Si hay una ciudad donde el legado musulmán cobra un significado especial, esa es la Granada árabe. En cada rincón se siente la esencia de quienes la habitaron durante siglos, convirtiéndola en una de las más ricas del mundo en cultura, arquitectura e historia.
Tras la conquista de Granada por los Reyes Católicos, el 2 de enero de 1492, la población musulmana que quedó en el antiguo reino nazarí supuso una fuente constante de problemas por su nula integración. En 1492, con la toma de Granada, se inicia el proceso de conversión y unificación religiosa de la población islámica peninsular. Durante ese largo siglo se multiplicaron los intentos de evangelización, pero las conversiones auténticas siempre fueron puntuales, y aún menos numerosos los conversos que entraron como religiosos.
Tras los primeros intentos de evangelización pacífica ideados por el arzobispo Hernando de Talavera, pronto el Cardenal Cisneros, confesor de la Isabel la Católica y reformador del clero hispánico, impuso una vía mucho más violenta, que desembocó en los bautismos forzosos de los musulmanes granadinos en los primeros años del siglo XVI. Esta actitud hostil produjo el exilio de parte de dicha población fuera de los territorios del antiguo reino nazarí de Granada.
Unos tomaron rumbo al norte de África, Francia o Italia; otros se dirigieron a Valencia, donde pudieron seguir viviendo como musulmanes hasta que durante la revuelta de las Germanías, acaecida a inicios de la década de los años 20, sus aspiraciones de continuar profesando la fe de Mahoma se truncaron y también fueron obligados a convertirse. Y ellos mismos comprendieron y apoyaron las posteriores decisiones de la Corona, cuando esa resistencia cerrada se tradujo en insumisión abierta, acompañada de crímenes y martirios contra los cristianos.
Los relieves de Felipe Bigarny en la Capilla Real: imágenes del bautismo
En esta línea presentamos un caso de estudio: los conocidos relieves polícromos realizados por Felipe Bigarny para la Capilla Real de Granada a inicios de 1520. Las escenas de bautismo que analizaremos se encuentran en el sotobanco del retablo realizado por el artista citado. Se trata de una de las piezas más importantes del primer renacimiento escultórico español.
El bautismo de los moriscos se ilustraba a través de dos tablas: una dedicada a las mujeres y otra a los hombres. Es curioso que se hiciera de este modo, que se segregaran “sexualmente” unos de otros, que se les separara, cuando es bien sabido que este sacramento se impartió en masa, de modo apresurado y sin distinción entre sexos.
También sorprende que en cada uno de los relieves se visualice de un modo distinto el bautismo: en un caso, siguiendo la técnica de la aspersión y, en otro, la de la imposición con las manos del agua bendita, como si también quisiera hacer ver las múltiples maneras en que este proceso se llevó a cabo. Tal vez todo ello se realizó así para dar un carácter más narrativo y analítico al programa.

El bautismo de las moriscas
De las dos escenas, la que mayor interés ha despertado entre los investigadores ha sido la dedicada a las mujeres, principalmente por sus vistosos atuendos. Las moriscas portan las conocidas almalafas (de vivos tonos azules, blancos, rojos y verdes), zaragüelles y zuecos, tallados en un estilo similar, aunque más próximo a la realidad, al de las ilustraciones de los viajeros que llegaron a España durante aquel periodo.
La almalafa es una prenda de origen islámico que desde la Edad Media portaron no sólo las mujeres musulmanas sino también las cristianas viejas, debido a su vistosidad y riqueza de materiales. Las moriscas solían llevarlas de colores llamativos, mientras que las cristianas viejas preferían las de tonos más oscuros. Aquí, debido a la coloración empleada, no hay duda de que todas ellas son musulmanas que acuden a recibir el bautismo.
El artista resalta su atuendo, como elemento de distinción, mientras que se produce una estereotipación de los rostros. Todas poseen el mismo color de tez. Este hecho nos sorprende, pues se aparta de la realidad de los rasgos étnicos de este grupo, restando la veracidad que el artista intentaba retratar.
El bautismo de los moriscos hombres
La tabla dedicada a los hombres, por el contrario, ha levantado menos interés entre los investigadores. La historiografía ha resaltado la diversidad de vestidos que portan los varones y su carácter menos islamizante. Este es un hecho nada casual, pues el colectivo masculino pronto se adaptó a la indumentaria cristiano vieja, al contrario de lo que sucedió con las moriscas.
Salvo algunos turbantes disimulados entre la muchedumbre, los moriscos del retablo parecen cristianos que acuden a recibir el sacramento. Partiendo de esta idea, si a las mujeres se les identificó como moriscas por portar la almalafa: ¿qué código visual utilizó el artista para demostrar que eran cristianos nuevos? Lo hizo justamente a través de los rostros, que presentan tanta diversidad de tonos como los vestidos de las féminas.
En el séptimo arco de las fiestas celebradas para las nupcias con Isabel de Portugal en Sevilla (1526), en la parte inferior, aparecían separados, situados a cada lado, hombres y mujeres, como sucede en la obra granadina. Las fuentes de las bodas reales indican que a los personajes representados en este arco se les distinguía por el color de la piel y sus vestidos.
Pluralidad étnica y manipulación visual
Autores como Barbara Fuchs, Bernard Vincent o Francisco J. Moreno, en sus estudios sobre la “raza” y el aspecto físico de los moriscos han demostrado la pluralidad de etnias que conformaban el colectivo morisco. No “todos eran uno”, sino que existieron tanto moriscos blancos como de piel aceitunada, como también morenos y negros. Los autores citados llegaron a estas conclusiones tras analizar no sólo la literatura del momento, sino también distintas fuentes legales donde se les describe de modo objetivo y cuidado.
Del estudio de las fuentes escritas y de estos relieves polícromos se desprende que aquellos pintores que retrataron a los moriscos únicamente negros o de un tono muy oscuro tomaron una visión partidista y politizada del morisco, para justificar su exclusión social, como un ser ajeno a la cultura española, pues la realidad era muy distinta. Lo que intenta aquí Bigarny es mostrar un retrato de la pluralidad étnica que existía.
Elementos de distinción social en la iconografía
Por otro lado, un análisis detenido del relieve granadino nos hace centrar nuestra atención en la existencia de dos personajes que señalan directamente a la pila bautismal. Uno que mira hacia delante, en la parte central del grupo, y otro hacia atrás. Ambos poseen unas características muy peculiares que los distinguen del resto.
El primero cubre su cabeza con un gorro frigio, elemento utilizado para indicar la procedencia oriental de los que lo portan. La posesión de dicho complemento también está relacionada con aspectos crematísticos, pues era llevado por comerciantes adinerados para demostrar su condición social. Esta riqueza también se aprecia en el otro personaje del primer plano que señala el bautismo, vestido en este caso con una capa dorada. Esta prenda también es sinónimo de distinción social.
Son únicamente ellos, los que poseen estos elementos distintivos, los que dirigen al resto hacia la pila bautismal, los que remarcan la importancia del bautismo, los que son individualizados entre los conversos por su significativo papel en estos primeros años del siglo XVI. De nuevo, se está recalcando la labor de los conversos en la propia conversión morisca.

Política real y representación: asimilación versus expulsión
Por lo tanto, este discurso visual que nos presenta Bigarny posee más aristas de lo que la historiografía que divide las actitudes frente a lo moro y lo morisco quiso ver. No se trata de unos relieves únicamente de sumisión, maurófobos, sino que plasman una actitud positiva frente a los moriscos colaboracionistas.
Carlos V parece que no estaba interesado en mostrar la disidencia morisca, sino en promulgar su integración. Se integra al morisco como parte de los pueblos bajo el dominio del futuro emperador, como uno más, al mismo nivel del resto. Esto es muy importante, pues sabemos que esta ideología cambió hacia 1570, con Felipe II, tras la Revuelta de las Alpujarras, en la que se evidenció la alianza de algunos sectores de los moriscos con los Turcos.
Esta postura se radicalizó durante el reinado de Felipe III quien trató, por todos los medios, de mostrar al morisco como inasimilable, hecho que publicitó para justificar su expulsión. Fue en 1570 cuando el rey encargó a Don Juan de Austria sofocar la rebeldía; como consecuencia de esa batalla, entre 50.000 y 100.000 musulmanes son expulsados de España.
Política conciliadora y debates sobre el traje
Por último, cabe recordar que en esta misma Capilla Real, años más tarde, se celebró la Junta donde se debatió sobre el traje morisco. A ella fueron invitados conversos y cristianos viejos. Carlos V escuchó el estado del territorio tras los abusos de las conversiones forzosas y, aconsejado por el Conde de Tendilla, Iñigo López de Mendoza, dictaminó que los moriscos podrían seguir vistiendo según su moda y los protegió ante los ataques de ciertos colectivos cristianos viejos.
El talante conciliador de Carlos V por los moriscos fue tan pacifista que se exaltó por personajes importantes para la historia de este colectivo años más tarde, como Miguel de Luna, quien, a finales de siglos XVI, en su Historia verdadera del Rey don Rodrigo honró al citado monarca por su política, clemencia y preocupación por la paz dentro de su reino. También en esta línea estarían las apreciaciones de Núñez Muley en su memorial, donde exalta las virtudes de Carlos V en el trato con los moriscos.
Reflexión historiográfica
La historiografía ha parecido seguir el sentir de los intelectuales que apoyaron la expulsión de los moriscos y su conocido lema: “todos son uno”, para analizar del mismo modo su representación visual. La mayor parte de las obras conservadas se ha investigado, salvo en contadas ocasiones, de modo parcial, partidista y estereotipado.
Investigadores como Elena Díez Jorge o Javier Irigoyen, entre otros, han ampliado el abanico de posibilidades a la hora de encuadrar el cómo y el porqué de la imagen del morisco, mostrando que se trata de una representación poliédrica cuyas muchas caras dificultan una fácil aprehensión. Con este ejemplo se ha querido demostrar que la aproximación al islam en la península ibérica no debe realizarse desde una visión dicotómica de atracción o rechazo, pues perdemos así la gran variedad de comportamientos que se dieron durante los largos años de coexistencia religiosa.
Hay que darle voz a los objetos dentro del contexto que los vio nacer y no mediante categorías historiográficas impostadas creadas a posteriori, que encierran reduccionismos poco propicios para el verdadero conocimiento de nuestro pasado. No existe una única imagen de los moriscos, ni se trata, siempre, de una representación negativa. Ésta va evolucionando con el tiempo, de ahí la necesidad de encuadrarla en el espacio que la vio nacer, para así entender mucho mejor su significado; y, con ello, comprender la percepción que de este colectivo se tuvo en diversos momentos de nuestra historia.
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