Significado de la frase "Corrige al pecador y ten misericordia del hombre" en San Agustín

Antes del salmo sonó en nuestros oídos una lectura terrible, a saber: Todo el que guarde la ley íntegra, pero tropiece en un solo precepto, se ha convertido en reo de todos. En consecuencia, frente a tan gran peligro, ¿quién hay que no grite: Ten misericordia de nosotros, Señor; ten misericordia de nosotros? Pues, retirada su misericordia, ni siquiera podremos traer más vivamente a la memoria el mismo peligro ni advertir sobre él con más vigor.

La tensión entre juicio y misericordia

No entres en juicio con tu siervo, dice cierto hombre; santo sí, pero hombre; no entres en juicio con tu siervo, pues ningún viviente es justo en tu presencia. En cambio, el juicio será sin misericordia para aquel que no tiene misericordia. Comprendamos, por contraste, la otra frase y veamos dónde debemos poner nuestra esperanza. Pues si el juicio será sin misericordia para aquel que no tiene misericordia, sin duda será misericordioso para quien tiene misericordia. Esta frase, es decir, que el juicio será sin misericordia para quien no tiene misericordia, la profirió el apóstol Santiago, a cuya carta pertenece la misma terrible lectura antes mencionada.

Nuestra esperanza está, pues, en la misericordia de Dios si nuestra miseria no deserta de las obras de misericordia. ¿Qué pides al Señor? Misericordia. Dad y se os dará. ¿Qué pides al Señor? El perdón. Perdonad y seréis perdonados.

Cómo entender "reo de todos" y la raíz del pecado

Pero suele preguntarse cómo ha de entenderse esto: Todo el que guarde la ley íntegra, pero tropiece en un solo precepto, se ha convertido en reo de todos. Hay que temer y guardarse de juzgar que se ha de comparar al ladrón con el homicida y el adúltero; es éste un error peligroso y dañino; grande es la diferencia entre el hurto y el homicidio. Tras haber presentado ante los ojos este peligro, y habiendo hecho temblar a todos, como deseando consolar, añadió: Hablad y juzgad como quienes comienzan a ser juzgados por una ley de libertad. El juicio será sin misericordia para aquel que no tiene misericordia.

Los preceptos son, por tanto, dos; tres, en cambio, los objetos del amor. Se han dado dos preceptos: ama a Dios y ama al prójimo; sin embargo, veo que se han de amar tres cosas. Pues no se diría: y al prójimo como a ti mismo, si no te amases a ti mismo. Dios no consideró necesario exhortarte a amarte a ti mismo, pues no hay nadie que no se ame. Mas puesto que muchos van a la perdición por amarse mal, diciéndote que ames a tu Dios con todo tu ser, se te dio al mismo tiempo la norma de cómo has de amarte a ti mismo.

La caridad es la raíz de todas las obras buenas. Como la avaricia es la raíz de todos los males, así la caridad lo es de todos los bienes. La plenitud de la ley es la caridad. Por tanto, no voy a tardar en decirlo: quien peca contra la caridad, se hace reo de todos los preceptos. En efecto, quien daña a la raíz misma, ¿a qué parte del árbol no daña? ¿Qué hacer, pues? Quien peca contra la caridad se hace reo de todos los preceptos; esto es absolutamente cierto, pero distinto es el modo como peca contra ella el ladrón, el adúltero, el homicida, el sacrílego y el blasfemo.

La misericordia como práctica y norma

Todos pecan contra la misma caridad, puesto que donde existe la caridad plena y perfecta no puede haber pecado. Es ella misma la que crece en nosotros para llegar alguna vez a la perfección, y a tal perfección que no admita adición alguna. Cuando sea tan perfecta que no pueda crecer ni aumentar más, desaparecerá todo pecado. Puesto que no habrá absolutamente ningún pecado, se dirá entonces: ¿Dónde está, oh muerte, tu contienda? ¿Dónde, oh muerte, tu aguijón? He aquí que no existe; he aquí que ya no punzas, ya no abates.

En consecuencia, hermanos, quien comete aun los pecados más pequeños, es reo de todos; y quien comete algún otro mayor y más vituperable, es también reo de todos. Uno lo es en mayor medida y otro en menor; pero ambos reos de todos, de forma que en la diversidad de los pecados sólo haya que preguntar por el más y el menos. Cometió un robo: si tuviera caridad, no lo hubiese cometido, pues -dice el apóstol- no adulterarás, no matarás, no robarás, no apetecerás y cualquier otro precepto que exista se reduce a esto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor al prójimo no obra el mal.

El remedio cotidiano: perdón y obras de misericordia

Con todo, no se haga perezoso el que la dañó menos: Pues el juicio será sin misericordia para quien no tiene misericordia. Todos los pecados les fueron perdonados a los fieles bautizados; no les quedó absolutamente ninguno que no fuera destruido y eliminado por aquel acto santificador. Es cierto, ¿quién lo duda? Pero si entonces se emigrase del cuerpo, la inocencia permanecería exactamente como era al comienzo; mas puesto que la vida continúa, aquí permanece la debilidad, aunque ha sido destruida la maldad.

El primer remedio es único; este otro es cotidiano y lo mencioné poco antes: El juicio será sin misericordia para quien no tiene misericordia. Dad y se os dará. Perdonad y se os perdonará. Y del mismo modo os purificáis día a día de vuestros pecados cotidianos, de los leves y menores, mediante vuestras oraciones si decís de corazón, con sinceridad y con fe: Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.

Perdonar al enemigo y no convertirse en su propio enemigo

Si no perdonas a tu enemigo te conviertes en tu propio enemigo. ¿Quieres ver cuánta diferencia existe? Un ejemplo: Él te dañó robándote el dinero; tú te defraudas desmereciendo el perdón. En un caso extremo podrás decir: «Es totalmente despiadado, busca mi sangre». Él busca la sangre de tu carne; tú, la muerte de tu alma. -No le perdono, dice; me ha causado mucho daño; fue un grande enemigo mío. -Peor eres tú para ti mismo.

Querer litigar y negarse a perdonar es hacerse daño: -No le perdono. -Te lo suplico, perdónale, olvida su deuda. -¡Pero si no me lo pide él! -Pide tú por él. -No le perdono, de ninguna manera. Quieres litig... Cada vez es más raro escuchar las palabras pecado o arrepentimiento. Por eso mismo la palabra misericordia también ha desaparecido de nuestro vocabulario habitual, como sucede con también con la palabra perdón.

Cristo perdonando a la mujer adúltera

Ejemplo evangélico y la acción de Cristo

En el Evangelio de hoy domingo tenemos un maravilloso ejemplo de cómo estas cuatro palabras tienen tanto sentido en el siglo I como veinte siglos después. Una mujer ha sido atrapada cuando cometía adulterio. Según el evangelio, ésta es la razón por la que el Señor, cuando le presentaron aquella mujer sorprendida en adulterio, mientras los judíos, de acuerdo con la ley, querían lapidarla, él, en cambio, dispuesto a perdonarle su pecado, quería sólo que no pecase más en adelante; por eso dijo a quienes querían lapidarla al ser ellos de piedra: Quien entre vosotros esté sin pecado, arroje sobre ella la primera piedra.

Y, luego de decir esto, inclinó la cabeza y comenzó a escribir en la tierra con el dedo. Ellos entretanto, examinando sus conciencias, se alejaron uno a uno, comenzando por el mayor hasta el menor, y quedó la mujer sola. Levantando el Señor su cabeza, le dice: ¿Cómo, mujer? ¿Nadie te ha condenado? Y ella respondió: Nadie, Señor. Y el Señor: Tampoco yo voy a condenarte; vete y no peques en adelante.

¿Qué significó este perdón? La gracia. ¿Y aquella dureza? La ley dada en piedras. He aquí la razón por la que el Señor escribía con el dedo, pero ya en la tierra, de la que podía recoger fruto. Nada que se siembre en la piedra germinará, porque no puede echar raíces. El dedo de Dios una y otra vez; con el dedo de Dios fue escrita la ley; el dedo de Dios es el Espíritu Santo.

La misericordia divina y su manifestación en la Encarnación

Dios es el primero que ejercita la misericordia. Una misericordia que se manifiesta, en primer lugar, en el acto de la encarnación del Hijo, en el que el Cristo, el Buen Samaritano, baja de los cielos para rescatar al hombre que había perdido todos sus dones al haber sido despojado por Satanás. Cristo es, pues, el primer ejemplo de misericordia, y quien revela cómo es la misericordia del Padre.

Se trata de una misericordia infinita y abundante, siempre a disposición del hombre, que siempre será miserable y estará absolutamente necesitado de esa misericordia divina. Por ello san Agustín repite en su obra que “la misericordia de Dios se nos adelanta”, o que solo en ella está puesta la esperanza humana, dado que el hombre por sus propios méritos no puede hacer nada: “Nuestra esperanza está, pues, en la misericordia de Dios”.

La misericordia transmitida por el Espíritu

La misericordia de Dios se nos transmite a través del Espíritu Santo, por el cual se derrama el amor de Dios en nuestros corazones: Él es la misericordia de Dios, “el don de Dios, la gracia de Dios, la abundancia de su misericordia para con nosotros”.

Misericordia divina jesus y la mujer adultera, Juan 8 1: 11

Obras de misericordia y prudencia en su práctica

Esta misma misericordia de Dios, al ser la esperanza de los pecadores, debe ser ante todo una invitación a la conversión, y no una excusa para pecar. Por ello san Agustín acentúa de manera paralela la misericordia de Dios, junto con su justicia, señalando que el tiempo presente es tiempo de misericordia pero que vendrá después el momento del juicio: “Cantaremos al Señor la misericordia y el juicio; primero se envía por delante la misericordia y luego se ejerce el juicio. La separación tendrá lugar en el juicio. Ahora escúcheme el que es bueno, y hágase mejor; escúcheme también el malo, y conviértase en bueno mientras es tiempo de arrepentimiento y no aún de proferir la sentencia”.

Y precisamente la misericordia de Dios debe ser un modelo y paradigma para el ser humano, para que él a su vez sea misericordioso con aquellos que le rodean. En este sentido san Agustín invita a las diversas obras de misericordia, acentuando que la primera obra de misericordia que una persona debe realizar es para con su propia alma; debe considerar el destino eterno de su propio ser y evitar el pecado para poder alcanzar el reino de los cielos.

“Practicad la limosna auténtica. ¿Qué es la limosna? La misericordia. Escucha a la Escritura: Compadécete de tu alma agradando a Dios. Practica la limosna: compadécete de tu alma agradando a Dios. Tu alma mendiga ante tus puertas; regresa a tu conciencia”. Y junto con todas las demás obras de misericordia, san Agustín ante todo señala la limosna y la ayuda a los pobres, pues esta encierra una doble obra de misericordia, ya que quien hace limosna personalmente, por una parte se compadece del pobre, pero por otra parte es misericordioso consigo mismo al saberse limitado y necesitado.

El ejemplo pastoral de san Agustín

El mismo san Agustín será una persona que en su práctica pastoral manifestará la misericordia, tanto personalmente, dando a los pobres lo que puede y tiene, como por medio de dos instituciones episcopales en su diócesis de Hipona, como fueron la matricula pauperum y el xenodochium. La primera era una lista de las personas o familias más pobres, a las que se socorría periódicamente con los alimentos y elementos necesarios. El xenodochium era un albergue en donde se ayudaba a los extranjeros, peregrinos, pobres y necesitados de la diócesis de Hipona.

Y este ejemplo de misericordia de su Pastor llevó al pueblo fiel de Hipona a imitar su comportamiento, de modo que en una ocasión en la que san Agustín estaba ausente, los mismos laicos reunieron una fuerte cantidad de dinero para rescatar a más de 200 personas que habían sido secuestrados y eran llevados para ser vendidos como esclavos. El ejemplo de la misericordia de Dios y de Cristo había movido a Agustín a ser misericordioso, y su mismo ejemplo personal movió a sus fieles a imitar sus acciones.

La misericordia auténtica: compasión con prudencia

San Agustín nos invitaría a realizar obras de misericordia y a darle a toda persona que nos pida. No obstante, en situaciones particulares o en donaciones de un cierto calado, san Agustín es el único Padre de la Iglesia que se hace eco, curiosamente, de una frase de la Didaché: “Sude la limosna en tu mano hasta que encuentres al justo a quien se la entregues”. Si bien es cierto que san Agustín cree que esta frase es de la Escritura, lo fundamental es que nos invita a hacer bien el bien, es decir, a practicar la misericordia con sapiencia y prudencia.

Palabras finales dentro del texto de Agustín sobre misericordia

La palabra misericordia incluye dos: miseria y cor, miseria y corazón. Se habla de misericordia cuando la miseria ajena toca y sacude el corazón. Por tanto, hermanos míos, considerad que todas las obras buenas que realizamos en esta vida caen dentro de la misericordia. Dios es la fuente de la misericordia. La misericordia referida a Dios es un amor práctico que supera los sentimentalismos y se concreta en las obras. La misericordia se identifica con Jesucristo. En él está la misericordia. Y la misericordia debe caracterizar la vida entera del discípulo de Cristo.

La razón de la encarnación no es otra que la misericordia de Dios, su compasión por el afecto de su corazón hacia el hombre, herido y mortal; el Hijo de Dios, movido por amor, se autoinvita y se mete en nuestra casa y en nuestros asuntos, comparte nuestra vida; es el Buen Samaritano, que nos encuentra heridos en la cuneta de la vida, nos cura y nos cuida en la iglesia con la medicina del Espíritu Santo, el amor a Dios y el amor al prójimo.

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