La imagen del «corazón» es una de las más conocidas y difundidas, tanto en el plano laico (de la bombonera al colgante de cadena, del cojín de regalo al bordado de sastrería) como en el plano religioso e iconográfico (véanse los exvotos de los cuales están llenos los santuarios, los corazones pintados y representados en todas las tipologías, los ornamentos sagrados, etc.).
En general y en el lenguaje común, el término «corazón» indica algo esencial, central, algo que contiene y engloba. En el ser humano, el corazón es y constituye algo vital bajo un doble aspecto. Por una parte, tenemos el corazón como órgano físico (una bomba que alimenta un circuito hidráulico hemático), órgano sin el cual no es posible vivir, a diferencia de otros órganos y otras partes del cuerpo cuya ausencia o cuyo grave mal funcionamiento no perjudican la conducción de una vida que puede ser discreta. Por otra parte, en cambio, tenemos el corazón como sede, lugar o instrumento de relaciones interpersonales (afectos, sentimientos, voluntad, amor, sensibilidad).
La devoción al Corazón de Jesús ha existido desde los primeros tiempos de la Iglesia, cuando se meditaba en el costado y el Corazón abierto de Jesús, de donde salió sangre y agua. De ese Corazón nació la Iglesia y por ese Corazón se abrieron las puertas del Cielo. La contemplación de esta escena ha alimentado la devoción de los cristianos desde los primeros siglos, pues ahí han encontrado una fuente continua de paz y seguridad en las dificultades.

Fundamentos bíblicos y teológicos
En la religión hebraica contiene en parte lo que ya es un patrimonio antropológico común de toda la humanidad. El corazón es la sede de la fuerza física (Sal 38, 11; Is 1, 5). El corazón es el centro de la vida espiritual e íntima del hombre, y a menudo indica la integridad del hombre (Sal 22, 27; 73, 26; 84, 3). El corazón es sobre todo el lugar, al mismo tiempo simbólico y real, de la presencia divina en el hombre. Dios es aquel que escruta al hombre en el corazón: se trata de la «cardiognosia» (ver 1 Re 8, 39). En Ezequiel 36, 26, el Señor promete un «corazón nuevo», un «corazón de carne», que sustituirá al «corazón de piedra».
En el Nuevo Testamento, el término «corazón» (en griego, kardia) aparece 148 veces, retomando el significado del Antiguo, pero agregando nuevos horizontes antropológicos y cristológicos. Del corazón brota la energía vital (Lc 21, 34; He 14, 17). El corazón es la interioridad que contrasta con la apariencia (2 Cor 5, 12; 1 Tes 2, 17). En el corazón se encuentran el espíritu y el alma. Dios se oculta en el corazón del hombre (1 Cor 4, 5), lo escruta (Rom 8, 27) y lo examina (1 Tes 2, 4). El corazón es el asiento de la fe (Rom 10, 6-10) y del amor, pero también puede ser el asiento de la incredulidad y el pecado: estamos frente al fenómeno de la dureza y la cerrazón del corazón (sklerokardia: ver Mc 10, 5 y Rom 2, 5).
En Juan 19, 33, encontramos en cambio el drama de la pasión de Cristo: allí a Jesús no le quiebran las piernas, sino que un soldado le abre el costado con la lanza, a la altura del corazón, y al instante salta sangre y agua. Desde ese momento, se hizo realidad la profecía de Zacarías (Za 12, 10), y por siempre todos deberán «contemplar al que traspasaron» (Jn 19, 37). Juan cuenta con solemnidad y énfasis este episodio, que en sí mismo nada tiene de extraordinario, para comunicar sus consecuencias: el agua y la sangre son los elementos que sirven para lavar la violencia de los hombres.
Y sólo creyendo en todo cuanto sucedió en la Cruz puede el cristiano esperar la salvación y tener la experiencia de la encarnación como redención. No debemos olvidar enseguida que a los pies de la Cruz encontramos a María, la Madre de Dios, que fue la primera en contemplar el corazón traspasado de Jesús. Ya en el curso de su vida, María «guardaba y meditaba» en el misterio del Hijo «en su corazón» (ver Lc 2, 19, 51).
Historia de la devoción y su desarrollo institucional
De la revelación bíblica pronto nació un culto privado al «corazón de Jesús». El beato Bover, piadoso y docto hijo de San Ignacio, «recopiló casi cuatrocientas sentencias y títulos de los Padres, Doctores de la Iglesia, santos y autores místicos, que partiendo de los datos evangélicos se adentraron en la contemplación de los corazones de Jesús y María y prepararon con su obras y sus ejemplos el advenimiento del culto público».
La piedad popular del bajo medioevo desarrolló una veneración profunda y expresiva de la Humanidad Santísima de Cristo sufriente en la Cruz. Se difundió así el culto a la corona de espinas, los clavos, las llagas... y al Corazón abierto, síntesis de todos los padecimientos del Salvador por amor a nosotros. Estas formas de piedad dejaron su impronta en la Iglesia, de modo que en el siglo XVII nació la celebración litúrgica de la solemnidad del Sagrado Corazón.
Es sumamente famosa la figura de santa Margarita María Alacoque (1647-1690): en una serie de visiones místicas recibió las famosas «doce promesas de Jesús». Fue Jesús mismo quien, en el siglo diecisiete, en Paray-le-Monial, Francia, solicitó, a través de una humilde religiosa, que se estableciera definitiva y específicamente la devoción a su Sacratísimo Corazón. El 16 de junio de 1675 se le apareció Nuestro Señor y le mostró su Corazón a Santa Margarita María de Alacoque. Su Corazón estaba rodeado de llamas de amor, coronado de espinas, con una herida abierta de la cual brotaba sangre y, del interior de su corazón, salía una cruz.
Después de esto, algunos Pontífices prosiguieron por el camino abierto por Clemente XIII. Pío VI, en la Constitución Auctorem Fidei (1794) afirmaba que «la doctrina que rechaza la devoción al corazón sacratísimo de Jesús es falsa, temeraria y perjudicial… El corazón de Jesús es adorado en cuanto está unido de modo inseparable con la persona del Verbo». En 1856, Pío IX extendió la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús a la Iglesia universal, decretó que en el mes de junio deberían llevarse a cabo las prácticas devocionales y aprobó la dedicación en Roma de una iglesia al Sagrado Corazón. En 1899, el papa León XIII (con la encíclica Annum Sacrum) consagró la humanidad entera al corazón de Jesús y aprobó letanías específicas, así como las oraciones del primer viernes del mes. Pío X otorgó indulgencia plenaria a las iglesias donde se mantenía la práctica del mes de junio en honor al Sagrado Corazón. Benedicto XV estableció una Misa y una liturgia de las Horas propias. Pío XI, con la encíclica Quas primas (1925) ordenó que el acto o consagración al Sagrado Corazón se recitase en el día de la fiesta de Cristo Rey, y con la encíclica Miserentissimus Redemptor (1928) declaró que la devoción al corazón de Jesús «constituye el camino más expedito para llegar al conocimiento profundo de Cristo».
Escribió Juan XXIII: «En mi apostolado no quiero conocer otra escuela que no sea la del Sagrado Corazón de Jesús». Pablo VI, en la Carta apostólica Investigabiles divitias Christi (1965), desea que «sea honrado el Sagrado Corazón de Jesús, cuyo don más grande es la Eucaristía… La devoción al Sagrado Corazón consiste esencialmente en la adoración y la reparación dignamente prestada a Cristo, de donde se desprende la santificación y glorificación de los hombres en Dios». Juan Pablo II también fue un cultor del Sagrado Corazón, y en la encíclica Dives in misericordia indicaba la correspondiente devoción como camino facilitado para penetrar en la misericordia divina y dedicarse en forma expedita a las obras de caridad.
La liturgia del día desarrolla los dos pilares teológicos de la devoción: las riquezas insondables del misterio de amor desplegado en Cristo, y la contemplación reparadora de su corazón traspasado.
Prácticas, promesas y frutos espirituales
Dos, pues son los actos esenciales de esta devoción: amor y reparación. Amor, por lo mucho que Él nos ama. La devoción en sí está dirigida a la persona de Nuestro Señor Jesucristo y a su amor no correspondido, representado por su Corazón. La Devoción al Sagrado Corazón consiste esencialmente en la adoración y la reparación dignamente prestada a Cristo.
Jesús hizo 12 promesas especiales a Santa Margarita María para aquellos que honran fielmente su Sagrado Corazón. Estas promesas animan a los católicos a desarrollar una devoción constante al Sagrado Corazón de Jesús. (12) Les prometo, en la excesiva misericordia de mi Corazón, que mi amor todopoderoso concederá a todos aquellos que reciban la Sagrada Comunión los Primeros Viernes de nueve meses consecutivos la gracia de la perseverancia final; no morirán en mi desgracia, ni sin recibir sus sacramentos.
La Letanía del Sagrado Corazón es una oración hermosa y meditativa que consta de 33 invocaciones, cada una de las cuales refleja un título o atributo del Corazón de Jesús. La Letanía fue aprobada oficialmente para uso público por el Papa León XIII en 1899, coincidiendo con su consagración del mundo entero al Sagrado Corazón de Jesús. La Letanía del Sagrado Corazón se puede rezar tanto individualmente como en grupo.
Por medio de esta devoción, recibieron grandes favores de Jesucristo santa Gertrudis y santa Matilde. Asimismo, santa Clara aseguraba, habitualmente, que debía todas las gracias extraordinarias de las que su alma estaba llena, siempre que se ponía delante del Santísimo Sacramento, a su tierna devoción al Sagrado Corazón de Jesús; y santa Catalina de Siena se sentía abrasada, toda ella, de amor de Dios desde que comenzó a contemplar el adorable Corazón de Jesús.
La devoción al Sagrado Corazón de Jesús es un continuo ejercicio de amor a Jesucristo. Además, consiste en la práctica de unos ejercicios de piedad muy santos, y es tan eficaz, que por medio de ella se consigue todo de Dios. Y si Jesucristo concede tales gracias a quienes tienen devoción a los instrumentos de su pasión y a sus llagas, ¿qué favores no hará a los que muestran una devoción delicada a su Sagrado Corazón?
Frutos espirituales
- Consuelo y dulzuras interiores: «si se tuvieran que escribir todos los favores y bienes no habría libro, por grande que fuese, capaz de contenerlos».
- Medio para la conversión del corazón y victoria contra las pasiones.
- Instrumento eficaz para la santificación de los eclesiásticos y religiosos y para la salvación de las almas de los que trabajan por el prójimo.
- Fuente de reparaciones por las indignidades sufridas por Cristo en la Eucaristía y medio de unión con su amor.
Relación con la Virgen y devoción al Corazón de María
Además del corazón de Jesús, el cristiano encuentra también como modelo para imitar el corazón inmaculado de María, quien más que ninguna otra persona sufrió por la muerte del Hijo. No existe «corazón más humano que el de una criatura que rebosa sentido sobrenatural. Piensa en la Virgen, la llena de Gracia… en su Corazón hay lugar para toda la humanidad sin diferencias ni discriminaciones». La devoción al Sagrado Corazón de María ha sido una parte fundamental de la espiritualidad católica por siglos, arraigada en la tradición y en las enseñanzas bíblicas. Esta devoción no solo es un acto de amor y veneración hacia la Madre de Dios, sino que también es una fuente de consuelo, fortaleza y protección para los fieles que la practican.
Alejandrina María Da Costa, mística portuguesa del siglo XX, vivió una profunda devoción al Sagrado Corazón de María. Sus escritos y testimonios reflejan un ardiente amor por el corazón maternal de María, al ver en él un refugio seguro en medio de sus sufrimientos y tribulaciones. En unión con Jesús Crucificado, Alexandrina también fue alma víctima para que la petición de Jesús fuera concedida. Fue el 31 de octubre de 1942 cuando Pío XII llevó a cabo la consagración.
La joven que vio arder el Corazón de Cristo… y cambió la fe del mundo — Santa Margarita de Alacoque
La razón y el corazón: equilibrio humano y espiritual
La segunda afirmación que debemos hacer es la siguiente: el corazón no carece de razones, y la razón humana no puede estar sin el corazón. La primera parte de la tesis es necesaria para no caer en el sentimentalismo, en el subjetivismo de la conciencia, en la individualidad del instinto. Sin embargo, la medicina moderna nos dice que el asiento de los «afectos» y el «sentir» no se encuentra en el corazón, sino en el cerebro, en la mente. La persona humana es composición y presencia simultánea de elementos y facultades ciertamente distintos, pero jamás desvinculados: el alma, la mente, el corazón y la carne siempre en colaboración.
Cuando eso no ocurre, el hombre se enferma y rompe su admirable equilibrio psicofísico. Privilegiar o exaltar de manera desmedida una parte en perjuicio de las otras significa comprometer la unidad fundamental del «compuesto humano». Es sumamente famosa la frase de Pascal: «El corazón tiene sus razones, que la razón no conoce». Parecería a primera vista que el corazón queda definitivamente victorioso y la razón debe sucumbir para siempre; pero recordemos que Pascal no era sólo un piadoso creyente, sino también un físico, un matemático y un teólogo.
Iconografía y difusión cultural
Otra representación bastante conocida del corazón de Jesús, aun cuando es indirecta, consiste en un gran haz de luz con los colores del arco iris, que parte del pecho de Jesús bendiciente. Hay también breves señales en el rico y vasto mundo de la iconografía, es decir, de las representaciones que han caracterizado la historia del arte sacro y la simple devoción.
La devoción al Sagrado Corazón emprendida por muchos siempre será actual porque posee innegables fundamentos bíblicos y magisteriales. Muchos textos clásicos de la espiritualidad cristiana la han atesorado. Véase, por ejemplo, la Filotea, la Imitación de Cristo o los Relatos de un peregrino ruso. Es más, también muchos filósofos que deberían ser los máximos representantes del «concepto» y la «racionalidad pura» se han sumado en proponer una «filosofía del corazón».
Datos resumidos
La Fiesta del Sagrado Corazón se celebra anualmente el viernes después del segundo domingo de Pentecostés. La devoción al Sagrado Corazón tiene profundas raíces históricas, pero la fiesta fue establecida oficialmente por el Papa Pío IX en 1856. Entre 1673 y 1675, Santa Margarita María recibió varias visiones de Jesús, en las que Él reveló su Sagrado Corazón como símbolo de su amor ardiente por la humanidad.