Historia y detalles de la misa de beatificación de los mártires vicencianos

La Familia Vicenciana -integrada por sacerdotes y hermanos de la Congregación de la Misión (Paúles), Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl y laicos de sus asociaciones- sufrió numerosas pérdidas durante la persecución religiosa de la Guerra Civil Española (1936-1939). En total, 54 misioneros paúles, 29 Hijas de la Caridad, 14 laicos vicencianos (miembros de la Medalla Milagrosa y Juventud Mariana Vicenciana) y 5 sacerdotes diocesanos asesores espirituales han sido beatificados como mártires de la fe en este conflicto.

Contexto histórico: persecución y martirio en Asturias, Teruel, Guadalajara y Madrid

En Asturias tuvo lugar el trágico preludio de la gran persecución. Durante la Revolución de octubre de 1934 -conocida como la “Asturias Roja”- se desencadenó una violenta insurrección antirreligiosa. En la ciudad de Oviedo, donde los Paúles dirigían el Seminario Conciliar, un asalto de milicianos rojos terminó con la vida de tres misioneros vicencianos: los sacerdotes Tomás Pallarés Ibáñez y Vicente Pastor Vicente, y el hermano Salustiano González Crespo.

Durante aquel ataque, el Hno. Salustiano realizó un acto heroico: al ver que un grupo de seminaristas iba a ser fusilado, se interpuso ofreciendo su propia vida en lugar de la de los jóvenes -«Matadme a mí, que no sirvo para nada; pero no matéis a estos jóvenes, que pueden hacer mucho bien»-. Su valiente intervención momentáneamente contuvo la furia de los revolucionarios y permitió salvar a aquellos seminaristas (aunque él mismo sería ejecutado poco después).

Pocos años después, al iniciarse la Guerra Civil en 1936, estalló también la persecución religiosa en Asturias. En Gijón, el 14 de agosto de 1936, fueron fusilados otros tres sacerdotes paúles: Amado García Sánchez, Pelayo José Granado Prieto y Ricardo Atanes Castro, quienes servían en aquella misión. Los milicianos los llevaron a las afueras (en el pinar de “Llantones”) y allí los acribillaron junto a otros religiosos. El P. Ricardo Atanes, de 61 años, murió perdonando; era conocido por su gran amabilidad con los pobres.

En el pueblo de Alcorisa, provincia de Teruel, se hallaba desde 1889 un Colegio Apostólico Vicenciano dedicado a las misiones populares y a la formación de jóvenes. Al estallar la guerra en julio de 1936, la pequeña comunidad local (8 sacerdotes y 1 hermano) tuvo que huir; sólo dos misioneros permanecieron en la casa: el sacerdote Fortunato Velasco Tobar (de 30 años) y el hermano Luis Aguirre Bilbao (22 años). Ambos fueron apresados por milicianos y fusilados en Alcorisa el 24 de agosto de 1936 “por odio a la fe”.

El P. Fortunato, oriundo de Burgos, afrontó el martirio con admirable entereza cristiana: tras haber estado brevemente en libertad vigilada, decía con humildad “No me ven digno del martirio”. Finalmente, condenado a muerte, perdonó de todo corazón a sus ejecutores y oró por ellos antes de morir, exclamando “¡Viva Cristo Rey!” en el momento de la descarga fatal. Por su parte, el Hno. Luis Aguirre también dio un valiente testimonio: cuando los milicianos intentaron forzarle a gritar “¡Viva el comunismo!”, él respondió gritando con más fuerza: “¡Viva Cristo Rey!”, extendiendo los brazos en cruz e invocando el nombre del Señor mientras las balas segaban su joven vida.

En la ciudad de Guadalajara acogía un importante Colegio Apostólico de los Paúles desde 1909. Al iniciarse la guerra en 1936, la mayor parte de la comunidad y los seminaristas pudieron evacuar hacia zonas seguras, pero cuatro vicencianos permanecieron para resguardar la casa: los padres Ireneo Rodríguez González, Gregorio Cermeño Barceló, Vicente Vilumbrales Fuente y el hermano Narciso Pascual Pascual. El P. Ireneo Rodríguez (57 años) dio un extraordinario testimonio en cautiverio: dentro de la cárcel, se ofreció voluntariamente ante los milicianos para morir en lugar de padres de familia que estaban presos, animando a todos a la confianza en Dios. Junto al P. Ireneo, también el Hno. Narciso Pascual (19 años) y los PP. Gregorio Cermeño (62) y Vicente Vilumbrales (27) recibieron la palma del martirio.

Durante la Guerra Civil, Madrid fue epicentro de una violenta persecución religiosa. Treinta y nueve de los 60 mártires vicencianos beatificados fueron asesinados en la diócesis de Madrid, en diversos lugares de la capital y sus alrededores. Entre ellos se cuentan decenas de sacerdotes y hermanos Paúles, casi una treintena de Hijas de la Caridad, varios laicos de las asociaciones vicencianas y algunos sacerdotes diocesanos que los asistían.

Mártires y escenas de martirio entre las Hijas de la Caridad en Madrid

El 12 de agosto de 1936, cinco Hijas de la Caridad de la comunidad de Leganés fueron fusiladas cerca de la Puerta de Hierro de Madrid. Estas religiosas -Sor Melchora de la Adoración Cortés, Sor María Severina Díaz-Pardo, Sor Estefanía Saldaña, Sor María Dolores Barroso y Sor Asunción Mayoral- habían permanecido fieles a su hábito y misión hasta el final. Al ser detenidas, confesaron sin ocultarse su identidad religiosa y, por ello, fueron llevadas al paredón esa misma noche. Entregaron su vida perdonando a sus verdugos y reafirmando su fe.

Pocos días después, ocurrió el trágico episodio conocido como el “tren de la muerte”: el 11-12 de agosto de 1936, un convoy de prisioneros procedente de Valencia llegó a Madrid. Entre los cautivos venían dos Hijas de la Caridad expulsadas de un hospital de Jaén -Sor Juana Pérez Abascal y Sor Ramona Cao Fernández- que viajaban disfrazadas de enfermeras de la Cruz Roja. Por llevar el rosario, fueron separadas del resto al llegar a la capital: las arrastraron por el suelo, las insultaron brutalmente y finalmente las fusilaron en la zona del Pozo del Tío Raimundo (Vallecas) la madrugada del 12 de agosto.

La violencia anticlerical se cebó también con las Hijas de la Caridad dispersas por Madrid. El 3 de septiembre de 1936, tres hermanas -Sor Dolores “Úrsula” Caro, Sor Andrea Calle y Sor Concepción Pérez Giral- fueron detenidas cuando huían de Albacete hacia la capital. Las capturaron en Vallecas al descubrir que llevaban rosarios ocultos y las sometieron a vejaciones atroces: las humillaron públicamente, llegando incluso a abusar de dos de ellas, antes de asesinarlas junto a la vía del tren en el paraje de Los Toriles. Murieron tras torturas indecibles, pero manteniendo su pureza y perdonando a sus agresores.

Otra escena de martirio tuvo lugar la noche del 31 de octubre de 1936 en la carretera de Toledo, a las afueras de Madrid. Dos jóvenes Hijas de la Caridad -Sor Modesta Moro Briz (35 años) y Sor Pilar Isabel Sánchez (29 años)- fueron sorprendidas por milicianos al salir de su refugio tras acudir a una Misa clandestina por la fiesta de Todos los Santos. Al ser interceptadas e identificadas como religiosas, las fusilaron en el kilómetro 6 de la carretera, ofreciendo ellas su vida como oblación.

En total, 15 Hijas de la Caridad fueron martirizadas en Madrid entre 1936 y 1937, y todas fueron beatificadas en 2013. La mayoría de estas hermanas afrontaron la muerte con una actitud espiritual admirable: algunas perdonaron explícitamente a quienes las mataban, otras murieron gritando “¡Viva Cristo Rey!” o con el rosario en mano, todas firmes en su vocación.

Mártires laicos y Paúles en Madrid

Entre los beatos vicencianos de Madrid figuran seis laicos conocidos como los “Caballeros de la Medalla Milagrosa”, pertenecientes a la Archicofradía de la Medalla Milagrosa de la basílica de San Vicente de Paúl. Estos caballeros -entre ellos José Garvi y sus compañeros- fueron detenidos por ser activos católicos y asesinados en Madrid durante 1936. Varios de ellos fueron ejecutados en las sacas de presos que culminaron en las matanzas de Paracuellos del Jarama, donde entregaron la vida muchos sacerdotes, religiosos y fieles laicos. Los caballeros vicencianos murieron perdonando.

Asimismo, numerosos sacerdotes y hermanos Paúles de la comunidad de Madrid fueron martirizados. Destacan los 40 misioneros paúles beatificados en 2017, encabezados por los Siervos de Dios José María Fernández Sánchez y Vicente Queralt Lloret. Muchos de ellos pertenecían a la Casa Central de los Paúles en Madrid (C/ García de Paredes) y tras la revolución de julio del 36 fueron apresados. Algunos fueron fusilados en lugares como el Matadero de Madrid o en Vallecas, y muchos fueron trasladados a las checas y cárceles de donde salieron para ser ejecutados en Paracuellos. Perseveraron hasta el final en su fe, a pesar de los tormentos de la prisión.

La beatificación: ceremonia, homilía y significado

La Liturgia ha sido preparada por la Comisión de Liturgia de la Conferencia Episcopal Española y lleva la aprobación del Dicasterio vaticano del Culto. En la celebración de beatificación se puso de manifiesto que “el martirio es la consecuencia última de la fidelidad al Evangelio y a la propia conciencia, de libertad personal y de certeza absoluta del amor y de la presencia de Dios en la propia vida”, palabras que el P. Gomes pronunció en su homilía. «El martirio es un acto profético de fe por excelencia. Si puede destruir el cuerpo pero no mata el alma, el espíritu.»

El P. Gomes citó palabras del Papa Francisco, de su mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones, que coincidió con la celebración de la beatificación: “el verdadero testigo es el ‘mártir’, aquel que da la vida por Cristo, correspondiendo al don de sí mismo que Él nos hizo”. Al final de la liturgia, el P. Francisco Caballero, superior de la Provincia de Madrid y anfitrión del lugar, dio gracias a las numerosas personas que habían participado en la beatificación y mencionó a los 12 cohermanos -6 sacerdotes y 6 hermanos- cuyo testimonio se recordaba en esa celebración.

En la homilía y en las intervenciones se subrayó también que el martirio no es fenómeno cerrado en el pasado: «El martirio no es algo lejano a nosotros. El martirio del hambre, de la guerra, de la violencia, de la inmigración, de la pobreza... estas personas viven en su propia piel la pasión de Cristo. Por eso, cuando celebramos a nuestros mártires, recordamos también a los mártires de hoy: hombres, mujeres y niños que luchan por un mundo mejor o mueren silenciosa y cruelmente como víctimas del pecado social.»

Procesión de peregrinos y feligreses durante una beatificación

Reconocimientos, procesos y calendario litúrgico

La Familia Vicenciana de España recuerda el 6 de noviembre, un año más, a los mártires del siglo XX en la persona de los beatos José María Fernández y 38 compañeros, beato Vicente Queralt Lloret y 20 compañeros, beato Fortunato Tobar y 13 compañeros más las beatas mártires Hijas de la Caridad: Sor Adoración Cortes Bueno y 14 compañeras mártires en Madrid y Sor Josefa Martínez Pérez y 12 compañeras y las tres Hijas de María de la Medalla Milagrosa beatas Mª Pilar Gullón y dos compañeras mártires de Astorga. En total 105 mártires vicencianos.

Estos mártires ya beatificados están incluidos en distintos procesos y celebraciones públicas:

  • Beatos Fortunato Velasco Tobar, CM (1906-1936) y 13 compañeros mártires -Beatificación 13 de octubre 2013 en Tarragona.
  • Beatos José María Fernández Sánchez, CM (1875-1936) y 38 compañeros mártires -Beatificación 11 de noviembre 2017 en Madrid.
  • Beatos Vicente Queralt Lloret, CM (1894-1936) y 20 compañeros mártires -Beatificación 11 de noviembre 2017 en Madrid.
  • Beatas Adoración Cortes Bueno, HC y 14 compañeras mártires -Beatificación 13 de octubre 2013 en Tarragona.
  • Beatas María Pilar Gullón Yturriaga, Octavia Iglesias Blanco y Olga Pérez-Monteserín Núñez -Beatificación 29 de mayo 2021 en Astorga.

Datos globales y memoria litúrgica

En total, la suma de mártires vicencianos beatificados comprende: 54 Misioneros paúles (35 sacerdotes y 19 hermanos coadjutores), 5 sacerdotes diocesanos asesores parroquiales, 29 Hijas de la Caridad, 7 Hijos de María de la Medalla Milagrosa, 4 Hijas de María de la Medalla Milagrosa y 6 Caballeros de la Junta de Caridad de la Asociación Medalla Milagrosa de la Basílica La Milagrosa de Madrid. El calendario litúrgico de la Iglesia de España ha establecido el 6 de noviembre como día de memoria obligatoria para recordar y honrar a los mártires ya beatificados y algunos ya declarados santos por sufrir el martirio entre 1931 y 1939.

Testimonios individuales: ejemplos de fe y perdón

Los relatos personales recogen numerosas escenas de fortaleza espiritual: el P. Fortunato perdonando a sus ejecutores y gritando “¡Viva Cristo Rey!”; el Hno. Luis Aguirre proclamando lo mismo antes de morir; el H. Salustiano sacrificando su vida por seminaristas; las Hijas de la Caridad que fueron fusiladas tras confesar su identidad religiosa; los Paúles de Madrid que conservaron la esperanza en las checas y cárceles; y el P. Ireneo Rodríguez que se ofreció para morir en lugar de padres de familia presos.

Muchos de estos mártires murieron perdonando a sus verdugos, reafirmando su fe con el rosario o con gritos de alabanza a Cristo. Sus vidas y muertes constituyen un testimonio de reconciliación y entrega que la Iglesia reconoce y proclama públicamente mediante la beatificación.

Celebraciones locales y peregrinaciones

Tras las beatificaciones, numerosas diócesis y comunidades organizaron actos de veneración, peregrinaciones y misas de acción de gracias. Por ejemplo, la comunidad cristiana de Villafranca del Bierzo celebró la memoria gozosa de cuatro hermanos mártires con una solemne Misa de Acción de gracias en la que se veneraron por primera vez en la diócesis sus reliquias. En otras localidades se programaron predicaciones, encuentros, himnos y procesiones que recordaron las vidas entregadas de los mártires vicencianos.

La historia de los beatos vicentinos mártires españoles de la guerra civil.

Implicaciones pastorales y mensaje para hoy

Los celebrantes y predicadores han insistido en que la beatificación no busca reabrir heridas ni ajustar cuentas históricas, sino custodiar la memoria de quienes confesaron su fe hasta la muerte. “La beatificación que hemos vivido no es un ajuste de cuentas con el pasado, ni una relectura ideológica de la historia. La Iglesia no beatifica para señalar culpables ni para reabrir heridas.”

Se enfatiza también que la sangre de los mártires es fecundidad para la misión: su ejemplo interpela a la Iglesia a renovar la fe, a trabajar por la justicia y la reconciliación, y a acompañar a los más frágiles de nuestro tiempo. Los mártires son presentados como intercesores y modelos de reconciliación para las comunidades locales y la Iglesia universal.

Tabla resumen: liczba y lugares de martirio (selección representativa)

  • Asturias (Oviedo, Gijón): primeros mártires vicencianos - 6 miembros de la Congregación de la Misión.
  • Teruel (Alcorisa, Oliete): 3 misioneros vicencianos martirizados.
  • Guadalajara: 4 vicencianos martirizados en la cárcel y fusilamientos.
  • Madrid: mayoría de los mártires vicencianos; numerosas ejecuciones en Matadero, Vallecas, Paracuellos y checas.
  • Valencia y provincia: Hijas de la Caridad y laicos martirizados en distintas localidades.

Recordemos su memoria conociendo mejor sus vidas entregadas e invocando su protección como amigos fieles de Dios. Que su ejemplo de perdón, entrega y fidelidad al Evangelio inspire a las comunidades a vivir la fe con mayor compromiso y caridad.

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