La Verónica vaticana -el paño que, según la tradición, recogió el rostro de Cristo durante el Vía Crucis- ha sido objeto de devoción, leyenda e historia desde la antigüedad cristiana hasta nuestros días. Al mismo tiempo, el nombre y la iconografía de la Verónica encontraron eco en la tauromaquia: la verónica, como suerte de capa, recibió su denominación por la semejanza entre la forma de presentar el capote y la del lienzo con la Santa Faz.
La tradición del Velo de la Verónica: fuentes y pervivencia
En el libro apócrifo de los Hechos de Pilato (siglo VI), se habla de una mujer, conocida con el nombre de Verónica, que enjugó con un velo el rostro de Cristo en el Vía Crucis. A pesar de estas fuentes inciertas, que se encuentran ya en el siglo IV, según constata el padre Pfeiffer, alemán, la historia del Velo de la Verónica está presente a través de los siglos en la tradición católica. La Verónica mostrando la Santa Faz a la Virgen y San Juan, de Juan Antonio Vera Calvo (1864), es una de las muchas representaciones artísticas inspiradas por la leyenda.
Con motivo del primer año santo de la historia, en el año 1300, el Velo de la Verónica se convirtió en una de las «Mirabilia urbis» (maravillas de la ciudad de Roma) para los peregrinos que pudieron visitar la Basílica de San Pedro en el Vaticano. Lo confirma el mayor poeta de la historia de Italia, Dante Alighieri, en el canto XXXI del «Paraíso» (versos 103-111) en la «Divina Comedia».
Custodia, pérdida y aparición en Manoppello
Las huellas del velo de la Verónica se perdieron en los años sucesivos al Año Santo 1600, cuando el velo fue hallado en Manoppello. Según estudios históricos citados por el padre Pfeiffer, con motivo de la reestructuración de la Basílica de San Pedro, realizada por el Papa Pablo V (1605-1621), en 1608 se abatió la Capilla en la que se custodiaba y es probable que en esa ocasión fuera robada la reliquia. En 1618, el archivista del Vaticano Giacomo Grimaldi hizo una lista de los objetos de la antigua Basílica de San Pedro, en la que habla del relicario que custodiaba el Velo, especificando que los cristales estaban rotos.
Según la «Relación Histórica», escrita en 1646 por el sacerdote capuchino Donato da Bomba, en 1608 una señora, Marzia Leonelli, para sacar a su marido de la cárcel, vendió por 400 escudos el Velo de la Verónica, que había recibido como dote, a Donato Antonio de Fabritiis. Dado que la reliquia no se encontraba en buenas condiciones, de Fabritiis la entregó en 1638 a los padres capuchinos de Manoppello. Fray Remigio da Rapino recortó los bordes del Velo y lo colocó entre dos marcos de madera de nogal. Los marcos y los cristales son los que todavía hoy conservan el velo en Manoppello.
El padre Pfeiffer explica que en el velo de Manoppello, en el margen inferior, se puede ver todavía un pequeño fragmento de cristal del anterior relicario, lo que demostraría su procedencia del Vaticano. Con la creación de esta leyenda, opinan algunos de los investigadores, se podría haber tratado de ocultar el robo del Vaticano.
Estudios científicos sobre la reliquia
El profesor Donato Vittori, de la Universidad de Bari, hizo un examen del velo en 1997 con los rayos ultravioleta, descubriendo que las fibras no tienen ningún tipo de pigmentación. Al observarse la reliquia con el microscopio se descubre que no está pintada y que no está tejida con fibras de color. A través de sofisticadas técnicas fotográficas digitales, se ha podido constatar que la imagen es idéntica en ambos lados del velo, como si fuera una diapositiva. La iconógrafa Blandina Pascalis Shlöemer ha demostrado que la imagen de la Sábana Santa de Turín se sobrepone perfectamente al Santo Rostro de Manoppello (con más de diez puntos de referencia).
El padre Pfeiffer ha recogido las principales obras artísticas de la historia que se inspiran en el velo de la Verónica, hasta que Pablo V prohibiera su reproducción, tras el probable robo en el Vaticano, y todas parecen tener por modelo la reliquia de Manoppello. El padre Pfeiffer explica: «Cuando los diferentes detalles se encuentran reunidos en una sola imagen, esta última debe haber sido el modelo de todas las demás. Todas las demás pinturas imitan un solo modelo: la Verónica de Roma. Por este motivo, podemos concluir que el Velo de Manoppello no es más que el original de la Verónica de Roma».

La Verónica y la tauromaquia: origen del nombre y evolución de la suerte
Se le llama verónica por la semejanza entre la forma de presentar el capote y la del lienzo en que la Verónica, de acuerdo a los Evangelios apócrifos, enjugó el rostro de Jesús. Desde que la tauromaquia se transformó en un arte con reglas y aparecieron escritos que las describen, encontramos a la verónica como uno de los lances fundamentales y sobre todo de un gran valor no sólo estético, sino que conlleva valor en sí mismo al ejecutarle, por tratarse de uno de los primeros lances que se dan al toro, recién salido de los toriles.
Su descripción más antigua es la que aparece en la Tauromaquia de José Delgado «Hillo», publicada en 1804: suerte de frente, o a la verónica. Esta es la que hace de cara al toro, situándose el diestro en la rectitud de su terreno. Es la más lucida y segura que se ejecuta, y sus reglas son en proporción de los toros.
De la verónica antigua a la verónica moderna: teoría y práctica
En la verónica antigua se citaba de frente y presentando el capote cuadrado al toro, tal y como se ve en la lámina de la Tauromaquia de Pepe-Hillo y en fotografías de estudio de Manuel Domínguez. Se le llama verónica por la semejanza entre la forma de presentar el capote y la del lienzo en que la Verónica, de acuerdo a los Evangelios apócrifos, enjugó el rostro de Jesús.
Es el tercer autor Guerrita en orden cronológico quien cambia, rectificando a sus antecesores, diciendo que el torero debe situarse en rectitud con el toro aunque de costado. Dice Guerrita en su Tauromaquia al hablar de la verónica: "Se ejecuta en la forma siguiente: se coloca el diestro de costado, en la rectitud del toro y á la distancia que le indiquen las facultades de su adversario, que procurará esté paralelo á las tablas; le citará tendiendo la capa, que tendrá sostenida con ambas manos; le dejará venir por su terreno, y cuando llegue á jurisdicción, le cargará la suerte empapándole bien en el capote y lo vaciará trayéndose la mano izquierda al costado derecho, y alargando el brazo derecho, ó viceversa, según del lado de que se practique, procurando que la res quede derecha y no atravesada".
Recapitulemos sobre los cambios que propone Guerrita en la ejecución de la verónica respecto al modo antiguo de realizar esta suerte. Son estos dos: el cite de costado y el desemparejamiento de las manos.
El cite de costado, en vez del cite frontal, lo justifica Guerrita en su Tauromaquia de la siguiente y aclaratoria forma: "En la posición referida, encontrándose el diestro de costado al bicho, y no de frente, tiene más facilidad para dar la salida y para repetir la suerte sin moverse de medio cuerpo abajo. La suerte practicada en esta forma, resulta de más lucimiento y más parada que cuando el lidiador da la cara al toro, situándose de frente, porque para repetirla tiene, por lo menos, que dar una media vuelta girando sobre los talones".
El desemparejamiento de las manos: en la verónica antigua ambas manos se movían a la vez como los limpiaparabrisas de un coche, pero Guerrita aconseja lo contrario. El Guerra dice que se deben desemparejar las manos y vaciar trayendo la mano izquierda al costado derecho y alargando el brazo derecho o viceversa. Con ello, se consigue despedir al toro lo suficiente con la mano de salida, pero sujetarlo y ajustar el lance con la otra mano. Un avance técnico importante cuando se quiere que el toro pase cerca del cuerpo, pero que el lance tenga la largura necesaria para no tener que enmendar el diestro su posición tras el capotazo.
Evolución visual: imágenes históricas de la verónica
Si importante es lo que se escribe (cuando lo escribe quien sabe), más importante es lo que los toreros hacen en el ruedo. Vamos a ver en imágenes como fue esa evolución técnica de la verónica desde la época del Guerra a la época de Juan Belmonte. La verónica antigua: Cocherito de Bilbao eleva las dos manos juntas hacia el infinito. Aunque Cocherito es un torero relativamente moderno (la foto es de 1911 y la colocación de perfil) la imagen transmite ese aire antiguo de las dos manos altas tan singular.
La verónica de transición queda bien ilustrada en imágenes de Bombita Chico y Lagartijo Chico (1902): el cite es frontal con el capote cuadrado con la res; el segundo movimiento es el de levantar los brazos, aunque las manos van desemparejadas; las enseñanzas de Guerrita no habían caído en balde y ya estaban dando sus frutos.
La verónica de Gaona (1911) o la cuasi-moderna de Antonio Fuentes muestran la sofisticación creciente: quebrada de cintura, mano de salida alta pero ya más apretada y erguida la figura. Finalmente, la verónica personal e intransferible de Juan Belmonte, con cite de frente o de tres cuartos y mano de salida altísima o algo más baja, pero siempre con la muñeca prodigiosa que permitió una ligazón inusitada entre capotazo y capotazo.

La verónica como clásico y su valor estético
Se le considera de lo más clásica, siendo que clásico es un elemento que ha perdurado en una cultura durante un largo período, hasta convertirse en algo representativo de ella. Así pues, la verónica se convierte en algo muy representativo del toreo. Parafraseando a Guillermo Sureda, «clásico consiste en ver volver»: es lo que, en uno u otro sentido, está por encima de las modas y los modos.
Verónicas eternas han ejecutado algunos diestros que dejaron en la memoria colectiva pasa-jes inolvidables: Luis Castro «El Soldado», Pepe Luís Vázquez, Manolete -cuyas tres verónicas fueron descritas como páginas de oro antiguo-, Silverio Pérez en México, Antonio Ordoñez, cuya verónica fue valorada por su autenticidad, belleza y clasicismo. De la magistral interpretación que de la verónica hacía Manuel Rodríguez «Manolete», Septién García comenta: «Y haciendo un toreo hondo, largo, señorial y exquisito, trazó las tres verónicas más templadas, más eternas y más sentidas que se hayan visto en mucho tiempo». La verónica es la reina de las suertes de capa y, al mismo tiempo, la más difícil de ejecutar.
Relación simbólica entre la Verónica religiosa y la verónica taurina
La tradición cristiana cuenta que la mujer que limpió el rostro de Jesús es comúnmente conocida como Verónica, derivado del latín "vera icona", que significa "ícono verdadero". Se cree que la imagen de Cristo fue impresa en el velo durante su camino hacia la cruz. De la misma manera que aquel lienzo ofrecía una imagen templada, serena y literal del Rostro Divino, la suerte de verónica en el ruedo busca la claridad, la nobleza del trazo y la exposición del toro en el capote, mostrando un momento de pureza estética y emoción contenida.
La denominación de la suerte taurina como «verónica» reúne así el simbolismo religioso de ofrecer, mostrar y limpiar con la práctica estética de presentar el capote y ofrecer el cuerpo del torero al asedio del toro con dignidad y control. Ambas tradiciones, aunque de ámbitos distintos, subrayan la idea del gesto: un movimiento que revela, que enseña un rostro o una verdad, y que queda grabado en la memoria colectiva.
El Velo de la Verónica en la liturgia vaticana
En el Vaticano, durante el Quinto Domingo de Cuaresma, tiene lugar una liturgia extraordinaria en la Basílica de San Pedro: la exhibición de una venerada reliquia conocida como "El Velo de la Verónica". Esta reliquia está profundamente vinculada al Vía Crucis, representando el momento en que una mujer llamada Verónica limpia el rostro de Jesús con un paño mientras Él carga la cruz hacia el Calvario. Según la tradición, este paño lleva la verdadera imagen del rostro de Cristo y ha sido resguardado en una Basílica en el Vaticano.
Durante la ceremonia, los canónigos de la Basílica de San Pedro se reúnen con el Arcipreste de la Basílica, el celebrante y los fieles: la procesión desciende por la nave de la iglesia, se cantan letanías y himnos, se incensa y finalmente se muestra la reliquia para la veneración mientras las campanas suenan y el icono regresa en procesión a su capilla. La procesión culmina en el Altar Mayor y, tras la Santa Misa, se desarrolla un momento especial alrededor del Altar Mayor con el himno "Vexilla Regis".

Notas sobre la investigación histórica y la sensibilidad contemporánea
La historia del velo combina fuentes apócrifas, testimonios medievales, registros vaticanos, leyendas locales y análisis científicos modernos. Estas capas de información permiten múltiples lecturas: la devocional, la histórica y la crítica. Algunos investigadores consideran que las distintas leyendas sobre la llegada del icono a los Abruzos o su venta en 1608 sirven para encubrir hechos más prosaicos como el robo. Otros subrayan la continuidad iconográfica: muchas obras artísticas parecen derivar de un mismo modelo, lo que refuerza la hipótesis de un original cuya huella influyó en la iconografía cristiana y, por extensión simbólica, en la denominación de la suerte taurina.
Revisar viejas fotografías, leer tratados taurinos como la Tauromaquia de Guerrita o los tratados de Pepe-Hillo permite entender la evolución técnica y estilística del toreo sin caer en la nostalgia simplista. Si queremos acercarnos al pasado, lo tendremos que hacer sin prejuicios ni clichés, contextualizando lo que dijeron quienes escribieron de toros en otras épocas. Así se comprende mejor por qué la verónica, como gesto y nombre, conserva una fuerza simbólica compartida entre liturgia y plaza.