En el evangelio de Mateo (12, 38-42), algunos escribas y fariseos solicitan a Jesús una señal, a lo que Él responde que no se le dará otra señal más que la del profeta Jonás, señalando la importancia de su muerte y resurrección. Este pasaje plantea una profunda reflexión sobre la naturaleza del Evangelio y su significado más allá de las meras señales externas.
La señal de Jonás en el Evangelio
Jesús menciona la “señal de Jonás” como una referencia clara y profunda a su propio sacrificio. Así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre de la ballena, el Hijo del Hombre estará tres días y noches en el sepulcro antes de resucitar. Esta señal opera en varios niveles: simboliza la muerte redentora y la resurrección de Cristo, y también expresa el sacrificio voluntario de Jesús para salvar a la humanidad.
La misión de Jonás es vista como un signo, pues él predicó a los ninivitas quienes, ante la amenaza de destrucción, se arrepintieron y cambiaron su vida. En paralelo, Jesús realiza su misión, enfrentando la incredulidad de su generación para traer salvación. El texto enfatiza que hay algo más que Jonás y Salomón en juego: la sabiduría y poder divinos son mayores en la persona de Cristo.

La insinceridad de los escribas y fariseos
Jesús conoce que la petición de una señal es una prueba insincera y de mala fe. Los escribas y fariseos, educados en las Escrituras, buscan un milagro para desacreditar a Jesús o atribuirlo al mal. Con esta actitud, rechazan la evidencia clara que Él ya ha dado.
Su obstinación contrasta con la fe de los ninivitas, quienes se convierten al mensaje de Jonás. Jesús los señala como ejemplo de arrepentimiento y aceptación, mientras que esta generación se mantiene cerrada al mensaje salvador. Por eso Jesús dice que “los hombres de Nínive se levantarán en el juicio y condenarán a esta generación”.
El Evangelio no se trata de nosotros, sino de Cristo
Muchos interpretan el Evangelio como una promesa centrada en la persona o en los beneficios personales que ofrece Dios, como sucede en la teología de la prosperidad o distintas corrientes reformadas. Sin embargo, el real significado del Evangelio es la gloria de Cristo Dios hecho hombre, que por amor se humilló, murió y resucitó para alcanzar la exaltación suprema.
El apóstol Pablo nos recuerda que Jesús “siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo” (Filipenses 2). El Evangelio proclama la obra redentora de Cristo para Su gloria y para que toda rodilla se doble ante Él. No solo debemos comprender la salvación, sino adorar y glorificar al Hijo por haber cumplido la voluntad del Padre.

La gloria de Cristo y el combate espiritual
El Evangelio también es un mensaje de victoria y poder. En el Apocalipsis (12), se narra la batalla entre Miguel y el dragón, simbología de la lucha entre las fuerzas del bien y del mal. Satanás, el acusador, es vencido por la sangre del Cordero y la palabra del testimonio de los creyentes. Esta victoria es fundamental para la vida cristiana, pues Cristo no solo murió por nosotros, sino que triunfó sobre la muerte y el mal.
Los creyentes participan de esta victoria mediante la fe y la humildad, siguiendo el ejemplo de Cristo que se humilló y fue exaltado para que nosotros podamos vivir en comunión con Él. No se trata solo de recibir beneficios espirituales o materiales, sino de rendirnos completamente a la obra gloriosa de Cristo, dejándonos transformar en Su imagen.
¿Qué significa la palabra "evangelio"?
La fe activa en medio de las dificultades
En el Evangelio encontramos la imagen remarcable de Jesús calmando la tempestad mientras duerme en la barca, enseñando a sus discípulos a no temer y a tener fe. Esta escena no sólo es símbolo de la protección divina en la adversidad, sino un llamado a reconocer la autoridad de Cristo sobre todas las cosas, incluso sobre nuestras tormentas personales.
La verdadera reacción a estas pruebas no es centrarnos en las bendiciones materiales ni sólo en la salvación propia, sino maravillarnos ante la majestad y poder del Señor: “¿Quién es este que aun el viento y el mar le obedecen?” Tal asombro fortalece nuestra fe y compromiso con Él.
Pactos en las Escrituras y la obra de Cristo
La Biblia presenta distintos pactos que nos ayudan a entender el plan redentor de Dios:
- Pacto de Obras: Dios hizo la ley a Adán quien debía obedecer para vivir; su desobediencia trajo la caída y muerte a la humanidad.
- Pacto de Gracia: Dios ofrece la salvación a través de Cristo a quienes creen y se arrepienten, restaurando la relación con Él.
- Pacto de Redención: El Padre y el Hijo acuerdan la redención de la humanidad, Jesús acepta vivir obediente y morir para salvarnos, ganando gloria y poder supremo.
Estos pactos muestran que el Evangelio es obra divina, centrada en la obra y gloria de Cristo para redimirnos del pecado y la muerte. El creyente responde con fe y humildad, no buscando su propia gloria sino la de Dios.

El Evangelio como llamado a una vida transformada
Finalmente, el Evangelio invita no sólo a conocer la historia de Cristo, sino a vivir una transformación profunda: “Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo” (Filipenses 2). Esta humildad nace al contemplar la gloria de Cristo y su sacrificio, y produce obras motivadas por el amor, no por obligación.
Esta enseñanza se extiende a la vida diaria, donde debemos buscar la voluntad de Dios en cada paso, contemplar Su poder y seguir Su ejemplo de servicio, humildad y amor. Así, la experiencia del Evangelio se vuelve fuerza para vivir en medio de las dificultades, con la esperanza firme en la victoria de Cristo.
