En su I Epístola a los Corintios, san Pablo mostraba preocupación por el hecho de que los miembros de la comunidad cristiana de Corinto dudaran de la resurrección (I Corintios 15: 12). Y, frente a esa preocupación, era enfático en señalar la relevancia de la creencia en la resurrección: «Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo resucitó. Y, si no resucitó Cristo, vacía es nuestra fe» (I Corintios 15: 13-14). La proclama paulina se ha convertido en pilar del cristianismo.
La resurrección de Jesús fue, para el Apóstol, un hecho acaecido en la historia, del cual es posible dar testimonio. Porque existieron signos precisos. No fue un invento. Más aún, a través de ella se revela definitivamente la auténtica identidad del Crucificado. Jesús resucitó para ser Señor de vivos y muertos.
La centralidad teológica de la resurrección en Pablo
Al anunciar la resurrección, san Pablo no se preocupa de presentar una exposición doctrinal orgánica -no quiere escribir, digamos, un manual de teología- sino que afronta el tema respondiendo a dudas y preguntas concretas de los fieles. Discurso ocasional el suyo, ciertamente, pero lleno de fe y de teología vivida.
San Pablo predicó muchas cosas. Pero, es curioso que su predicación en el mayor centro filosófico y racionalista de la época, Atenas, levantase oposición en torno a un tema central: la posibilidad de la resurrección. A la hora de reelaborar, el acento paulino reside siempre en el kerygma de los Apóstoles; cada una de sus argumentaciones parte de la tradición común, en la que se expresa la fe compartida por todas las Iglesias, que son una sola Iglesia. La originalidad de su cristología, por eso, nunca va en detrimento de la fidelidad a la tradición.
En su primera carta a los Corintios, concluyendo, san Pablo señala la importancia de la resurrección de Cristo para nuestra fe cristiana. Sólo con la Cruz, sin la resurrección de Jesús, la vida cristiana sería un absurdo. El misterio pascual consiste precisamente en que el crucificado resucitó. He aquí la clave de la cristología paulina, que parte siempre de ese misterio y a él tiende.
Resurrección, testimonios y apariciones
Pablo da por ello -igual que los cuatro Evangelios- relevancia singular al tema de las apariciones, que son condición fundamental para la fe en el Resucitado que ha dejado la tumba vacía. Dos hechos son de capital importancia, sin duda: la tumba está vacía y Jesús se apareció realmente. En cuanto a consecuencias del hecho de la resurrección, la primera se centra en predicar la resurrección de Cristo como síntesis del anuncio evangélico y punto culminante de un itinerario salvífico.
Al anunciar la resurrección, san Pablo no se preocupa de presentar una exposición doctrinal orgánica -no quiere escribir, digamos, un manual de teología- sino que afronta el tema respondiendo a dudas y preguntas concretas de los fieles. Discurso ocasional el suyo, ciertamente, pero lleno de fe y de teología vivida.

Implicaciones soteriológicas y escatológicas
Con la resurrección -y tenemos así otra consecuencia- inicia el anuncio del Evangelio de Cristo a todos los pueblos, comienza el Reino de Cristo. Vivir la fe, la verdad y el amor en Jesucristo implica renuncias diarias y sufrimientos frecuentes, por supuesto. Otra consecuencia es que la teología de la Cruz no es una teoría, sino realidad de la vida cristiana.
Bien sabía san Pablo, lo dice a menudo, que Jesús es Hijo de Dios siempre, desde el momento de su encarnación. La novedad de la resurrección consiste en que Jesús, elevado de la humildad de su existencia terrena, ha sido constituido Hijo de Dios «con poder». El Jesús humillado hasta la muerte en cruz puede decir ahora a los Once: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18).
La resurrección de Cristo, por tanto, revela definitivamente cuál es la auténtica identidad y la extraordinaria estatura del Crucificado. Dignidad incomparable y altísima: ¡Jesús es Dios! Mientras el título Cristo, esto es, Mesías, Ungido, tiende en san Pablo a convertirse en el nombre propio de Jesús y el de Señor especifica su relación personal con los creyentes, ahora el título de Hijo de Dios viene a ilustrar la relación íntima de Jesús con Dios, una relación que se revela del todo en el acontecimiento pascual.
Identidad personal y la posibilidad filosófica de la resurrección
Los escépticos han levantado dudas respecto a la posibilidad de la resurrección a partir de las cuestiones relacionadas con la identidad personal. ¿Puede el resucitado ser la misma persona que aquella que murió previamente? Quienes defienden la doctrina de la resurrección deben responder afirmativamente: sí, el resucitado sí puede ser (y, de hecho, debe ser) la misma persona que murió previamente.
En este sentido, el debate en torno a la posibilidad de la resurrección es un corolario de un tema metafísico de mayor envergadura: ¿cuál es el criterio para establecer la continuidad de la identidad personal? ¿De qué manera una persona en un momento dado es «la misma» que en otro momento?
Un ente es cualitativamente idéntico a otro cuando ambos comparten las mismas propiedades, pero, con todo, mantienen una separación entre sí, al punto de constituir dos entes. La identidad numérica, por su parte, es una relación más fuerte. Pues, se estima que un ente es numéricamente idéntico a otro cuando comparten exhaustivamente las mismas propiedades.
Criterios clásicos: alma, mente y cuerpo
El primer criterio a considerar es en base al alma. De acuerdo al criterio en base al alma, una persona es numéricamente idéntica a otra, si y sólo si, tienen la misma alma. La doctrina que afirma la existencia del alma junto al cuerpo ha venido a llamarse el ‘dualismo’. Según esta doctrina, junto al cuerpo como sustancia material, existe el alma como sustancia inmaterial, la cual sirve como albergue del conjunto de pensamientos, temores, deseos, etc., que conforman a nuestra actividad mental, pero no es idéntica a ellos.
Los dos grandes forjadores de la doctrina dualista en términos formales, Platón y Descartes, opinaban que el alma es una sustancia separada del cuerpo y, como tal, puede sobrevivir a la muerte del cuerpo. De hecho, tanto Platón como Descartes opinaban que el alma es inmortal. Con la muerte, el alma sencillamente se separa del cuerpo para continuar su existencia.
Este criterio para la identidad personal plantea dos tipos de problemas. Por una parte, se plantean problemas en torno al mero concepto de alma, los cuales colocan en duda que el alma siquiera exista. El principal problema en torno a la existencia del alma radica en la interacción entre el alma y el cuerpo. Si, como se postula, el alma es una sustancia inmaterial, ¿cómo entonces, puede tener una incidencia causal sobre el cuerpo, el cual se asume como material?
Asimismo, los efectos de los daños cerebrales arrojan muchas dudas sobre la existencia del alma. Si el alma controla al cuerpo, pero con todo, está separada de él, entonces esperaríamos que los daños que sufre el cerebro no perjudicarían a las facultades que constituyen el alma. Pero, ha sido ampliamente documentado que existe una correlación entre los eventos cerebrales y los eventos mentales.
Frente a esta duda, es necesario apelar a otros criterios como base de la identidad personal. Si bien el alma no es satisfactoria como garante de la identidad personal, al menos la continuidad mental sí podría considerarse como garante de la identidad personal. Así, una persona podrá ser considerada la misma en dos determinados momentos, si y sólo si, conserva una continuidad mental.
Obviamente, los contenidos mentales cambian a lo largo del tiempo, pero si una persona conserva una memoria de un momento pasado, entonces puede admitirse que la persona objeto de ese recuerdo es la misma. John Locke pasa por ser el proponente más elocuente de este criterio. Bajo su estima, si un príncipe un día despierta en el cuerpo de un zapatero, esa persona sería el príncipe, no el zapatero.
Ciertamente, su aspecto exterior sería el del zapatero, y para sus amigos, él sería el zapatero. No obstante, esta postura no está exenta de problemas. Admitir a la memoria como criterio para la identidad personal acarrea algunas dificultades. En primer lugar, vale considerar las personas que han sufrido amnesia. Estas personas no tienen recuerdos de su vida. Pero, ¿ello implica que no son la misma persona?
Por otra parte, una persona puede tener recuerdos falsos. Es sabido, por ejemplo, que muchas personas han creído ser Napoleón y recuerdan la batalla de Waterloo. ¿Son estas personas Napoleón? Pero, ¿cómo podemos constatar la diferencia entre el recuerdo y el delirio? Presumiblemente, sabemos que esas personas no son Napoleón, porque el emperador francés murió hace casi dos siglos.
Puede pensarse aún en otro caso, el cual coloca en entredicho la adecuación de la memoria como criterio para la identidad personal. El filósofo Derek Parfit ha dirigido su atención respecto a una tecnología imaginada en los filmes de ciencia ficción, Viaje a las estrellas, la cual arroja dudas sobre la eficiencia del criterio en base a la identidad personal. En Viaje a las estrellas, se contempla la existencia del ‘teletransportador’, una máquina que, para facilitar los viajes a largas distancias, tiene dos cápsulas: una en el lugar de origen, y la otra en el lugar de destino.
En base al criterio de Locke, sí sería la misma persona. Los mismos creadores de Viaje a las estrellas comparten esta opinión: la máquina en cuestión sirve para viajar, no para asesinar a una persona y crear a otra. Pero, Parfit invita a pensar en un escenario más complejo: la cápsula de destino elabora una réplica de quien entró en la cápsula de origen, pero por algún desperfecto, no elimina a quien entró en la cápsula de origen. Bajo este escenario, habría, no una, sino dos personas: aquella que entró a la cápsula de origen, y aquella que salió de la cápsula de destino.
Frente a las dificultades del criterio en base al alma y en base a la mente, parece quedar aquel más atractivo al sentido común: el cuerpo. Así, una persona seguirá siendo la misma en la medida en que el cuerpo que la constituye siga también siendo el mismo. A diferencia del criterio en base al alma, podemos verificar la persistencia del cuerpo, lo suficiente como para saber si una persona en un determinado momento sigue siendo la misma en otro momento determinado.
No obstante, el criterio de identidad en base al cuerpo no está enteramente exento de dificultades. Bajo la recomendación del filósofo Sydney Shoemaker, imaginemos un caso en el que dos individuos sufren un severo accidente: individuo A conserva su cerebro íntegramente, pero su cuerpo queda dañado; individuo B conserva su cuerpo en buen estado, pero su cerebro queda dañado. Gracias a algún avance tecnológico, los médicos logran incorporar el cerebro de A en el cuerpo de B.
Así, esta persona tendría el cuerpo de B, pero los recuerdos y los contenidos mentales de A, en tanto asumimos que la mente se aloja en el cerebro. Si nos adherimos a un criterio de la identidad personal en base al cuerpo, esta persona sería B. Pero, el hecho de que esta persona conserva los contenidos mentales de A, nos inclina a pensar que esta persona no sería propiamente B con el cerebro de A, sino que sería más bien A con el cuerpo de B.
A partir de esto, ameritaría elaborar una modificación respecto al criterio de la identidad personal: el cuerpo no sería propiamente el criterio para la identidad personal, sino el cerebro. Pero, la apelación al cerebro como criterio para la identidad personal suscita aún otros problemas. Derek Parfit ha planteado otro escenario imaginario como ilustración de las dificultades acarreadas por una apelación al criterio en base al cerebro.
Resurrección: continuidad, transformación y gloria
Para comprender lo que sucedió allí en la resurrección, lo primero que tenemos que entender es que cuando Jesús murió en la cruz, estaba muerto de verdad. Esta fue una ocasión en la que el cuerpo de Jesús era un cadáver. Su espíritu o Su alma había dejado Su cuerpo y estaba con el Padre, pero Su cadáver físico fue colocado en la tumba y en el caso de ese cadáver, así como con cualquier otro cadáver, no había latidos de corazón, no había ondas cerebrales, no había sangre palpitando por Sus venas.
Por eso la resurrección de Cristo es tan importante para la fe cristiana, el que nos unamos para adorar todos los domingos en lugar del viernes es porque Cristo resucitó de entre los muertos el domingo. A eso llamamos el día del Señor y eso se ha convertido en el nuevo Sabbat, la nueva garantía de vida eterna para todos aquellos que ponen su confianza en Él.
Muy temprano, aquel domingo por la mañana, de repente los párpados se movieron, las ondas cerebrales se activaron, el corazón empezó a latir, la sangre empieza a fluir por las venas del Jesús inmolado y en el poder del Espíritu Santo, Él sale de esos paños funerarios, del estado de muerte y sale vivo, victorioso sobre la muerte.
Cuando Jesús resucitó de entre los muertos, no fue solo una reanimación. No fue como era antes de morir, Él entró a la tumba y ahora Dios lo resucita de entre los muertos y sale en la misma forma en la que estaba antes. No. Sí, había continuidad entre el cuerpo que entraba allí y el cuerpo que salía. Era el mismo cuerpo. Y todavía era identificable por las marcas de los clavos y la espada y eso. Pero también hubo un cambio dramático en el cuerpo de nuestro Señor…
Se siembra en corrupción, en corruptibilidad. Se resucita incorruptible. El cuerpo que salió de esa tumba nunca más podría sufrir descomposición o corrupción en la carne. Nuestros cuerpos cuando salgan de la tumba en nuestra resurrección nunca más se deteriorarán. Nunca más estarán sujetos a los estragos del tiempo y de la enfermedad. Serán incorruptibles.
Hemos visto a lo largo de este estudio que la vida de Cristo siguió el patrón de humillación que se movía constantemente en dirección hacia la exaltación. Incluso el cuerpo de Jesús fue sembrado en deshonor, humildad, crucificado, pero es resucitado en gloria. Es verdad que no sé cómo se ve un cuerpo humano glorificado, pero sé que es diferente a como son nuestros cuerpos ahora.

Resurrección y esperanza cristiana
El primer Adán trajo la muerte al mundo. El nuevo Adán trae la resurrección de entre los muertos. De modo que, el enemigo supremo que aflige la vida humana, la muerte misma, es vencida con la resurrección. Por eso la resurrección de Cristo es tan importante para la fe cristiana.
En esta porción de la interpretación apostólica sobre la importancia de la resurrección, vemos la idea que notamos previamente en esta serie del vínculo existente entre Jesús y Adán en la función de Cristo como el nuevo Adán o como el segundo Adán. El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre es del cielo.
Pues Cristo debe reinar hasta que haya puesto a todos Sus enemigos debajo de Sus pies. Y el último enemigo que será eliminado es la muerte. Todos los que están en Cristo Jesús compartirán esta gloria de resurrección. Esa es nuestra esperanza.
Antecedentes bíblicos y conexión con el Reino
El primero, en el segundo libro de Isaías también llamado el de la consolación, de los capítulos 40 a 55, Yahvé refrenda su compromiso ante un pueblo abatido y desconsolado, debido a que Jerusalén había caído ante Nabucodonosor, rey de Babilonia. Tepedino comenta al respecto que el rey Sedecías fue capturado y torturado, asesinaron a su familia, Jerusalén fue destruida, el templo incendiado y el pueblo vivía disperso en el imperio babilónico.
El tercero viene del libro de los macabeos, en el que el rey Antíoco propina el martirio a siete hermanos y su madre, con el fin de presionarlos a renegar de su fe. En suma, podemos decir que la Resurrección de Jesús tiene antecedentes en el AT, que pone de manifiesto a Dios, dueño de la vida y de toda realidad, que está pendiente de los justos y en aquellos creyentes que tienen una total confianza en Él, más allá incluso de la muerte física.
La Resurrección de Jesús tiene una íntima relación con el anuncio del Reino de Dios, que puede considerarse en una breve idea como la reconversión de la ley y los profetas al amor. Esto se puede ver mejor en el texto de Mc (12, 28-34) en el que se habla de amar a Dios con todo el corazón como lo dice el Dt en el AT y al prójimo como uno mismo, que es el añadido del evangelio y en el que Jesús le dice al escriba no estar lejos del reino de Dios.
Fe y razón ante el misterio pascual
Por otro lado, la Resurrección en el NT, implica una reflexión en la que la fe y la razón necesitan alternarse para fundamentar una comprensión consistente del hecho. La Resurrección sucedió, pero no como nosotros la podríamos imaginar en cuanto su verificabilidad, se trata de una obra de Dios en las dimensiones propias de Dios; por eso no puede tratarse de un hecho histórico en sentido estricto, es decir, de un hecho comprobable por el método experimental de la ciencia histórica.
El misterio pascual, en cambio, consiste en que el Crucificado «resucitó al tercer día, según las Escrituras» (1 Co 15, 4). La Cruz, por sí sola, no podría explicar la fe cristiana. Antes al contrario, sería una tragedia. El misterio pascual consiste precisamente en que el crucificado resucitó.
Domingo de Resurrección: El Verdadero Significado de la Esperanza ✝️
Lecturas y referencias
Peter EICHER y HANS KESSLER, Diccionario de conceptos teológicos II, vol. 2 de 2 vols. Hans KÜNG, ¿Vida Eterna? Juan Luis RUIZ DE LA PEÑA, La pascua de la creación: escatología (Sapientia fidei / com. Juan José TAMAYO-ACOSTA y Manuel FRAIJÓ, eds., Nuevo diccionario de teología (Colección Estructuras y procesos.
El texto de 1Co 15,1-11 sobre la resurrección pone de relieve el nexo entre «recibir» y «transmitir». San Pablo concede mucha importancia a la formulación literal de la tradición: «Tanto ellos como yo esto es lo que predicamos» (1 Co 15,11). Refleja con ello la unidad del kerygma para los creyentes todos y cuantos en el futuro anuncien la resurrección de Cristo.
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