La Iglesia es un misterio, es decir, una realidad en la que entran en contacto y comunión Dios y los hombres. Iglesia viene del griego “ekklesia”, que significa asamblea de los convocados. En el Nuevo Testamento tiene varias acepciones, en continuidad con el Antiguo Testamento, pero designando especialmente el pueblo que Dios convoca y reúne desde todos los confines de la tierra para constituir la asamblea de todos los que, por la fe en su Palabra y el Bautismo, son hijos de Dios, miembros de Cristo y templo del Espíritu Santo.
Cristo como fundamento único y piedra angular
«La Iglesia tiene su origen y realización en el designio eterno de Dios. Fue preparada en la Antigua Alianza con la elección de Israel, signo de la reunión futura de todas las naciones. Fundada por las palabras y las acciones de Jesucristo, fue realizada, sobre todo, mediante su Muerte redentora y su Resurrección. Más tarde, se manifestó como misterio de salvación mediante la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés.»
No hay un momento único en el que Cristo haya fundado la Iglesia, sino que la fundó en toda su vida: desde la encarnación hasta su muerte, resurrección, ascensión y envío del Paráclito. En toda su vida, Cristo -en quien habitaba el Espíritu- fue manifestando cómo debería ser su Iglesia, disponiendo unas cosas y después otras. Después de su Ascensión, el Espíritu fue enviado a toda la Iglesia y en ella permanece recordando todo lo que el Señor dijo a los apóstoles y guiándola a lo largo de la historia hacia su plenitud.
Ningún arquitecto afirmaría que los cimientos de un edificio carecen de importancia o son insignificantes. Pablo utiliza esta analogía de la construcción para enfatizar el poder de la unidad disponible para la iglesia al tener a Jesús como la principal piedra angular y a los apóstoles y profetas como el fundamento (Ef 2:20). Pablo también afirma que la iglesia está «edificada sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular».

Los apóstoles y el fundamento apostólico
El término «apóstol» hace referencia a un embajador. En el Nuevo Testamento, este término se refiere principalmente a los hombres que fueron comisionados por Jesús para representarlo ante el mundo y ser sus portavoces. Por lo tanto, la cercanía estrecha con Jesús en Su ministerio terrenal y ser testigos presenciales de Su resurrección era un requisito para el oficio (Hch 1:21-22).
Jesús afirma el papel fundacional de los apóstoles en uno de los Evangelios, donde le dice a Pedro: «tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré Mi iglesia» (Mt 16:18). La imagen es clara: Cristo, el constructor de la iglesia, funda su iglesia sobre los apóstoles. Estos hombres han de ser sus portavoces designados. Estos, que lo oyeron enseñar, recibirán sus nuevas enseñanzas por medio del Espíritu y, a su vez, darán la Palabra de Cristo al mundo (Jn 14:24-26; 16:12-15; 17:8, 18, 20).
La enseñanza de los apóstoles es la enseñanza de Cristo, la plenitud de la revelación que vino por medio de Él, y esta enseñanza apostólica fue a su vez confiada o «entregada» a la iglesia «una vez para siempre» (1 Ti 6:20; Jud v. 3). En este sentido, los apóstoles, en un sentido muy real, nos dan a Cristo; cuando hablan, lo hacen en Su nombre y con Su autoridad delegada.
Pueblo de Dios, cuerpo de Cristo y comunión de los santos
“Pueblo de Dios” es un título que Israel recibió. Cuando se aplica a la Iglesia, nuevo Israel, quiere decir que Dios no quiso salvar a los hombres aisladamente, sino constituyéndolos en un único pueblo reunido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, que le conociera en la verdad y le sirviera santamente. También significa que ella ha sido elegida por Dios. El Pueblo es de Dios y no es propiedad de ninguna cultura, gobierno o nación.
Cuando decimos que la Iglesia es el “cuerpo de Cristo” queremos subrayar que, a través del envío del Espíritu Santo, Cristo une íntimamente consigo los fieles, sobre todo en la Eucaristía, porque en ella los fieles se mantienen y crecen unidos en la caridad formando un solo cuerpo en la diversidad de los miembros y funciones. También se indica que la salud y la enfermedad de un miembro repercute en todo el cuerpo (1 Cor 12,1-24), y que los fieles, como miembros de Cristo, son instrumentos suyos para obrar en el mundo.
La Iglesia es communio sanctorum: comunión de los santos, es decir, comunidad de todos los que han recibido la gracia regeneradora del Espíritu por la que son hijos de Dios, unidos a Cristo y llamados santos. Unos aún caminan en esta tierra, otros ya murieron y se purifican también con la ayuda de nuestras plegarias. Otros, en fin, gozan ya de la visión de Dios e interceden por nosotros. La comunión de los santos también quiere decir que todos los cristianos tenemos en común los dones santos, en cuyo centro está la Eucaristía.
La Iglesia como signo e instrumento de la comunión divina
El Concilio Vaticano II retomó una antigua expresión para designar a la Iglesia: “comunión”. Con ello se indica que ella es la expansión de la comunión íntima de la Santísima Trinidad a los hombres, que en esta tierra ella ya es comunión con la Trinidad divina, aunque no se haya consumado aún en su plenitud. Además de comunión, la Iglesia es signo e instrumento de esa comunión para todos los hombres.
Por la comunión de los santos, los méritos de Cristo y de todos los santos que nos han precedido en la tierra nos ayudan en la misión que el mismo Señor nos pide realizar en la Iglesia. La vida concreta de la Iglesia peregrina y de cada uno de sus miembros tiene gran importancia para la realización de su misión, para la purificación de muchas almas y para la conversión de tantas otras.
Sacerdocio común y sacerdocio ministerial
Al entrar en la Iglesia, el cristiano renace en Cristo y, con Él, es hecho rey y sacerdote por la señal de la Cruz; por la unción del Espíritu es consagrado sacerdote. Además, algunos reciben el sacramento del Orden, por el que son capacitados para hacer a Cristo sacramentalmente presente a los demás fieles, predicar la Palabra de Dios y guiar a sus hermanos en lo que concierne a la fe y a la vida cristiana.
Con esta distinción entre la condición común cristiana y los ministros sagrados, Dios nos muestra que desea comunicar su gracia a través de otros, que la salvación nos viene desde fuera de cada uno de nosotros y no depende de nuestras capacidades personales. En la Iglesia de Dios hay, pues, dos modos esencialmente distintos de participar en el sacerdocio de Cristo, que están mutuamente ordenados entre sí; esa mutua ordenación no es una mera condición moral para el desarrollo de la misión, sino el modo en que el sacerdocio de Cristo se hace presente en esta tierra.
El sacerdocio no se reduce, por tanto, a un servicio específico dentro de la Iglesia, porque todos los cristianos han recibido un carisma específico y se reconocen miembros de una estirpe real y partícipes de la función sacerdotal de Cristo. Es una condición común a todos los cristianos, hombres y mujeres, laicos y ministros sagrados, que fue recibida con el Bautismo y ha sido reforzada por la Confirmación.
Dimensiones del sacerdocio común
- Dimensión ascendente: capacita a elevar a Dios nuestras vidas con todo lo que suponen, junto con Cristo. En Él, en la Santa Misa, nuestros pequeños trabajos y sacrificios adquieren un valor de eternidad.
- Dimensión descendente: implica que el cristiano comunica los dones de Dios a los hombres; nos hace instrumentos de la santidad de los demás, por ejemplo, con nuestro apostolado en la familia, el trabajo y la amistad.
Diversidad de vocaciones y estructuras eclesiales
La comunión de los santos está orgánicamente estructurada en la tierra, porque Cristo y el Espíritu la hicieron y hacen sacramento de la Salvación, es decir, medio y señal por la que Dios ofrece la Salvación a la humanidad. La Iglesia está estructurada internamente según las relaciones que se dan entre los que, en virtud del Bautismo, tienen el sacerdocio común y los que, además, han recibido el sacerdocio ministerial por el sacramento del Orden.
La Iglesia también se estructura externamente en la comunión de las Iglesias particulares, formadas a imagen de la Iglesia universal y presididas cada una por su propio obispo. Análogamente se da esta comunión en otras realidades eclesiales. La Iglesia, así estructurada, sirve al Espíritu de Cristo para la misión.

La Iglesia en la Escritura: imágenes y misión
En la Sagrada Escritura la Iglesia recibe distintos nombres, cada uno de los cuales subraya especialmente algunos aspectos del misterio de la comunión de Dios con los hombres. Todos caminamos juntos hacia un mismo destino común, todos somos llamados a una misma misión, todos estamos unidos en Cristo y en el Espíritu Santo con Dios Padre. En ese pueblo todos tienen la común dignidad de los hijos de Dios, una misión común de ser sal de la tierra, un fin común, que es el Reino de Dios. Todos participan de las tres funciones de Cristo.
La frase a la iglesia de Dios equivale a la frase a los santificados en Cristo Jesús. Esto indica enfáticamente que la iglesia está compuesta de los santos y que los santos son los constituyentes de la iglesia. «En Cristo» significa en el elemento y esfera de Cristo: cuando creímos en el Señor Jesús como nuestro Salvador, fuimos introducidos en una unión viva y orgánica con Él.
La presencia del Espíritu y la promesa de Cristo
Él es la causa de la presencia de Cristo en su Iglesia por los sacramentos y por la Palabra, y la adorna continuamente con diversos dones jerárquicos y carismáticos. Por su presencia se cumple la promesa del Señor de estar siempre con los suyos hasta el final de los tiempos (Mt 28,20). La Iglesia no la han fundado los hombres; la Iglesia es eso: Cristo presente entre nosotros; Dios que viene hacia la humanidad para salvarla, llamándonos con su revelación, santificándonos con su gracia, sosteniéndonos con su ayuda constante, en los pequeños y en los grandes combates de la vida diaria.
Faltas, pecados y fidelidad de Dios
A la vez, cabe la desgracia de que los fieles no respondan como Dios quiere, debido a sus limitaciones, a sus equivocaciones o al pecado que cometen. Algunas de las parábolas del Reino explican que el trigo convive con la cizaña, los peces buenos con los malos, hasta el fin del mundo. San Pablo reconocía que los Apóstoles llevaban el gran tesoro en vasos de barro (2 Co 4,7).
Aunque los pecados afectan la comunión y ese efecto puede incluso ser bien visible, nunca podrán ensombrecer del todo la santidad de la Iglesia ni ahogar completamente su misión, porque eso equivaldría a afirmar que el mal puede más que el amor que Dios manifestó y sigue manifestando por los hombres. La oración de todos los cristianos por el Papa, por los obispos, por todo el clero, por los religiosos y laicos es una respuesta de fe ante esta situación que la Iglesia vive hasta que se consume su misterio en la patria.
Implicaciones prácticas para la misión de la Iglesia
La iglesia de hoy tiene el gran privilegio de mantenerse firme sobre el fundamento inquebrantable de la iglesia y transmitir la verdad del evangelio a otros tal y como se nos ha transmitido a nosotros. Esto debería darnos valentía para proclamar el evangelio incluso en el mundo actual.
Debemos dedicarnos al ministerio de la Palabra con hambre y expectación mientras buscamos compartir el evangelio con cualquiera que entre en contacto con nosotros. El avance del reino de Dios por medio del evangelio se apoya, en última instancia, en la persona y la obra de Jesucristo. La mejor manera de preservar el evangelio es comunicándolo.
Tabla: Imágenes bíblicas de la Iglesia y su significado
Nota: La tabla sintetiza metáforas bíblicas usadas en el material y su énfasis teológico.
- Pueblo de Dios - Iglesia como comunidad elegida y en camino hacia la patria definitiva.
- Cuerpo de Cristo - Unión orgánica de los fieles con diversidad de miembros y funciones.
- Esposa de Cristo - Relación nupcial que expresa alianza definitiva y fidelidad mutua.
- Piedra angular / fundamento - Cristo como fundamento único; apóstoles como fundamento ministerial para la transmisión.
- Comunión de los santos - Unión de los que han recibido la gracia regeneradora, vivos y difuntos.
