres y pensar que, frente a nuestra libertad, ellas son esclavas del pensamiento del descarte”, concluye Francisco. Y una y otra vez invita a no juzgar y a ofrecer caminos de esperanza: cuando hablamos mal de los demás, tiramos piedras; dejemos caer esas piedras y ayudemos a construir posibilidades de redención.
Llamado a ser justos con misericordia
Este viernes el Papa Francisco ha invitado a ser a la vez justos y misericordiosos: ambas cosas van unidas, según explicó en la homilía matinal en su misa de la Casa Santa Marta. Al invitar a huir de la casuística de la que hacían gala los fariseos, Francisco explicó que “cuando la tentación te toca el corazón, este camino de salir de la casuística a la verdad y a la misericordia no es fácil: se requiere la gracia de Dios para que nos ayude a ir hacia delante y debemos pedirla siempre: ‘Señor, que yo sea justo, pero justo con misericordia. No justo cubierto de casuística’”.
También señaló que una persona que tiene esta mentalidad casuística puede preguntar: ‘¿Qué es más importante en Dios, la justicia o la misericordia?’. Es un pensamiento enfermo. Es una sola cosa. En Dios justicia es misericordia y misericordia es justicia”.
Mensajes prácticos para la comunidad cristiana
- Dejar caer las “piedras” de la condena y la habladuría: tomar conciencia de que somos pecadores.
- Reconocer la distinción entre pecado y pecador: no hacer componendas con el pecado, pero acoger al pecador.
- Promover la dignidad de la mujer frente a la cosificación y la explotación.
- Practicar la confesión y la reconciliación como camino de liberación: “la confesión es el paso de la miseria a la misericordia”.
- Buscar la justicia acompañada de misericordia: “Señor, que yo sea justo, pero justo con misericordia”.
Notas sobre la interpretación teológica
San Juan Pablo II mencionó que en este pasaje “la situación de la mujer adúltera es ciertamente seria” y que el relato “invita a todos a la autorreflexión”. El Papa Emérito Benedicto XVI comentó que los fariseos “le piden a Jesús que juzgue a la mujer pecadora para ‘probarlo’ e impulsarlo a dar un paso en falso”, y que mientras sus acusadores lo interrogan insistentemente, Jesús se agacha y comienza a escribir con el dedo en el suelo.
En 2016, el Papa Francisco dijo que para Jesús “antes que el pecado está el pecador”. San Juan Pablo II señaló que el perdón cristiano no es mera tolerancia, sino algo más exigente; y el Papa Francisco insistió en que “si queremos la liberación del mal hay que dejar actuar al Señor, que perdona y sana.”
Reflexión final
La enseñanza del Papa Francisco sobre la mujer pecadora en el Evangelio es un llamado persistente a la misericordia activa: distinguir entre pecado y pecador, acoger a quien necesita curación, reconocer la dignidad de la mujer y abandonar la casuística y la hipocresía. Al hacerlo, la comunidad cristiana se abre a la posibilidad de renovación y a la construcción de un futuro en el que el perdón de Dios transforma la existencia.