Qué dijo Jesucristo sobre lo que me diste

Nuestro Padre Dios omnipotente e ilimitado está dispuesto a hacer todas las cosas que necesitamos para disfrutar de lo mejor de la vida. Cuando el Señor le dijo a Bartimeo: “¿Qué quieres que te haga?”, estaba manifestando su bondad. Esa palabra también es para usted y para mí. La fe es la sustancia de las cosas.

Jesús mostró que Dios responde a las oraciones específicas. Por ejemplo, Bartimeo, el ciego, cuando oyó que Jesús estaba pasando, comenzó a gritar: “¡Jesús Hijo de David, ten misericordia de mí!”. El Señor se detuvo y le preguntó: “¿Qué quieres que te haga?” (Marcos 10:50). Bartimeo respondió: “Maestro, que recobre la vista” (Marcos 10:50), y Jesús le dijo: “Vete, tu fe te ha salvado” (Marcos 10:52). Inmediatamente recobró la vista; el milagro ocurrió después que Bartimeo habló específicamente.

Cuando oremos al Señor, debemos presentarle peticiones específicas, tener objetivos claros y metas nítidas. No digamos simplemente: “Señor, bendíceme”, porque la Biblia contiene miles de bendiciones declaradas por Dios. ¿Cuál de ellas es la que usted está necesitando hoy? Dios le dijo a Salomón: “Pide lo que quieras que yo te dé” (1 Reyes 3:5-9).

Una de las experiencias más hermosas que tuvo Jacob fue en Beerseba, donde Dios le habló a través de la visión de la escalera. Nuestro cuerpo es la residencia de Dios, y Él está tan activo como en los días de la creación en el Génesis. Dios trabaja a través de la visión y los pensamientos que tengamos.

Hagamos un cuadro en nuestra mente de lo que somos en Cristo. Creamos en la Palabra de Dios para tener una visión exaltadora de lo que Dios hizo en nosotros a través del Señor Jesucristo. Rechacemos todo pensamiento, concepto, idea o visión que desmoralice o deprima los sueños que tenemos de nosotros en Cristo. Enfoquemos y proyectemos el cuadro potencial que mantenemos en la mente, y constantemente examinemos ese maravilloso ser que somos.

Con Dios obrando en nosotros y con metas claras en nuestro espíritu, podemos alcanzar lo imposible.

Ilustración de Bartimeo pidiendo a Jesús

Jesús y sus requisitos para los discípulos

Jesús estableció requisitos para quienes desean ser sus discípulos. Él afirmó: si alguien desea seguirlo, debe amarlo más que a cualquier ser querido y más que a su propia vida. Nuestro amor por Cristo debe ser tan grande que parezca que odiamos a los que más amamos (Lucas 14:26).

Estar dispuestos a sacrificar todo por servir a Cristo es el segundo requisito. Jesús usa la expresión “tomar la cruz”, que en ese tiempo significaba asumir la pena capital. Además, pide que sus discípulos lo sigan incondicionalmente (Lucas 14:27).

La cuarta característica es sorprendente: “Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:33). Muchos cristianos interpretan esto erróneamente, pensando que dar el diezmo es suficiente. Si bien el diezmo era ley en el Antiguo Testamento, Jesús demanda el 100% de su seguidores. Cristo es dueño de todo, no sólo del diez por ciento que ofrendamos.

Los seguidores de Cristo deben apoyar generosamente a su iglesia local y a sus líderes (1 Timoteo 5:18). Sin embargo, un verdadero discípulo es aquel que entrega todo a Jesús, porque lo que damos y lo que guardamos le pertenece a Él.

El llamado al discipulado, Parte 1. Jessy Padilla

El amor a Dios y al prójimo según Jesucristo

Jesús nos enseñó que si amamos a Dios, no podemos dejar de amar a nuestro hermano. En Mateo 25:31-46, el Señor describe el juicio final, en el que separará a las personas como un pastor separa ovejas y cabritos, recompensando a quienes ayudaron a los necesitados: “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber... en verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”.

Por otro lado, a quienes no ayudaron, Jesús les dirá: “En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo” y los enviará al castigo eterno.

Este evangelio nos invita a la práctica de la caridad, que es el mejor camino para acompañar a Cristo en su dolor y crecer espiritualmente. La caridad no es mera filantropía, sino el amor a Dios que se manifiesta en el cuidado real hacia el prójimo.

Representación del juicio final con Jesús como juez

Jesús revelando el nombre y la misión a sus discípulos

En San Juan 17:6-11, Jesús habla de los que el Padre le dio del mundo: “He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los diste, y han guardado tu palabra”. Estas palabras nos muestran cómo Jesús sitúa a sus discípulos en una relación íntima con el Padre, semejante a la suya.

Tras la victoria sobre la muerte, Jesús proclama: “Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios” (Juan 20:17b), marcando un salto cualitativo en la relación del hombre con Dios. A través de su Palabra, los discípulos llegan a “hacerse” hijos de Dios (Juan 1:12), permitiéndoles llamar a Dios “Padre” y compartir la comunión con Él.

Esta misión la continúan los pastores según el corazón de Dios, que, a pesar de sufrir penalidades, participan del gozo y la satisfacción de pastorear conforme a la voluntad divina. La fidelidad a la Palabra dada por Dios y el servicio por amor son distintivos de quienes siguen a Jesús y pastorean su rebaño.

Jesús revelando su nombre a los discípulos

La decisión definitiva: “El que no es conmigo, contra mí es”

Jesús no dejó a sus oyentes una tercera opción entre seguirlo o rechazarlo. En Mateo 12:22-30, después de sanar a un hombre ciego y mudo, los fariseos negaron que Él fuera el Mesías, atribuyendo sus hechos a un poder demoníaco. Jesús desmontó esta acusación y les planteó un dilema: “El que no es conmigo, contra mí es”.

El pueblo debía elegir si aceptaba que Jesús era el Mesías y, por lo tanto, experimentar un cambio interior y arrepentimiento para entrar al reino de Dios, o rechazarlo. Esta elección sigue vigente hoy: cada uno debe responder a la pregunta de Jesús: “¿Quién decís que soy yo?” (Mateo 16:15).

Aceptar a Jesús implica seguir sus enseñanzas y vivir según su mandato, no a nuestra manera. Esta renuncia y entrega total es el compromiso esencial que nos demanda Jesucristo para ser verdaderos discípulos.

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