Es difícil hablar de cristianismo en Japón sin utilizar la palabra “martirio”. El término utilizado para definir el “puesto”, taxis, indica la disposición que un soldado debe de mantener durante una batalla. Consecuentemente, el cristiano no es solo un testigo en un sentido jurídico, como alguien que da testimonio en un proceso, sino que es el mismo Cristo, es una semilla que debe morir y dar fruto.
El cristianismo llegó a Japón en 1549, cuando los jesuitas pisaron por primera vez Kagoshima. Empieza precisamente el día 15 de agosto de 1549, cuando el español San Francisco Javier, fundador de la Orden de los Jesuitas junto con San Ignacio de Loyola, desembarcó en la isla de Kyushu, la más meridional de las cuatro grandes islas que conforman el archipiélago. Los sacerdotes jesuitas Francisco Javier, Cosme de Torres y Juan Fernández llegaron a la ciudad de Kagoshima desde la península ibérica en 1549 con la intención de evangelizar a la población japonesa. Casualmente, el grupo de Francisco Javier desembarcó donde Anjirō dejó su tierra natal: en Kagoshima.
Los primeros intentos de propagar la religión fueron recibidos con confusión, pero con el tiempo, empleando diversos métodos, comenzaron a tener éxito. En general, durante algunos años -y sobre todo en Kyushu-, los misioneros portugueses y españoles consiguieron evangelizar y convertir a muchos japoneses. En su momento de mayor popularidad, a finales del siglo XVI Japón contaba con el mayor número de cristianos del mundo fuera de Europa. Durante el siglo XVI, la comunidad católica creció a más de 300 mil unidades. En su afán por unificar Japón, Oda Nobunaga quería mejorar las relaciones comerciales con España y Portugal y, al mismo tiempo, buscaba disminuir también el poder de las diferentes escuelas budistas en Japón; la misión jesuita avanzó gracias al apoyo de Oda Nobunaga.
Alessandro Valignano (1539-1606) llegó a Japón y fue nombrado superior de la misión jesuita en las islas. Valignano fue autor del manual fundamental para los misioneros en Japón y escribió un libro sobre las costumbres del país, solicitando que los misioneros jesuitas se conformaran a dichas costumbres en el evangelizar al pueblo. Su prioridad era la transmisión del Evangelio a través de la inculturación, sin que se identificara la Palabra de Dios con la cultura occidental del siglo XVI. Por ejemplo, dada la gran consideración que se le daba a la ceremonia del té, ordenó que en cada residencia jesuita hubiera una habitación dedicada a esta ceremonia. La primera imprenta que llegó a Japón, traída por Valignano, se utilizó para producir diversos tipos de textos en varios idiomas, incluido el japonés.

Las tensiones políticas y las primeras prohibiciones
Dentro del régimen en el poder, el shogunato Tokugawa, había una creciente sospecha hacia los jesuitas. El miedo de Hideyoshi ante la creciente influencia extranjera en Japón a través de las misiones jesuitas hizo que en 1587 se promulgara la primera prohibición del cristianismo y la expulsión de los misioneros del país. En 1587, pues, Hideyoshi emitió un edicto ordenando a los misioneros extranjeros que abandonaran el país. Hideyoshi temía que, a través de su trabajo evangelizador, los misioneros extranjeros, debido al número cada vez más alto de conversos, quienes, por su fe, podían tener relaciones privilegiadas con los europeos, amenazaran la estabilidad de su poder.
Tras la consolidación de Japón bajo el gobierno del shogunato Tokugawa, el país entró en un periodo de aislamiento del resto del mundo y se implantaron normas estrictas: a los japoneses no se les permitía salir de Japón y ningún extranjero, salvo aquellos con permiso del bakufu (gobierno), podía entrar en la nación. En 1614, el shogun Tokugawa Yeyasu prohibió el cristianismo con un nuevo edicto e impidió a los cristianos japoneses de practicar su religión. El 14 de mayo de ese mismo año, la última procesión se llevó a cabo a lo largo de las calles de Nagasaki, tocando siete de las once iglesias de la ciudad, que fueron todas derrumbadas posteriormente.
Persecución y métodos de control
Para erradicar a los creyentes de entre la población, las autoridades exigían a los ciudadanos que pisaran un fumi-e: un bloque de madera o metal con una imagen cristiana, como la de Jesucristo o la Virgen María. Los que no pisaban la imagen eran declarados cristianos. El bakufu intentaba hacerles cambiar de opinión. Los métodos de tortura y ejecución variaban: una historia popular es la de los veintiséis mártires de Nagasaki, varios de los cuales eran niños, que fueron crucificados. Se dice que al llegar al lugar de su ejecución, los condenados corrían hacia las cruces que les provocarían una muerte agónica y las abrazaban. Otro método consistía en recoger el agua hirviendo de un onsen y verterla directamente sobre la piel de un cristiano.
Diez años después de la primera prohibición, comenzaron las primeras persecuciones. El 5 de febrero de 1597, en el monte Nishizaka de Nagasaki, fueron crucificados 26 cristianos: el viaje, de aproximadamente un mes de duración, finalizó el 5 de febrero de 1597 en el monte Nishizaka de Nagasaki. Los 26 crucificados recibieron el nombre de los 26 mártires de Japón o Nihon Nijūroku Seijin (日本二十六聖人). Treinta años después del incidente, en 1627, el Papa beatificó a 23 franciscanos, mientras que los tres jesuitas fueron beatificados en 1629. Todos ellos fueron canonizados en 1862, con la reapertura de Japón al exterior y el fin de la prohibición del cristianismo.
La rebelión de Shimabara y la represión
La persecución de los cristianos en Japón estalló en Kyushu y culminó en la rebelión de Shimabara. Estallando un levantamiento popular en Shimabara, cerca de Nagasaki, entre 1637 y 1638, animado principalmente por campesinos y liderado por el samurái cristiano Amakusa Shiro, la revuelta fue reprimida en la sangre con armas provistas por los holandeses protestantes. En Shimabara y sus alrededores fallecieron alrededor de 40 mil cristianos, horriblemente masacrados. La rebelión reafirmó la creencia del bakufu de que el cristianismo era una religión desviada y peligrosa que, si no se controlaba, llevaría a su caída e incluso a la colonización.
Los cristianos ocultos: los kakure kirishitan
Para mantener su fe en secreto, los kakure kirishitan («cristianos ocultos») se escondían a menudo a plena vista: se podía ver la cruz de Cristo en el travesaño de una casa, una imagen de la Virgen María podía estar disfrazada de la deidad budista Kannon (que a veces también aparecía sosteniendo a un niño), un farol de piedra podía tener una imagen cristiana tallada en su base, que se cubría con tierra, etc. Fue solamente en el Viernes Santo de 1865 que diez mil de estos kakure kirishitan, cristianos ocultos, emergieron de las aldeas donde profesaban su fe en la clandestinidad, sin sacerdotes y sin misa, y se presentaron al asombrado Bernard Petitjean, de la Societé des Missions Etrangères de París. Las iglesias occidentales se alegraron al saber que el cristianismo había sobrevivido en condiciones tan duras, pero, al investigar más a fondo, descubrieron que la religión practicada por los cristianos ocultos de Japón era muy diferente de la que Francisco Javier había traído al país más de 300 años antes.
Restauración Meiji y fin de la persecución
Tras la presión de la opinión pública y de los gobiernos occidentales, la nueva dinastía imperial en el poder, los Meiji, finalizó la época de los shogunes y, a pesar de mantener el sintoísmo como religión del estado, el 14 de marzo de 1873 decretó el fin de la persecución y en 1888 reconoció el derecho a la libertad religiosa. La presión de las naciones occidentales obligó finalmente al gobierno japonés a tomar medidas en 1873, cuando las autoridades Meiji promulgaron un edicto de tolerancia religiosa que despenalizaba la práctica del cristianismo. Sin embargo, el número de creyentes, que en su apogeo llegó a ser de unos 600.000, se había reducido a unos 30.000.
En la actualidad, los japoneses que se identifican como cristianos representan aproximadamente el 1-2% del país. Esto puede atribuirse a la supresión histórica de la religión, a las políticas aislacionistas que terminaron en 1853, a que las religiones y prácticas tradicionales japonesas están ligadas a la identidad nacional, y al rápido cambio de Japón hacia la urbanización, que a menudo conduce a la secularización.

Figuras y conmemoraciones
Entre los mártires canonizados hay un grupo de 26 cristianos, sacerdotes y laicos, japoneses y occidentales, adultos y niños, que fueron crucificados en Nagasaki el 5 de febrero de 1597. Pablo Miki fue un religioso japonés, venerado como santo mártir cristiano de la Iglesia católica; es conmemorado el 6 de febrero. Treinta años después del incidente, en 1627, el Papa beatificó a 23 franciscanos, mientras que los tres jesuitas fueron beatificados en 1629. Todos ellos fueron canonizados en 1862.
En el sitio del martirio de los 26 santos de Japón, declarado Santuario Nacional de Japón, verás varias edificaciones. El monumento, diseñado y construido por Funakoshi Yautake, mira hacia la Iglesia de Oura, dedicada también a los 26 mártires. Detrás del monumento se encuentra el Museo de los 26 Mártires, dedicado a la historia del cristianismo en Nagasaki. Aquí puedes aprender más sobre la llegada de las misiones cristianas a Nagasaki y cómo sobrevivió la población cristiana a la prohibición del periodo Edo. Destaca también la Kannon Maria, una escultura de la Virgen María a imagen y semejanza de la deidad budista Kannon.
En 1962, para la celebración del primer centenario de la canonización de los 26 mártires, el arquitecto japonés Imai Kenji diseñó la Iglesia de San Felipe. Los capiteles de la Iglesia de San Felipe recuerdan a los de la Sagrada Familia del arquitecto español Antoni Gaudí. De hecho, los capiteles y otras partes del exterior de la iglesia están decorados con trencadís, un estilo de mosaico típico del modernismo catalán usado por Gaudí en muchas de sus obras.
Los MÁRTIRES DE NAGASAKI y el beato Justo Takayama Ukon
Impacto posterior y reflexión
La historia de la comunidad cristiana en Japón en aquellos siglos oscuros es ejemplar. Los mártires se cuentan a millares y todos los misioneros extranjeros fueron expulsados del país. Tras unos prometedores primeros años de expansión de la fe cristiana, iniciados con la predicación de san Francisco Javier en aquellas tierras, a principios del siglo XVII fue prohibida taxativamente la fe cristiana bajo pena capital para el que permaneciera fiel a ella. Hay también un grupo de 188 mártires de las dieciséis diócesis japonesas, beatificados en 2008, que fueron asesinados por odio a la fe entre el 1603 y el 1639.
El modelo de ese testimonio, o “martirio”, al cual cada creyente en Cristo está llamado, no es necesariamente morir de forma violenta como muchos pensamos, sino vivir como mártir, y conduce a la kénosis, es decir, al proceso de purificación interior de renunciar a uno mismo para conformarse a la voluntad de Dios que es Padre, como lo hizo el Señor Jesucristo en toda su vida, no solamente muriendo en la cruz. El papa Francisco ha subrayado la importancia de su testimonio: «Sobrevivieron con la gracia de su bautismo. Esto es excepcional: el Pueblo de Dios transmite la fe, bautiza a los hijos y va hacia delante.»
Tabla: Momentos clave
- 1549 - Llegada de San Francisco Javier a Kagoshima; inicio de la misión jesuita en Japón.
- 1579 - Llegada de Alessandro Valignano; impulso a la inculturación y formación de misioneros.
- 1587 - Edicto de Hideyoshi que ordena la expulsión de misioneros extranjeros.
- 1597 - Crucifixión de los 26 mártires en Nagasaki (5 de febrero).
- 1614 - Prohibición explícita del cristianismo por Tokugawa Yeyasu.
- 1637-1638 - Rebelión de Shimabara y masacre subsiguiente.
- 1641 - Decreto sakoku: aislamiento nacional y control de contactos extranjeros.
- 1865 - Salida pública de los kakure kirishitan; contacto con Bernard Petitjean.
- 1873 - Decreto Meiji que pone fin a la persecución religiosa.
Hoy en día, la memoria de los que sufrieron por su fe está preservada en santuarios, iglesias y museos, y su historia sigue siendo un testimonio sobre la resiliencia de las comunidades y la complejidad del encuentro entre culturas y poderes políticos.
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