Significado del fuego del Espíritu Santo en la Biblia

Los gigantescos incendios de Los Ángeles recuerdan el "fuego devorador" que aparece a menudo en las Escrituras. Como el agua, que sostiene o ahoga, el fuego tiene dos caras: te calienta con su luz o te reduce a la nada. Todo es cuestión de control, distancia y equilibrio.

Imágenes bíblicas del fuego como presencia de Dios

Ante Moisés aparece la zarza ardiente, pero "sin consumirse" (Éxodo 3,3), para revelar la presencia de Dios y entrar en diálogo. Se convierte en "columna de fuego" para alumbrar de noche al pueblo de Israel (Éxodo 13,20-22). En los inicios del Nuevo Testamento, el Espíritu Santo es asociado con fuego. Juan el Bautista predice que Jesús será El que “os bautizará con el Espíritu Santo y con fuego.” Cuando el Espíritu Santo inició Su ministerio de morar en la iglesia primitiva, Él eligió aparecer como “lenguas de fuego” que se posaban sobre los creyentes. En ese momento “se les aparecieron lenguas como de fuego que, repartiéndose, se posaron sobre cada uno de ellos.”

zarza ardiente y columna de fuego

Fuego como manifestación visible de la presencia divina

  • La Biblia describe a Dios como un “fuego consumidor” (Hebreos 12:29), así que no es sorpresa que el fuego aparezca a menudo como un símbolo de la presencia de Dios.
  • En el Antiguo Testamento, Dios mostraba Su presencia a los israelitas cubriendo el tabernáculo con una apariencia de fuego (Números 9:14-15), y esta presencia de fuego les proporcionaba luz y guía (Números 9:17-23).
  • En las Sagradas Escrituras hay cuatro manifestaciones visibles del Espíritu Santo: aparece en el bautismo de Cristo como paloma (Lc 3,22), en la Transfiguración de Jesús como nube (Lc 17,5), como viento en el Cenáculo (Hch 2,2) y, por último, como lenguas de fuego (Hch 2,3).

El fuego que ilumina, calienta e inflama

El fuego ilumina y asimismo el Espíritu Santo. El fuego da vigor; esto hace también el Espíritu Santo. El fuego alumbra y el Espíritu hace arder nuestros corazones con el amor de Jesucristo. Jesús dijo: “He venido a traer fuego a la tierra, y ¡cuánto desearía que ya estuviera ardiendo” (Lc 12,49). Después de que los dos discípulos hablaron con el Jesús resucitado, ellos describieron lo que sucedía en su corazón: “¿No ardía nuestro corazón dentro de nosotros mientras nos hablaba en el camino…?” (Lucas 24:32).

¿Qué son los Símbolos del Espíritu Santo? Todo explicado

Fuego como impulso misionero y testimonio

Cuando una persona nace del Espíritu y es ya hijo de Dios, participa de la naturaleza y el Espíritu del Padre celestial. Su afán y compasión han sido derramados por el Espíritu Santo en el corazón del creyente. Su anhelo ahora es traer a otros a Cristo, a su familia, a sus vecinos, a sus compañeros. Se goza en contarles a los demás lo que Cristo ha hecho por él y lo que puede hacer por todo el que deposite su confianza en el Salvador. El bautismo con el Espíritu Santo aviva la llama. El Espíritu hace que el creyente se libre del temor y aumenta en él el anhelo de que otros sean salvos. Le imparte nuevas fuerzas y unción para la tarea. Jesús dijo: “Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos” (Hechos 1:8).

Fuego como purificación y juicio

Si bien podemos encontrar varios sentidos: ilumina, calienta, inflama, etc., hay un sentido que destaca sobre todos: el fuego purifica. Es verdad que también el agua purifica, pero el agua purifica solamente por fuera, mientras que el fuego purifica de una manera radical, hasta lo más profundo.

El profeta Malaquías habla de la obra del Mesías como “fuego de fundidor…, refinará los hijos de Leví” (Mal 3, 2). En esta misma línea se entiende la definición de Dios que da la carta a los Hebreos como “fuego devorador”. La santidad absoluta de Dios pone al descubierto el mal y lo consume. Solo el que aleje de sí el mal, podrá soportar un “fuego devorador”. S. Cirilo de Jerusalén dice que en Pentecostés, los apóstoles recibieron el “fuego que quema las espinas de los pecados y da esplendor al alma” (Catequesis bautismales, XVII).

Fuego como castigo y defensa del honor divino

Pero el fuego también puede consumirlo todo. Arremete para destruirlo todo. La gente conoce su poder, y lo equipara a la ira de Dios. En los Salmos, asociado a los vientos violentos, se le invoca para que caiga sobre el enemigo: "Como el fuego devora un bosque (...) persíguelos con tu ráfaga, con tu huracán, llénalos de terror" (Salmo 82). Los profetas Ezequiel, Zacarías y Jeremías son advertidos de estas plagas, que tendrán que anunciar. Nada puede resistirlas: la madera carbonizada ya no puede brotar, las vides sin fruto señalan el fin del curso de la vida.

Por ejemplo, el holocausto preparado por el profeta Elías arde contra los falsos dioses. Un fuego que Dios domina contra todos los ídolos: "Entonces el fuego del Señor cayó y devoró a la víctima (un toro que representaba al falso dios Baal) y la leña" (1 Reyes 18,38). Nada pudo resistirse. Naturaleza en llamas, "el pueblo cayó rostro en tierra".

Fuego como unión, alianza y amor

El fuego revela el poder del amor. En el Cantar de los Cantares, "el amor es fuerte como la muerte (...) sus rasgos son rasgos de fuego" (Cantar de los Cantares 8,6-7). Signo de unión, signo de la Alianza: "He aquí que un horno humeante y un tizón de fuego pasaron entre los animales compartidos" (Génesis 15,17-18). Una vez aceptado como elemento compartido, plenamente integrado en la vida espiritual, el fuego es purificador.

La llama de la vela ilumina nuestra noche. No importa lo que haya fuera, la llama de la vela ilumina nuestra noche. La llama revela el poder del amor.

Riesgo de apagar la llama: exhortaciones del Nuevo Testamento

En su primera Epístola a los Tesalonicenses, el apóstol Pablo termina con una serie de exhortaciones y advertencias concisas: “Estad siempre gozosos. Orad sin cesar. Dad gracias en todo, examinadlo todo; retened lo bueno.” La palabra clave es: “apaguéis.” Llama mucho la atención en el idioma original, pues sugiere el acto preciso de extinguir una llama, así que este texto podría traducirse: “No extingáis el fuego del Espíritu Santo.”

Al hablar de la forma en que nos relacionamos con el Espíritu Santo, Pablo reconoce que el Espíritu de Dios es presencia viva, poderosa. Declara que es fuego, pero no solamente para simbolizar su ministerio purificador, sino ante todo, su presencia vivificante, fortalecedora. Hace hincapié en el hecho de que es una relación de persona a persona. Y es precisamente aquí, donde se advierte peligro: en el terreno moral y espiritual, terreno en el cual el Espíritu de Dios obra y en el que a nosotros nos toca corresponder, se da el caso de que le ofendemos y le ponemos obstáculos.

Maneras de "apagar" la llama

  • Preocupación por lo material y lo organizativo: Un ministro llega a preocuparse tanto por la organización de la iglesia, por la dirección de las comisiones y comités, por los cultos, el presupuesto, los informes etc., que le falta tiempo para su ministerio espiritual.
  • Cautela y temor a ofender: Se puede apagar la llama del testimonio porque se crea necesaria la cautela. No se quiere ofender a nadie; que no se nos culpe de ejercer presión o de ser tiránicos.
  • Negligencia en la oración: La llama de oración, a semejanza de la llama del testimonio, puede enfriarse por la preocupación. Estamos tan ocupados que no alcanza el tiempo para orar, y permitimos que la diaria rutina con las demandas abrumadoras de la vida moderna, nos impida buscar la comunión con Dios.
  • Amargura y rencor: Pablo asegura que la amargura destruye el fuego del amor que arde en el corazón. Una vez que el resentimiento devora las entrañas, la llama de la amistad se apaga por completo.

En su Epístola a los Efesios, Pablo amonesta: “No contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención. Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia.” En otras palabras, es como si Pablo quisiera decir: “No apaguéis la llama del amor del Espíritu.”

El Espíritu como fuego purificador que no destruye

¿Cómo quema los pecados sin destruir al pecador? Cuando S. Pedro predica después de Pentecostés, dice: “Arrepentíos y bautizaos cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo, para que queden perdonados vuestros pecados. Entonces recibiréis el Espíritu Santo” (Hch 2, 38). Estas palabras significan que, desde el principio, el Espíritu Santo actúa en la remisión de los pecados como agente, y simultáneamente, una vez purificados, está presente como don y posesión estable. Es el mismo Espíritu Santo quien realmente borra el pecado e infunde la gracia.

Cuando Jesús resucitado se aparece a los discípulos y les dice: “Recibid el Espíritu Santo, a quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados” (Jn 20), no está dando a la Iglesia un poder “legal”, jurídico, externo. Sino que le entregó un poder real, intrínseco que es el Espíritu Santo.

Miedo a la purificación y llamado a dejarse tocar

El Papa Benedicto XVI señalaba que muchos hombres sienten deseo de acercarse a Dios, de conocer a Jesucristo. Pero, al mismo tiempo, tienen miedo de ser “purificados por el fuego”. “La llama del Espíritu Santo arde pero no quema. Y, sin embargo, realiza una transformación y, por eso, debe consumir algo en el hombre, las escorias que lo corrompen y obstaculizan sus relaciones con Dios y con el prójimo. Pero este efecto del fuego divino nos asusta, tenemos miedo de que nos «queme», preferiríamos permanecer tal como somos.”

La llama -y sólo ella- tiene el poder de salvarnos. Pidamos a la Virgen María que nos alcance el deseo sincero de “ser quemados” por el fuego del Espíritu Santo, para ser purificados y redimidos por el amor.

El fuego como don para la misión y la vida de la Iglesia

El Espíritu Santo es la presencia de Dios cuando Él mora en el corazón del creyente (Romanos 8:9). El Espíritu Santo crea la pasión de Dios en nuestros corazones y produce la pureza de Dios en nuestras vidas. El propósito de Dios es purificarnos (Tito 2:14), y el Espíritu es el agente de nuestra santificación (1 Corintios 6:11; 2 Tesalonicenses 2:13; 1 Pedro 1:2). Así como el orfebre utiliza el fuego para purgar la escoria de los metales preciosos, así Dios usa al Espíritu para eliminar nuestro pecado de nosotros (Salmo 66:10; Proverbios 17:3).

El Espíritu abre nuestros oídos para escuchar la voz de Dios - el Espíritu permite que la Palabra de Dios cobre vida en nosotros de manera que la Palabra de Dios se convierte en una Palabra viva y transformadora de la vida que es más afilada que cualquier espada de dos filos - el Apóstol Pablo llama a la Palabra de Dios la Espada del Espíritu (Efesios 6). El Espíritu abre nuestros ojos para darnos una visión de lo que Dios está haciendo hoy en la Iglesia, en el mundo y en nuestra vida personal. El Espíritu abre nuestras mentes para darnos conocimiento, sabiduría y comprensión de Dios y sus caminos (Isaías 11:2).

Renovación y dones: signo de la acción del Espíritu

¿Por qué derrama Dios su Espíritu Santo hoy, con señales, curaciones y dones espirituales? El Señor Jesús nos llama a ser siervos como él vino «no a ser servido, sino a servir». Como sus siervos que usan sus dones, talentos y tiempo para servir generosa y desinteresadamente a los demás para ayudarles a crecer en la fe, la esperanza y el amor. La renovación carismática es un signo de lo que Dios está llevando a cabo a través del don de ser bautizado en el Espíritu Santo. El Espíritu une, Satanás divide. Un verdadero signo y fruto de la renovación carismática es el amor por nuestra iglesia - nuestros líderes y miembros de la iglesia, y por todos los creyentes que son hermanos y hermanas en Cristo.

Aplicación práctica: mantener viva la llama

La exhortación es clara: “No apaguéis el Espíritu” (1Tes 5, 19). Acatemos las recomendaciones de Pablo: “No apaguéis la llama de testimonio. No apaguéis la llama de oración.” Cuando una persona es nacida del Espíritu, se enciende en ella tanto la llama del testimonio como la llama de oración. Lo que Pablo trata de decir en este versículo, es que no puede haber oración verdadera, si se hace a un lado al Espíritu Santo. El Espíritu nos impulsa a orar y a la vez, nos da discernimiento en la oración.

El Espíritu es longánime y benigno; ante nuestro descuido, nos amonesta solícitamente. Pero si no termina la negligencia en la oración, las defensas morales del alma quedan derribadas y todo género de tentaciones acosan al trasgresor. El santuario del alma ha sido derrotado y en el altar sólo quedan cenizas de lo que había sido una devoción ardiente.

Testimonio como consecuencia del fuego

En Hechos 5:32, leemos: “Y nosotros somos testigos suyos de estas cosas, y también el Espíritu Santo, el cual ha dado Dios a los que le obedecen.” Aquí la palabra sobresaliente es “testigos.” El ministerio del Espíritu Santo tiene como una de sus características el testimonio. Pedro y los demás testificaron con tanto poder del Señor Jesucristo, que toda la ciudad se había alarmado. ¡Qué gran elogio! Debiera avivar el fuego en nuestros corazones como lo avivó en aquellos discípulos.

Aspecto del fuego Significado espiritual
Ilumina Guía, destierra la ignorancia y el miedo
Calienta / inflama Enciende el amor, la compasión y el celo misionero
Purifica Refina, quema la escoria del pecado y santifica
Consume / juzga Expresa la santidad que pone al descubierto y destruye el mal

Si Cristo nos ha redimido, si vive y reina en nuestros corazones, digámoslo en donde quiera que nos encontremos. La bendición que no se comparte con otros, se marchita. La llama que se encierra, se extingu e. Debemos reconocer que no se ha de dejar apagar la llama del testimonio.

lenguas de fuego en Pentecostés

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