La fe cristiana proclama con claridad que Jesucristo es el único Salvador de la humanidad. Su vida, pasión, muerte y resurrección constituyen el núcleo del misterio de la Redención, mediante el cual Dios ofrece perdón, sanación y la posibilidad de una nueva vida en comunión con Él.
El sacrificio y la muerte de Jesucristo
La noche antes de ser crucificado, Jesucristo se retiró al Jardín de Getsemaní, donde sufrió los dolores y las enfermedades de cada uno de los hijos de Dios. Gracias a eso, Él puede brindar ayuda y sanación en cualquier circunstancia. Luego fue traicionado, arrestado, golpeado, escarnecido y clavado en una cruz. Tres días después, se levantó para vivir de nuevo conquistando la muerte y el pecado. Aunque la muerte de Jesucristo fue trágica e injusta, Su sacrificio divino hizo posible que cada uno de nosotros sea perdonado y se levante de entre los muertos.
La Expiación: perdón y redención
Cuando Jesucristo sufrió en el Jardín de Getsemaní y en la cruz, tomó sobre Sí nuestros pecados. Pagó el precio de la justicia para que cada uno de nosotros pueda recibir misericordia. El Resucitado explicó a sus discípulos que la muerte del Mesías tenía un sentido salvífico, y así estaba anunciado en las Escrituras. Les dijo: “¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?”
Jesús padeció y fue crucificado por los pecados del mundo, dando así a cada uno de los hijos de Dios el don del arrepentimiento y del perdón. Solamente por medio de Su misericordia y Su gracia cualquier persona puede salvarse. Su posterior resurrección preparó el camino para que cada persona pudiera superar también la muerte física. A estos acontecimientos se les denomina la Expiación.
Jesús como Dios y hombre verdadero
Jesús es Dios y hombre verdadero. El Dios-Hijo, o sea, la segunda Persona de la Santísima Trinidad, se encarnó en las puras entrañas de María. De manera que en Jesús encontramos la unión de dos naturalezas: la naturaleza divina y la naturaleza humana, en una sola Persona, que es el Hijo de Dios Padre. El hecho de que Jesucristo sea, al mismo tiempo Dios y hombre, hace posible que su entrega amorosa total, por nosotros hasta la muerte en la cruz, tenga poder salvador universal.
Jesucristo como camino y revelación
La revelación en Cristo es mediadora y plenitud de toda la revelación. La salvación que Jesús ha traído en su propia persona no ocurre solo de manera interior. Es precisamente asumiendo la carne que «se hizo el Hijo de Dios Hijo del Hombre» y nuestro hermano, y en la medida en que Él ha entrado a formar parte de la familia humana, «se ha unido, en cierto modo, con todo hombre» y ha establecido un nuevo orden de relaciones con Dios y con todos los hombres.
Mirada nueva de fe: reencontrar el sentido de la vida
La idea de mirar a Jesucristo con una mirada nueva de fe significa mirar iluminados por la fe, redescubriendo el Credo y el misterio de la Redención. Una mirada nueva puede transformar la vida cotidiana: vivir la realidad de cada día a la luz del misterio de amor de Dios, que encuadra todos los elementos en la totalidad del plan divino.
Tal como se comenta en un ejemplo tradicional de conversión, una persona puede haber visto muchas veces un Crucifijo sin comprender su significado hasta que una luz interior lo hace evidente y transforma la vida. Es eso lo que necesitamos: vivir la vida de cada día con mirada de fe, encuadrando todo en el marco del misterio del amor de Dios manifestado en Cristo crucificado.
La obra de la Redención: tres dimensiones
- Acto redentor: la obra de amor del Corazón humano de Cristo, manifestación del amor de Dios y revelación de la dignidad del hombre.
- Asimilación de los frutos: conversión, arrepentimiento, don del Espíritu Santo y nueva creación en el hombre que transforma el mundo.
- Colaboración a la Redención: los creyentes participan, incluso en los sufrimientos, y contribuyen a iluminar y transformar la realidad desde una fuerza de amor mayor que el pecado y la muerte.
El papel de la Iglesia y los sacramentos
El lugar donde recibimos la salvación traída por Jesús es la Iglesia, comunidad de aquellos que, habiendo sido incorporados al nuevo orden de relaciones inaugurado por Cristo, pueden recibir la plenitud del Espíritu de Cristo. La salvación que Dios nos ofrece no se consigue sólo con las fuerzas individuales, sino a través de las relaciones que surgen del Hijo de Dios encarnado y que forman la comunión de la Iglesia.
La economía sacramental es esencial: la participación en la Iglesia al nuevo orden que inauguró Jesús sucede a través de los sacramentos, entre los cuales el bautismo es la puerta y la Eucaristía la fuente y cumbre. Con la gracia de los sacramentos, los creyentes crecen y se regeneran continuamente; cuando pecan, pueden ser reintroducidos en el orden de las relaciones inaugurado por Jesús mediante la Penitencia.
Contra las falsas soluciones: ni auto-salvación ni salvación meramente interior
En el mundo contemporáneo existen dos desviaciones que deforman la confesión de fe en Cristo: un neo-pelagianismo que confía en la autosuficiencia humana y un neo-gnosticismo que ofrece una salvación meramente interior desligada del cuerpo y de las relaciones. Ambas reducen la verdad cristiana. Cristo no es solo un modelo ético ni una experiencia interior: Él es el camino que asume nuestra humanidad integral para darnos participación en la vida divina.
La salvación integral: corazón, relaciones y mundo
La fe proclama que el verdadero mal del hombre procede del corazón, y que la salvación no es solo una cura interior sino la restauración de la comunión con Dios, con los otros y con la creación. La Encarnación, Passion y Resurrección de Cristo asumen lo corporal y lo social: la salvación incluye la santificación del cuerpo y la transformación de las relaciones humanas.
Mirar a Cristo en la vida y en la misión
La conciencia de la vida plena en la que Jesús Salvador nos introduce impulsa a la misión: anunciar a todos los hombres el gozo y la luz del Evangelio, al mismo tiempo que se establece un diálogo sincero con creyentes de otras religiones. Al dedicar esfuerzos a la evangelización, la Iglesia confía en que Dios puede conducir a la salvación en Cristo a «todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia».

Milagro de la sanidad como signo de salvación
En los Hechos de los Apóstoles se narra cómo Pedro y Juan, al sanar a un paralítico en la puerta del templo llamada La Hermosa, declaran que la obra no fue por su poder sino en el nombre de Jesucristo el Nazareno. Pedro pronuncia la afirmación decisiva: “En ningún otro hay salvación.” El milagro señala que Jesucristo sigue actuando hoy y que la verdadera solución al mal humano no se limita a remedios externos sino que alcanza la raíz del pecado y de la separación de Dios.
Sacrificio y Propiciación
Resumen de las verdades fundamentales
- Jesucristo es Dios y hombre verdadero; en Él se unen la naturaleza divina y la humana.
- Su vida, muerte y resurrección son el acto redentor que ofrece perdón y vida nueva.
- La fe cristiana distingue su propuesta de otras religiones porque Dios se hace presente en la historia mediante la Encarnación.
- La salvación no es autosuficiencia humana ni un mero sentimiento interior: es una incorporación a la vida de Cristo mediante la Iglesia y los sacramentos.
- La misión cristiana consiste en anunciar y testimoniar a Jesucristo como el único Salvador que transforma el corazón, las relaciones y la sociedad.
Tabla: Elementos clave del mensaje sobre Jesucristo Salvador
Acto: Encarnación, Pasión, Muerte, Resurrección
Resultado: Perdón de los pecados, resurrección, nueva vida en el Espíritu
Medio: Expiación de Cristo, Iglesia, sacramentos (bautismo, Eucaristía, penitencia)
Alcance: Personal e integral: cuerpo, alma, relaciones y mundo
Jesucristo es el Salvador del mundo y el Hijo de Dios. Él es nuestro Redentor. En Él se cumple el designio de la Alianza del Padre, y por su obra los hombres pueden ser incorporados a la vida divina y recibir la gracia necesaria para la transformación personal y social.