El canto gregoriano es el canto litúrgico de la iglesia católica romana. En un sentido más riguroso del término, el canto gregoriano se refiere únicamente al repertorio litúrgico de la misa romana, de modo que para referirnos al repertorio litúrgico monódico medieval en su totalidad deberíamos utilizar la expresión canto llano, que proviene de la expresión latina cantus planus, y se refiere al canto en ritmo libre (sin compás) que es característico de estas modalidades de canto.
Origen y nombre
El nombre de canto gregoriano proviene del papa Gregorio I (590-604), preocupado por la unidad de la iglesia, inicio una reforma tendente a conseguir una liturgia común para todos los cristianos. Gregorio I no sólo fue renovador del repertorio musical de la antigua música eclesiástica, sino que incluso se le atribuye la autoría de numerosas melodías. A él se le atribuye la autoría del fundamental ‘antifonario’ que contenía la compilación de los ejercicios religiosos. Aunque se sabe que no fue el compositor de los cantos, se dice que tampoco los recopiló.
El canto gregoriano tiene su origen en la antigua música eclesiástica cantada en la liturgia del rito romano. El conocimiento que poseemos de la historia y del origen de las melodías eclesiásticas está lejos de ser profundo ya que apenas han llegado hasta nosotros rastros suyos anteriores al siglo XI. Hasta antes del año 70 d. C. San Pablo arriba a Roma y lleva a las comunidades cristianas melodías de origen hebreo que conocía de la sinagoga y que paulatinamente fueron siendo adaptadas a la nueva religión.
Difusión y reforma carolingia
Entre los años 680 y 730, con los primeros carolingios, se produjo la refundición del repertorio romano existente en lo que desde entonces pasó a conocerse como Canto Gregoriano, en centros como Corbie, Metz o Sankt Gallen, y ello permitió su rápida divulgación por el norte de Europa. La reunificación de las liturgias latinas por la parte carolingia obedece a una estrategia política consistente en legitimar la restauración del Imperio romano de Occidente en la figura de Carlomagno. Dado el inmenso volumen del repertorio litúrgico cristiano -consistente en varios cientos de melodías-, los carolingios pusieron en marcha un ambicioso programa para difundir e imponer el canto romano a lo ancho de todo el Imperio en un proceso que se extendió durante un siglo aproximadamente.
Desde ese momento, Roma empezó a formar chantres enviados desde la Galia y a suministrar libros que permitiesen llevar a cabo la reforma de la liturgia; las escuelas de Rouen y Metz se convirtieron en centros fundamentales de enseñanza del canto gregoriano. La imposición del repertorio romano y su fusión con elementos locales produjo un material musical rico: el repertorio romano impuso su texto, estilo y arquitectura modal, pero revestido con la ornamentación de los cantos galicanos.
Evolución histórica y periodización
La mayoría de los estudiosos coinciden en dividir la historia del canto gregoriano en cuatro períodos o épocas. A partir del año 313, con el fin de las persecuciones y el reconocimiento del cristianismo como religión en pie de igualdad con los demás cultos existentes en el imperio, la Iglesia inicia un proceso de formación litúrgico-musical propio, utilizando elementos de tres culturas: los Libros Sagrados de los judíos; el sistema modal y los progresos teóricos y técnicos de los griegos; la lengua, la poesía y la métrica de los versos de los romanos.
Más tarde, a finales del siglo VI, subió al solio pontificio la figura que daría nombre al canto litúrgico oficial de la Iglesia: San Gregorio Magno. A mediados del siglo VIII, el canto litúrgico de Roma entró en la Galia, a petición del soberano franco Pipino el Breve, cuyo propósito era sustituir al canto galicano. Luego, ya en el contexto del Renacimiento carolingio, se difundiría oficialmente en el imperio por determinación de Carlomagno, sustituyendo así a los estilos que existían paralelamente al gregoriano.
Notación y conservación del repertorio
El repertorio impuesto inicialmente fue ampliado por los carolingios con piezas nuevas, y llegaron a ser tan numerosas que se vio pronto la necesidad de conservarlas por escrito, incluyendo la melodía. Los sistemas de notación musical desarrollados por los carolingios fueron de tipo neumático: consistieron en un conjunto de signos escritos sobre cada sílaba de un texto que ayudaban a recordar cómo debía ser interpretada la melodía. Nada que se asemeje a una partitura tal como la entendemos hoy en día. De hecho, era (y es) imposible interpretar las partituras carolingias más antiguas si no se conoce de antemano la melodía que se pretende entonar.
Con el tiempo, el dibujo de la melodía se hizo más preciso y se apoyó en una o dos líneas horizontales que representaban alturas fijas de la escala, y que desembocaron en el tetragrama (s. XI) y el pentagrama (s. XIII), sistemas que coexistieron durante siglos. Gracias a estos sistemas de notación fue posible representar con exactitud el movimiento melódico y las alturas, lo cual permitió preservar para los siglos venideros repertorios musicales crecientemente complejos que, en ausencia de la notación, habrían perecido para siempre.
Inicialmente surgieron sólo los neumas, signos colocados encima del texto para indicar de alguna manera las ondulaciones de la melodía. Para solucionar el problema de la altura exacta de los sonidos, se añadieron líneas que representaban ciertas notas en la escala y servían para identificar las notas próximas a ellas. Primero se insertó una línea en rojo para indicar la nota fa y más tarde una segunda línea en amarillo, que señalaba la nota do. Basándose en un himno a San Juan Bautista, en el que cada inciso comienza con un grado de la escala musical, Guido nombró las notas tal y como las conocemos hoy.
Surgió entonces el gran reformador e incrementador de la música occidental, el monje benedictino Guido d’Arezzo, que instituyó el tetragrama para la pauta gregoriana e insertó las claves de do y fa, permitiendo así la alteración de la extensión de las notas. Otra innovación introducida por él se refiere a la nomenclatura de las notas, que hasta aquel momento eran identificadas según el método alfabético griego.

Características musicales
El canto gregoriano es una música monódica, diatónica, modal y de ritmo libre. Monódica: hasta el siglo IX, el canto era exclusivamente monódico, es decir, con una sola melodía. Diatónica: la música moderna utiliza todos los sonidos de la escala musical, pero en el gregoriano predomina un uso diatónico. Modal: del canto gregoriano es de donde proceden los modos gregorianos, que dan base a la música de Occidente.
De ritmo libre: la notación precisa del ritmo no fue necesaria en el canto gregoriano, dado que su ritmo regular (o «plano», de donde viene la expresión cantus planus, o canto llano) deriva de la prosodia del propio texto. En este tipo de canto, la línea melódica no es muy movible, es decir, no hay grandes saltos en la voz. Se considera pues que es de ritmo libre.
El canto gregoriano jamás podrá entenderse sin el texto, el cual tiene prelación sobre la melodía y es el que le da sentido a ésta. En la liturgia cristiana el canto ligado a estas liturgias comparte una característica fundamental: procede de la recitación más o menos adornada de un texto sagrado. Es decir, no se entiende como música en sí misma, sino como oración. Memoria. Amplificación. Trascendencia.
Géneros y funciones dentro de la liturgia
Las dos principales celebraciones litúrgicas de la religión cristiana son la misa y el oficio. La misa es la celebración a la que acudían los fieles semanalmente, y en las fiestas especiales, para recibir la palabra de dios y obtener el perdón de los pecados mediante la recreación de la Última Cena (eucaristía). El oficio divino (o liturgia de las horas) es el ritual de oración intensiva que se llevaba a cabo diariamente (de día y de noche) en los monasterios y cuya función primordial era interceder ante dios para obtener la salvación de las almas.
Tanto la misa como cada una de las horas del oficio cuentan con textos y cantos fijos (se recitan o entonan en todas las ceremonias) y con textos y cantos variables (varían según el calendario o según el día de la semana). Los textos y cantos fijos forman el «ordinario», los textos y cantos variables forman el «propio». Los cantos del ordinario de la misa son el kyrie, el gloria, el credo, el sanctus y el agnus Dei.
En cuanto a los tipos de canto, destacan el Responsorial, en el que un solista alterna con el coro o la congregación; y el Antifonal, en el que dos grupos o coros alternaban. Siempre son cantos en latín.
Influencia, decadencia y recuperación
Con el desarrollo de la polifonía a partir del siglo XII, veremos también cómo el canto gregoriano fue tomado una y otra vez como punto de partida para la improvisación y la composición de música polifónica. Con la evolución de la polifonía también surge la notación métrica: valores de tiempo determinados para las notas, compases, pentagrama. Ciertas melodías gregorianas reciben acompañamiento de otras voces, dando lugar al organum paralelum, y algunas órdenes religiosas crean su propio estilo.
Dichas innovaciones condujeron al Canto Gregoriano hacia una situación de crisis que se vio agravada con el Renacimiento, mucho más inclinado a recuperar las tradiciones de la antigüedad clásica. A pesar de haber vivido numerosas mutaciones a lo largo de su larga historia, y de haber sufrido una larga decadencia desde las postrimerías de la Edad Media hasta la revolución francesa, el canto gregoriano constituyó la columna vertebral de la liturgia católica hasta el Concilio Vaticano II (1962-65).
Se iniciará una etapa de revitalización con Dom Prosper Guéranger, abad de Solesmes de 1837 a 1875. En su empeño por restaurar la vida monástica, interrumpida hacía algunas décadas como consecuencia de la Revolución francesa, comenzará un proceso de recuperación del verdadero espíritu del canto gregoriano. Con la instalación de los benedictinos en la abadía de Solesmes en 1835, se produjo su resurgimiento, reforzado con la creación de una escuela para organistas y maestros cantores laicos, gracias a Luís Nierdermeier en 1853.
Poco a poco, el Canto Gregoriano se ha ido recuperando y, desde la citada abadía, se ha ido extendiendo a otras, como Silos, Montserrat o María Laach, recuperándose gran número de manuscritos de los siglos X al XIII. Sin embargo, se produce un hecho inesperado: una sencilla grabación hecha por los monjes benedictinos de Santo Domingo de Silos en España, arrasó con el mercado discográfico europeo y de Estados Unidos en 1993, provocando un interés renovado por el antiguo Canto Romano.

Manuscritos y ejemplos históricos
Son muy escasos los ejemplos de cantos escritos que han llegado hasta nosotros de los primeros siglos del cristianismo, pero hay que destacar el Códice Alejandrino, un salterio del siglo V que contiene trece de los cánticos empleados en el desarrollo de la liturgia. Este repertorio apenas se ha conservado a través de unos pocos manuscritos anteriores a la reforma carolingia.
Las ediciones modernas incluyen también indicaciones de interpretación que no están en los manuscritos. Gracias a la notación musical, pudieron conservarse repertorios musicales cada vez más amplios y diversos. La notación sobre tres y cuatro líneas introduce una representación precisa de la altura de las notas.
Ejemplos más conocidos
- Gradual «Requiem aeternam» (ejemplo del repertorio funerario).
- Himno «Pange lingua gloriosi» (himbnio litúrgico usado en festividades).
- Secuencias autorizadas por el Concilio de Trento como Victimæ paschali laudes, Veni Sancte Spiritus, Lauda Sion y Dies iræ.
Aspectos prácticos y didácticos
La mayoría de las celebraciones de la misa y del oficio actuales han abandonado en su mayor parte el canto llano. Sin embargo, aún es posible encontrar reductos y ocasiones especiales en los que no ha perdido su vigencia. Este concierto recrea las principales partes cantadas de una misa medieval. Esta película ilustra la vida en el monasterio de la Gran Cartuja en Grenoble, perteneciente a una de las congregaciones más austeras de la cristiandad.
Al semejanza del Real Book (colección de temas canónicos del jazz que todo jazzista debe conocer de memoria), el canto gregoriano está formado por cantos procedentes de épocas y lugares muy diversos. Con el desarrollo de la polifonía a partir del siglo XII, las técnicas y los estilos polifónicos se sucederán con mayor o menor lentitud (Escuela de San Marcial de Limoges, Escuela de Notre Dame, ars antiqua, ars nova, etc.).
Tabla: rasgos principales del canto gregoriano
- Monodía: una sola línea melódica.
- Modalidad: uso de modos gregorianos.
- Ritmo: libre, al servicio del texto.
- Idioma: latín mayoritariamente.
- Función: litúrgica (misa y oficio).
- Notación: neumas → tetragrama → pentagrama.
El canto gregoriano simboliza la unidad y la santidad de la Iglesia: unidad porque se sirve de una única melodía y lengua, el latín; santidad porque utiliza textos, en mayor parte, de la Sagrada Escritura. De pobreza, porque es simple, monódico; en él prevalece la unidad. De obediencia, pues su razón de ser consiste en servir al texto litúrgico. El gregoriano, por tanto, es una oración cantada, un verdadero diálogo con el Creador y un acto de alabanza a Él, pudiendo ser comparado a un incienso verbal.
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