Explicación teológica y bíblica de las fórmulas de la resurrección en el evangelio de Mateo

Más de cualquier otro escritor de los evangelios, Mateo enfatiza en las implicaciones impactantes de la muerte y resurrección de Jesucristo y nos trae de regreso al motivo central de los reinos de los cielos y la tierra. El Evangelio según Mateo responde con un resonante sí. La crucifixión de Jesús fue el golpe mortal a un sistema mundano fundado en las pretensiones del poder y la sabiduría humanos. Su resurrección marca la intromisión definitiva de los caminos de Dios en el mundo.

El contexto literario y la singularidad mateana

Según los estudiosos, San Mateo es, de los evangelistas, el que tiene un estilo más sobrio. Podríamos decir que es el más ‘reportero’ de todos. Se limita a describir y dar pinceladas sobre los personajes y las situaciones. El mismo espíritu que recogió Pasolini en su película. A diferencia de otros evangelios, Mateo pone un acento teológico muy marcado: el destino de Jesús se están cumpliendo las profecías del A. T. y aparece la palabra «cumplir», «cumplimiento». El evangelio de Mateo se le llama a menudo texto de matriz judeocristiana, escrito para los judíos, mostrando que Jesús es el Salvador prometido en las Escrituras.

Las narraciones de la pasión y la resurrección en Mateo

En el fragmento de la Pasión mateana se presentan elementos llamativos: «Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, expiró. La cortina del templo se rasgó de arriba abajo en dos partes, la tierra tembló y se hendieron las rocas; se abrieron los monumentos, y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron, y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de Él, vinieron a la ciudad santa y se aparecieron a muchos.» Mateo se regala en exceso, nada que ver con un cronista; el redactor se pone creativo y se marca un momento de ‘cine de catástrofes’ que tira de espaldas.

El oscurecimiento de los cielos, el temblor de la tierra y la resurrección de la muerte (Mt 27:45-54) habrían sido señales claras para los judíos de que el momento actual estaba terminando y la época venidera había comenzado. Estas señales muestran que la muerte-resurrección es presentada en Mateo como un suceso de alcance cósmico y escatológico.

La singular mención de la resurrección de los santos

Lo más llamativo del relato mateano es la resurrección de «muchos cuerpos de santos». Este hecho nos es transmitido sólo por San Mateo; su interpretación es difícil, y por esto, objeto de varias opiniones. En el sentido obvio, esos santos se habrían adelantado al Señor en la resurrección, lo que no puede admitirse. ¿Habrá anticipado el evangelista la resurrección de los santos? ¿Esos que, resucitados, salieron de sus sepulcros, volvieron a morir? Otros tantos misterios.

La resurrección masiva supone además un problema teológico, ya que estos intrusos no podían resucitar antes que Jesucristo. Sólo a través de la muerte y resurrección de Jesús es posible la del resto. Un orden, por dios, no se me apelotonen. La interpretación clásica evita presentar a esos resucitados como precedentes cronológicos de Cristo y los sitúa, más bien, en una trama escatológica: la resurrección de Cristo inaugura la vida nueva y, en esa plenitud temporal, los límites entre pasado y futuro escatológico se ven alterados.

La teología de la resurrección en Mateo: presencia, alegría y misión

Parte de lo anterior y añade una dimensión claramente comunitaria. Mateo quiere mostrar la vida nueva que surge en quien escucha y acoge la palabra. Una vida que es una vida de hijo y de hermano, es decir, una vida en comunidad. El Señor resucitado se encuentra en la relación con el otro, en la vida fraterna, «y ahora id enseguida a decir a sus discípulos: ha resucitado de entre los muertos e irá delante de vosotros a Galilea», Mt 28,7. Las mujeres se encuentran al resucitado cuando van a los hermanos. La experiencia de la resurrección es, para Mateo, amar a los hermanos, pues «pasar de la muerte a la vida» es precisamente eso, hacer la experiencia del amor que abarca amar y sentirse amado.

La alegría: «Se alejaron del sepulcro con temor y gran alegría» (Mt 28,8). La alegría es signo de la presencia del Resucitado. El signo de que hemos encontrado lo que buscamos es una alegría que transforma la vida. Es propio de Dios dar alegría; donde no hay alegría Dios está ausente por una razón u otra. En toda la tradición espiritual, la alegría es el distintivo de Dios, el signo por excelencia de la presencia del Resucitado.

La resurrección como hecho histórico no ha quedado encerrado en el tiempo y espacio del pasado, sino que me sigue tocando de tal manera la vida que me la transforma. No tanto creer en la resurrección (la tumba vacía es la prueba empírica de la resurrección del Señor), sino en hacer “yo”, en mi “ahora”, la experiencia de la resurrección del Señor.

Presencia salvífica y corporalidad

La resurrección hace referencia al cuerpo y no al alma. Al ser el alma inmortal por su unión con el Espíritu, no necesita resucitar. Cuando hablamos de la resurrección del cuerpo, no nos referimos a una simple reanimación de un cadáver, como en el caso de Lázaro, quien volvió a la vida para morir de nuevo. La resurrección del cuerpo implica volver a la vida con el mismo cuerpo en una condición totalmente nueva: la condición del hijo de Dios. Cristo, resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Tendremos entonces la vida misma de Dios en nuestro cuerpo.

Los Padres de la Iglesia llaman a esta vida: la vida zoé, que es la vida propia de Dios. Esta resurrección del cuerpo es imposible para el hombre por sus propias fuerzas; ni siquiera podemos imaginarla, apenas podemos desearla. Es un don, un regalo que Dios quiere conceder al hombre: su vida divina.

Mateo y la experiencia comunitaria de la resurrección

Parte de la originalidad del evangelio mateano es presentar la resurrección, además de como evento histórico, como experiencia que toca la vida cotidiana y comunitaria: la palabra, los sacramentos, la vida diaria. Cada evangelista lo expresará a su nivel, pero en los cuatro la resurrección toca la vida cotidiana y transforma la vida de cada día. Por medio de la palabra que se acoge. Acogiendo la palabra del Señor, acogemos al mismo Señor. Y esto en cada palabra.

La resurrección toca la creación entera: la creación «espera» porque sabe que en el plan de Dios está su restauración a través de la recapitulatio en Cristo. La creación aguarda con ansias la manifestación de los hijos de Dios; la creación fue sometida a la vanidad en la esperanza de ser liberada de la corrupción para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios.

La dimensión escatológica: tiempo, espacio y plenitud

En primer lugar, el tiempo se liberó de su dependencia del pasado y de la causalidad histórica o natural. No hay nada en la historia que pudiera producir la Resurrección de Cristo. En segundo lugar, el tiempo de la resurrección fue un tiempo que tuvo una estructura espacio-temporal, es decir, un tiempo en relación con el espacio. La materia se desprende de este modo de su carácter de caducidad según Pablo a los Romanos. En tercer lugar, la resurrección fue un acontecimiento final. Cristo resucitado trajo el futuro a la historia por medio del Espíritu Santo, es decir, apelando a la libertad.

Interpretaciones y problemas exegéticos

Una lectura apresurada de distintos evangelios sobre los mismos hechos puede formar un lío importante. En las narraciones de la resurrección de Jesús, los cuatro evangelios presentan relatos muy distintos entre sí. No pretenden los Evangelios ser una crónica histórica, sino relatar la experiencia de cada uno de los evangelistas y transmitirla a quienes los leen. Cada uno debe hacer su propia experiencia de la resurrección.

Mateo incluye elementos que otros omiten y viceversa; así, Mt presenta la aparición de los resucitados y el terremoto, mientras que Marcos enfatiza la óptica de la fe y termina abruptamente, y Juan dedica más espacio a apariciones y experiencias personales y comunitarias. Frente a las aparentes contradicciones, la tradición eclesial ha desarrollado interpretaciones que armonizan el testimonio escrito con la fe y la teología de la Iglesia.

La función teológica de las fórmulas mateanas

En Mateo la muerte-resurrección aparece como un único evento escatológico que inaugura un nuevo orden. Más que un simple dato histórico, la resurrección es el cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento, el cierre y la apertura de una historia de salvación. El evangelio de Mateo proyecta la unión entre el Antiguo y el Nuevo Testamento y afirma la autoridad del Mesías glorificado: «Se me ha dado todo el poder en el cielo y en la tierra» (28,18-20).

La resurrección, entonces, no es solo la constatación de un prodigio, sino la garantía de la salvación, la presencia del Señor entre su pueblo y el fundamento de la misión: la experiencia del Resucitado se traduce en salir a anunciar, a enseñar y a formar comunidad.

Mapa conceptual: elementos teológicos de la resurrección en Mateo

Aplicación pastoral y teológica hoy

Más de 2000 años después de la resurrección del Señor el reto sigue siendo el mismo. No tanto creer en la resurrección, sino en hacer “yo”, en mi “ahora”, la experiencia de la resurrección del Señor. La resurrección hace referencia a una transformación de la vida cotidiana: bio-psíquico-social. La ausencia del cuerpo en la tumba es el dato empírico de la fe y la resurrección rompe la certeza humana de que la muerte es definitiva. Ofrece, en su lugar, una memoria nueva: no que terminamos en el sepulcro, sino que salimos de él hacia una plenitud de vida.

La experiencia de la resurrección toca la vida personal y comunitaria; en Mateo ella se traduce en misión, fraternidad y presencia del Señor en la relación con el otro. La alegría transformadora, la acogida de la palabra y la vida fraterna son, para el evangelista, las fórmulas concretas en que la resurrección se realiza en la historia de la Iglesia.

Resumen del libro de Mateo: un panorama completo animado (parte 1)

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