Las verdades de nuestra religión, de nuestra fe católica se encuentran en la oración del Credo. El Credo es lo que creemos los católicos. Si alguien de otra religión nos pregunta ¿qué es lo que creen ustedes los católicos? podemos contestarle con todo lo que rezamos en el Credo.
Desde los primeros tiempos de la iglesia, los cristianos elaboraron breves y sencillos resúmenes de la fe que se conocieron como “credos”, término que procede del latín credo y que significa “creo y confío”. Aunque su origen exacto es incierto, se cree que se desarrolló gradualmente a lo largo del tiempo en lugar de ser compuesto por un solo autor. Según la tradición, lleva ese nombre porque cada uno de los doce apóstoles aportó una cláusula a ese credo.
Las raíces bíblicas y los escritos apostólicos
Muchos puntos del Credo están presentes en las cartas de Pablo y Pedro a las primeras comunidades cristianas. «Cristo murió por nuestros pecados, conforme a la Escritura, fue sepultado y resucitó al tercer día, de acuerdo con la Escritura.» (1 Corintios 15:3-4). «Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó...» (1 Corintios 15:16-18). «Porque ninguna profecía ha sido anunciada por voluntad humana, sino que los hombres han hablado de parte de Dios, impulsados por el Espíritu Santo.» (2 Pedro 1:21).
Los apóstoles, animados por el Espíritu Santo, transmiten a través de él los elementos de fe de los primeros cristianos. Encontramos mención de este símbolo en los primeros siglos, especialmente en San Ignacio de Antioquía (siglo I) y Tertuliano (siglo II).
Evolución desde las fórmulas bautismales
La primera versión del Credo de los Apóstoles se remonta al siglo II o III d.C. Evolucionó a partir de declaraciones bautismales más sencillas, utilizadas en la iglesia cristiana primitiva para afirmar la fe de los nuevos creyentes. Las personas que se preparaban para el bautismo en los primeros siglos de la iglesia cristiana aprendían un breve resumen de lo que creen los cristianos.
Una versión llegó a ser aceptada como el Credo de los apóstoles, porque se pensaba que incluía la enseñanza esencial de los primeros seguidores de Jesús. Es probable que esta declaración haya surgido como respuesta a los desafíos teológicos y a la necesidad de una expresión clara de la fe. Con el pasar de los siglos, se le hicieron pequeñas modificaciones y adaptaciones en distintas regiones y tradiciones cristianas.

Autoría: tradición y realidades históricas
Aunque este credo no se atribuye directamente a los apóstoles, sí refleja las enseñanzas y creencias esenciales del cristianismo primitivo transmitidas de generación en generación. No existe un único autor identificable; más bien, la síntesis de fe fue tomada de toda la Escritura y de la tradición apostólica. Esta síntesis de fe no ha sido hecha según opiniones humanas, sino que se ha tomado de toda la Escritura lo más importante, para dar en su integridad la única enseñanza de la fe.
Según la tradición, lleva ese nombre porque cada uno de los doce apóstoles aportó una cláusula a ese credo. Lo que sí se sabe es que, en tiempos de los primeros discípulos de Jesús, no existía en su forma completa, tal y como lo conocemos hoy.
El Símbolo de los Apóstoles: contenido y función
El Credo de los apóstoles es la declaración de los fundamentos doctrinales de la Iglesia. Creo en Jesucristo, su Unigénito Hijo, nuestro Señor; quien fue concebido por el Espíritu Santo, nacido de la virgen María; sufrió bajo Poncio Pilato; fue crucificado, muerto y sepultado. Descendió al infierno. Al tercer día resucitó de entre los muertos. Ascendió al cielo y está sentado a la diestra de Dios Padre Todopoderoso. Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia universal, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección del cuerpo y la vida eterna.
El Credo de los Apóstoles o Símbolo de los Apóstoles, es el corto; es llamado de los apóstoles porque es considerado con justicia como el resumen fiel de la fe de los apóstoles. Es el antiguo símbolo bautismal de la Iglesia Romana.
Nicea-Constantinopla: la formulación conciliar
El Credo de Nicea-Constantinopla, es más largo por ser más explícito y lo rezamos todos los domingos en la Misa. Debe su gran autoridad al hecho de que es fruto de los dos primeros Concilios ecuménicos, como su nombre lo indica respectivamente Concilio de Nicea año 325 y el Concilio de Constantinopla año 381.
En esta versión, dos elementos son particularmente detallados y profundizados: la naturaleza divina de Jesús y su consustancialidad con Dios, y la acción del Espíritu Santo. La nueva fórmula es una respuesta a la herejía arriana que negaba la Trinidad sosteniendo que Cristo fue creado, y por tanto que no es eterno; en ese sentido el credo Niceo aclara: «engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre».
Texto esencial del Credo Niceno-Constantinopolitano
Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible. Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre...
Origen histórico y autoría del credo apostólico
Desde los primeros tiempos de la Iglesia, los cristianos elaboraron breves y sencillos resúmenes de la fe que se conocieron como “credos”, término que procede del latín credo y que significa “creo y confío”. Aunque su origen exacto es incierto, se cree que se desarrolló gradualmente a lo largo del tiempo en lugar de ser compuesto por un solo autor. Según la tradición, lleva ese nombre porque cada uno de los doce apóstoles aportó una cláusula a ese credo. Lo que sí se sabe es que, en tiempos de los primeros discípulos de Jesús, no existía en su forma completa, tal y como lo conocemos hoy.
La primera versión del Credo de los apóstoles se remonta al siglo II o III d.C. Evolucionó a partir de declaraciones bautismales más sencillas, utilizadas en la iglesia cristiana primitiva para afirmar la fe de los nuevos creyentes. Las personas que se preparaban para el bautismo en los primeros siglos de la iglesia cristiana aprendían un breve resumen de lo que creen los cristianos. Una versión llegó a ser aceptada como el Credo de los apóstoles, porque se pensaba que incluía la enseñanza esencial de los primeros seguidores de Jesús. Es probable que esta declaración haya surgido como respuesta a los desafíos teológicos y a la necesidad de una expresión clara de la fe.
El Credo de los apóstoles acerca a los cristianos como comunidad más allá de las diferentes tradiciones y prácticas. Creer en Dios Padre Todopoderoso, creado del cielo y de la tierra y creer en Jesucristo, Hijo único de Dios son elementos que se integran en este resumen. Este símbolo, aunque no atribuido directamente a los apóstoles, refleja las enseñanzas y creencias esenciales del cristianismo primitivo transmitidas de generación en generación. Por ello se lo llama también Símbolo de los Apóstoles, ya que es considerado el resumen fiel de la fe de los apóstoles.
El Credo de Nicea-Constantinopla, más largo y explícito, se rezaba todos los domingos en la Misa. Debe su gran autoridad al hecho de ser fruto de los dos primeros concilios ecuménicos: el Concilio de Nicea en 325 y el Concilio de Constantinopla en 381. Esta versión aborda con mayor detalle la naturaleza divina de Jesús y la acción del Espíritu Santo, respondiendo a herejías como la del arrianismo que negaba la divinidad de Cristo. El Credo Niceo-Constantinopolitano es reconocido por la Iglesia Católica y por las iglesias ortodoxas, y fue formulado antes del cisma de Occidente en 1054.
Desde su origen, la Iglesia apostólica expresó su fe en fórmulas breves y normativas para todos, buscando recoger lo esencial de su fe en resúmenes orgánicos y articulados, destinados principalmente a candidatos al bautismo. Esta síntesis de fe no se elaboró según opiniones humanas, sino que se tomó de toda la Escritura lo más importante para dar en su integridad la única enseñanza de la fe. A esta síntesis se la llama “profesión de fe” y también Credo, ya que la primera palabra en ella es “Creo”.
El Credo de los Apóstoles es la declaración de los fundamentos doctrinales de la Iglesia: Creo en Jesucristo, su Unigénito Hijo, nuestro Señor; creo en el Espíritu Santo; la santa Iglesia universal, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección del cuerpo y la vida eterna. Es considerado el símbolo bautismal de la Iglesia Romana y se le llama apostólico porque sintetiza la fe transmitida por los apóstoles, reflejando su enseñanza esencial.
El Credo de Nicea-Constantinopla, por su parte, es más extenso y precisa la doctrina de la Trinidad y la encarnación: Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso... Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, engendrado, no creado... y Creo en el Espíritu Santo, proclamando la Iglesia como una, santa, católica y apostólica. Este Credo fue formulado para responder a herejías que amenazaban la verdad cristiana y para unificar a los creyentes en torno a una profesión de fe común.
La tradición posterior añade notas sobre la recepción y difusión del Credo a lo largo de los siglos. Se ha considerado que el credo apostólico, aunque breve, resume las doctrinas centrales de la fe cristiana: la Trinidad, la humanidad y divinidad de Cristo, la salvación por su muerte y resurrección, y la promesa de la vida eterna. Los textos patrísticos y magisteriales subrayan que el credo no agota la totalidad de la fe cristiana, pero sí establece un marco claro y universal para la profesión de fe de los creyentes.
En la práctica litúrgica, el Credo se recita como parte de la celebración de la Eucaristía y como declaración de fe público. El Catecismo de la Iglesia Católica explica por qué tenemos un Credo (Rf. 185-197): desde su origen, la Iglesia apostólica expresó su fe en formulas breves y normativas para todos, quiso recoger lo esencial de su fe en resúmenes organizados, destinados sobre todo a los candidatos al bautismo. Esta síntesis de fe no ha sido hecha según opiniones humanas, sino que se ha tomado de toda la Escritura lo más importante, para dar en su integridad la única enseñanza de la fe. A esta se le llama “profesión de fe” y también se le llama Credo, ya que la primera palabra en ella es “Creo”.
El Credo de los apóstoles se considera, por su naturaleza, como la profesión de fe de la Iglesia. Se afirma que la Iglesia continua en su tradición al declarar el Credo como resumen fiel de la fe de los apóstoles, uniendo a la comunidad cristiana a través de los siglos. Estas verdades se expresan en una fórmula que ha acompañado a la Iglesia a lo largo de su historia, incluso ante dificultades, persecuciones y cambios culturales.

La comprensión moderna del Credo también destaca las implicaciones prácticas para los fieles de hoy: creer y vivir la fe, hacer de las obras una manifestación de esa creencia, y entender que el Credo no es solo una oración, sino una profesión de fe que une a la Iglesia en la verdad revelada.
El Credo - Padre Ángel Espinosa de los Monteros
El Credo de los apóstoles continúa siendo un punto de encuentro doctrinal entre cristianos de distintas tradiciones, recordando que, a pesar de diversas expresiones litúrgicas y teológicas, comparten una misma confesión esencial. Esto se ve reflejado en la continuidad de la enseñanza pastoral a lo largo de siglos y en la tradición de la Iglesia que mantiene vivo el compromiso con la fe transmitida por los apóstoles.
- El Credo apostólico como resumen de la fe de los apóstoles.
- El Credo niceno-constantinopolitano como desarrollo doctrinal para la Trinidad y la encarnación.
- La relación entre fe y vida: convertir la creencia en acción y obras.
La vida de la Iglesia se entiende mejor cuando se considera que el credo no es un fin, sino un medio para sostener la fe en la vida cotidiana: creer en un Dios Trino, amar a Dios y al prójimo, participar en la comunidad eclesial y esperar la vida eterna.