Lectura del Evangelio: Domingo 21 de febrero

Evangelio (Lc 1, 39-45)

Por aquellos días, María se levantó y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y cuando oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando en voz alta, dijo:-Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme? Pues en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno; y bienaventurada la que ha creído, porque se cumplirán las cosas que se le han dicho de parte del Señor.

Comentario al Evangelio

Después de haber recibido el anuncio del ángel y haber respondido su sí, María se levanta y se marcha de prisa a visitar a su prima Isabel, que está en el sexto mes de embarazo.

El trayecto es largo. La Virgen vive en Nazaret y su prima cerca de Jerusalén. Unos 150 km de camino. Pero María no se detiene ante las dificultades. Se dirige apresuradamente, aunque estuviese también ella embarazada y se arriesgase a encontrarse con salteadores en la ruta hacia el sur.

No se da importancia a sí misma. No piensa: “como soy la madre de Dios, yo soy la importante; soy yo la que tiene que ser el centro de atenciones y cuidados”. No, María no piensa así. Su modo de pensar es distinto: “por ser la más digna, tengo que ayudar más”.

No se encierra en casa, sino que va a cuidar a su prima. Y no es la prisa alocada, sino la prisa de la ternura. Como señala el Papa Francisco, “María no es la clase de personas que para estar bien necesita un buen sofá donde sentirse cómoda y segura. No es una joven-sofá” (Papa Francisco, Discurso en la Vigilia de la JMJ en Cracovia, 30 de julio de 2016)

Y de ese encuentro surge la alegría. La alegría profunda de María e Isabel; una alegría que llena sus vidas. Del mismo modo, si aprendemos a servir y vamos al encuentro de los otros, permitimos que Dios cambie este mundo.

Camino de Nazaret a Judea: mapa y ruta de la visita de María a Isabel

Conexión con la Primera Lectura (Isaías 58, 9b-14)

“Cuando alejes de ti la opresión, el dedo acusador y la calumnia, cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo y sacies el alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad como el mediodía. El Señor te guiará siempre, hartará tu alma en tierra abrasada, dará vigor a tus huesos. Serás un huerto bien regado, un manantial de aguas que no engañan. Tu gente reconstruirá las ruinas antiguas, volverás a levantar los cimientos de otros tiempos; te llamarán “reparador de brechas”, “restaurador de senderos”, para hacer habitable el país. Si detienes tus pasos el sábado, para no hacer negocios en mi día santo, y llamas al sábado “mi delicia” y lo consagras a la gloria del Señor; si lo honras, evitando viajes, dejando de hacer tus negocios y de discutir tus asuntos, entonces encontrarás tu delicia en el Señor. Te conduciré sobre las alturas del país y gozarás del patrimonio de Jacob, tu padre. Ha hablado la boca del Señor”.

¡Qué bien unida está esta Palabra de Isaías con el texto del Evangelio! ¿Quieres ser luz? ¿Quieres ser sal? Suponemos que, como seguidor de Jesús, no tienes duda de que esto es esencial… pues ya sabes: aleja al opresor, no juzgues, no calumnies, da de comer al que necesita.

El hacer nuestra vida al “estilo del Dios Amor”, nos acerca no solo a nuestro Señor, sino a toda la humanidad. Nos abre los ojos ante un mundo oscuro que necesita la luz, no de los falsos mesías encerrados en su riqueza y poder, sino de Aquel que no abandona ni a uno solo de sus hijos e hijas.

Evangelio complementario: Jesús y los excluidos (Lc 5, 27-32 / Mateos)

En aquel tiempo, vio Jesús a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme». Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió. Leví ofreció en su honor un gran banquete en su casa, y estaban a la mesa con ellos un gran número de publicanos y otros. Y murmuraban los fariseos y sus escribas diciendo a los discípulos de Jesús: «¿Cómo es que coméis y bebéis con publicanos y pecadores?». Jesús les respondió: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos.»

El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús deteniéndose ante una persona que muchos evitaban. Leví está en su lugar de trabajo, marcado por una fama que lo excluye y lo señala. Jesús no lo ignora ni lo juzga; lo mira y lo llama. Esa mirada no se queda en el pasado ni en los errores, sino que abre un futuro nuevo.

Leví no discute ni pone excusas. Se levanta y sigue a Jesús. Ese movimiento sencillo expresa una conversión profunda. No significa que tenga todo claro, sino que confía en quien lo llama. Seguir a Jesús implica dejar algo atrás y animarse a caminar sin tener todas las respuestas.

Jesús no solo llama a Leví, sino que se sienta a la mesa con él y con otros que también eran rechazados. Compartir la mesa es signo de cercanía, de aceptación y de comunión. Este gesto incomoda a quienes se sienten seguros de su propia corrección. Jesús afirma que no ha venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.

Actitud cristiana ante el pecado y la conversión

¿Cuál es la actitud de Jesús ante el pecado? A veces, a causa de la confrontación con los fariseos y los escribas, que se consideraban justos, podemos tener la impresión que Jesús acogía a los pecadores sin más, en su condición de pecadores, y sin más exigencias. Pero esto no es así. Dios odia el pecado, pero ama al pecador. Porque el pecado nos mengua, nos limita y puede llegar a destruirnos. El amor al pecador significa llamar a la conversión.

Jesús no se acerca a Leví y le suelta un discurso moralizante, haciéndole ver el mal que está haciendo, para que deje ese estilo de vida, sino que lo llama directamente al seguimiento, a convertirse en un apóstol, en un enviado de la buena noticia del Evangelio. Jesús no solo venda las heridas, sino que, como buen médico, restablece la salud; no se limita a denunciar el mal, sino que llama a un ideal de Bien absoluto.

Reflexión pastoral

La Cuaresma no es un tiempo para castigarnos, sino para dejarnos alcanzar por la misericordia. Hoy podemos preguntarnos con sinceridad: ¿en qué lugar estoy? ¿Me reconozco necesitado de sanación, de perdón, de un nuevo comienzo? Al cerrar esta reflexión, podemos hacer un momento de silencio interior y dejarnos mirar por Jesús, tal como somos. Presentarle nuestras resistencias y también nuestro deseo de cambiar. Pedirle la gracia de escuchar su llamado y la valentía de responder con un corazón abierto.

La Visitación: Cuando María Llevó a Jesús a Isabel

Aplicación comunitaria

Acercarnos al banquete (Eucaristía) es la manera de acercarnos a los demás, de abrazar a los que están abandonados por los grandes de la tierra y decir no con todas las fuerzas a lo que hace daño a mi hermano/a. No a la muerte, al genocidio, al racismo, a la mentira y la guerra… el Evangelio sigue siendo, ahora como siempre, luz ante el sufrimiento en nuestra humanidad.

Serás luz, si eres capaz de encender la luz, tu luz, en medio de tantos que están convirtiendo la tierra en un lugar de odio y racismo. Difundir la Palabra es orar y meditar la Palabra de Dios. El Evangelio nos recuerda que Dios se acerca justamente a quienes más lo necesitan.

Salmo responsorial (Salmo 85)

Inclina tu oído, Señor, escúchame, que soy un pobre desamparado; protege mi vida, que soy un fiel tuyo; salva, Dios mío, a tu siervo, que confía en ti. Piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día; alegra el alma de tu siervo, pues levanto mi alma hacia ti, Señor. Porque tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan. Señor, escucha mi oración, atiende a la voz de mi súplica.

Lecturas relacionadas

  • Isaías 58, 9b-14 - llamada a la justicia y al servicio para ser luz en las tinieblas.
  • Lucas 1, 39-45 - visita de María a Isabel: servicio, prisa de ternura y alegría.
  • Lucas 5, 27-32 / Mateo - llamado de Leví y la mesa de Jesús como signo de inclusión.

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