El Jubileo de la Misericordia fue un tiempo de gracia que convocó a millones de fieles y renovó la pastoral de la Iglesia en torno a la misericordia, la esperanza y la evangelización. Fue como revivir y perpetuar un nuevo Año de la Misericordia, un tiempo en el que muchos lugares sagrados y comunidades vivieron una profunda experiencia de conversión y encuentro con Dios.
La Santa Faz de Alicante: un Jubileo particular y regular
La Santa Sede ha concedido el Jubileo a la Santa Faz de Alicante siempre que el 17 de marzo, día que se conmemora el acontecimiento del Milagro de la Lágrima, coincida con domingo. Con esta concesión la Santa Faz se convierte en el décimo de los Años Jubilares con carácter regular que hay en el mundo junto con Roma, Jerusalem, Santiago de Compostela o Caravaca, entre otras. Este tipo de Jubileo se concede a aquellos lugares de peregrinación con la fuerza suficiente para poder repetirse periódicamente como un camino de renovación.
En esta tierra alicantina, desde hace 530 años, veneramos e invocamos el Rostro misericordioso de la Santa Faz de Jesús, intentando ser instrumentos de misericordia. Pedimos a la Santa Faz que modele la identidad de nuestras gentes, haciendo que nuestra Diócesis tenga rostro de misericordia afirma el obispo diocesano monseñor Jesús Murgui, que a su vez propone tres actitudes para celebrar y vivir mejor este don extraordinario: contemplar, dejarse transformar y dar testimonio de la misericordia.
Vivamos y llevemos a todos la alegría de la misericordia, mostrando al mundo el verdadero Rostro de Jesús anima el obispo de Orihuela-Alicante. A lo largo de la historia los Papas han reconocido este lugar sagrado como fuente de fe, esperanza y amor. En 1490 se emitió la primera Bula, otorgada bajo el pontificado de Inocencio VIII, reconociendo el milagro de la lágrima y concediendo indulgencias. Gregorio XIII en 1577 concedió jubileo plenario, tramitado por San Juan de Ribera. Inocencio XII, el 25 de enero de 1718, indulgencia plenaria por 7 años, renovada después por los Papas Inocencio XIII en 1723, Benedicto XIV en 1741 y Benedicto XVI en 2011, quien también en 2013 aprobó un Año Jubilar.
Con ocasión del Jubileo extraordinario de la Misericordia (2015) fue templo jubilar con la apertura de la Puerta Santa, signo de la gran puerta de la Misericordia de Dios. El viernes 17 de marzo de 1489 se celebraba una procesión pidiendo el don de la lluvia con la Santa Faz de Jesús, impresa en una tela. Ese día comprobaron asombrados que su ojo derecho comenzaba a llorar, (en la historia de la Iglesia se ha producido en otras imágenes este fenómeno extraordinario denominado «lacrimación»). Pocos meses después, allí mismo se construyó una pequeña iglesia para guardar el lienzo sagrado, siendo hasta nuestros días santuario de peregrinación de miles de personas que van a venerar el Rostro de la Misericordia. Desde entonces hasta hoy, este lugar santo es un oasis de paz y misericordia.

Balance pastoral del Año de la Misericordia
El 13 de marzo de 2015, el papa Francisco anunció en la Basílica de San Pedro la celebración de un Jubileo de la Misericordia, un año santo extraordinario. Para el padre Carlos Quijano, lo importante es trabajar con y para la gente, estar con la gente, lo que dice el Papa, que los pastores huelan a sus oveja. Para el padre Carlos Quijano, párroco de Santísimo Sacramento en Jackson Heights, Queens, el balance de este año es que volvió a ponernos en el centro de nuestra actividad pastoral. Lo esencial es hablar de un Dios misericordioso, que no nos juzga, que no nos condena, sino que quiere nuestra redención.
Para el padre Jason Espinal, vicario parroquial de Nuestra Señora de los Ángeles, este Año de la Misericordia nos debe dejar en claro que todos ponemos en práctica nuestra fe y creo que eso es lo que el Santo Padre quiere, que ya no es suficiente llamarnos cristianos católicos, que en verdad para ser un cristiano, un seguidor de Cristo, nuestra fe tiene que ser seguida con acciones. La fe es algo vivo y la fe es una expresión de la caridad, dice el padre Jason Espinal.
Cada Jubileo trae consigo algo extraordinario. Nuestro lenguaje siempre está lleno de fe y caridad; durante un año hemos tenido la alegría y la responsabilidad de reflexionar sobre el tema de la esperanza, y esto nos ha enriquecido, así como ocurrió en 2016 con la misericordia. Monseñor Rino Fisichella, pro-prefecto del Dicasterio para la Evangelización, subraya en Radio Vaticana - Vatican News la importancia de un tiempo en el que el Vaticano y Roma han recibido -y seguirán recibiendo durante un mes más- a millones de peregrinos.
La esperanza como signo tangible
El arzobispo enfatiza de inmediato cómo la esperanza es algo concreto; la esperanza tiene un rostro, la esperanza tiene un nombre. Como nos ha reiterado varias veces el Papa León, la esperanza es Jesucristo, es la vida que Él nos da, es la vida nueva del Bautismo, la que recibimos. Y esto -prosigue- también nos lleva a construir nuestro presente, nos lleva a mirar al futuro de manera comprometida y responsable, teniendo un objetivo claro frente a nosotros. Por lo tanto, no hablamos de una idea abstracta, sino de algo tangible, visible y concreto; entonces hay signos de esperanza.
Uno de estos signos importantes es, sin duda, el don de la vida. No podemos negar que, para permanecer en nuestro presente, el gran problema de la baja natalidad está ligado a la falta de esperanza; es decir -explica monseñor Fisichella- falta la alegría de poder mirar al futuro. Uno se encierra, no es fecundo, ya no transmite de generación en generación el don de la vida. Desde este punto de vista necesitamos una gran responsabilidad. Saber que ser transmisores de vida es un compromiso de esperanza, un compromiso de alegría, un compromiso de confianza en el futuro.
Organización y acogida: el "método Jubileo"
Al subrayar la sacralidad de la persona, el prelado cita a un predecesor de León XIV: San Pablo VI hablaba del misterio de la persona, del sacramento de la persona, para decir que vemos a alguien, pero necesitamos ver qué hay detrás de esa imagen. Allí hay un hermano, hay una hermana, hay una relación que se establece entre nosotros, que no es una relación vacía, sino que se llena de muchos contenidos, justamente los que nos da el hecho de tener un único Padre. Si realmente somos hijos de Dios, la consecuencia es inevitable: debemos reconocernos como hermanos entre nosotros.
Para permanecer conectados con lo que estamos viviendo, nuestro lenguaje siempre está lleno de fe y caridad. Casi nunca hablamos de la esperanza. Ahora -destaca- durante un año hemos tenido la alegría, la fuerza, la responsabilidad de reflexionar sobre el tema de la esperanza, ¡y creo que esto nos ha enriquecido, como cuando, con el Jubileo extraordinario de la Misericordia (2016), durante un año hablamos del atributo fundamental de Dios: misericordioso.
El arzobispo destaca cómo no solo se sintió la responsabilidad de este evento para Italia, para la misma ciudad de Roma, sino que se creó lo que se ha llamado el método Jubileo, es decir, la capacidad de coordinarse entre las distintas oficinas y competencias, sabiendo que había un objetivo que alcanzar. Por lo tanto, hoy es posible afirmar que la colaboración ha sido muy positiva; Roma se ha presentado una vez más como una ciudad extremadamente acogedora, donde la seguridad ha funcionado muy bien, una ciudad donde el transporte ha funcionado de manera muy eficaz, y esto también se puede decir respecto a la sanidad, empezando por los servicios de urgencias en los distintos hospitales.

Peregrinaciones, testimonios y ministerio de la misericordia
Desde Piazza Pia hasta la Puerta Santa hay un recorrido reservado a los peregrinos, que mientras lo recorren rezan, y lo hacen en el constante ir y venir de personas, turistas y romanos. Quien pasa y ve un grupo de personas que reza con la cruz del Jubileo, que canta, que manifiesta su fe, se siente provocado a pensar: ¿Qué están haciendo? ¿En medio de la calle rezan? Estas preguntas se dirigen a cada uno de nosotros: ¿quiénes son, de dónde vienen, qué quieren, qué mensaje quieren dar? Esto nos hace reflexionar y me parece que es una de las dimensiones fundamentales del Jubileo, una hermosa testimonio que contagia.
Del 28 al 30 de marzo se ha celebrado en Roma el Jubileo de los Misioneros de la Misericordia. Somos actualmente más de 1.200 los sacerdotes instituidos por el Papa Francisco como Misioneros de la Misericordia, de los que unos 400 hemos acudido al Jubileo venidos de todo el mundo. Hemos participado una docena de Redentoristas que trabajamos en Italia, Ucrania, Lituania, Eslovaquia, Chequia, Polonia, Portugal y España. De nuestra Provincia de Europa Sur somos Misioneros de la Misericordia los PP. Pietro, Sergio, Ganni y Laureano en Italia, el P. Miguel en España y el P. Fue por propio deseo del Papa Francisco que los pecados reservados a la Santa Sede pudieran ser perdonados por los Misioneros de la Misericordia como signo de que Dios perdona todo, a todos y siempre.
El encuentro estuvo presido por Mons. Rino Fisichella quien está al frente del Dicasterio de Evangelización, y que actuaba en nombre del Papa Francisco. Los Misioneros de la Misericordia recibimos formación espiritual y jurídica, impartidas por nuestro cohermanos redentorista el obispo Alfonso Amarante, rector de la Universidad Lateranense quien desde la figura del doctor de la Iglesia y patrono de los confesores, San Alfonso Mª de Ligorio nos dio claves para ejercer el ministerio: vivir el sacramento no como un duelo sino como un dueto siendo padre, médico, doctor y juez para quienes vienen a recibir el sacramento.
Posteriormente en lugar de la recepción prevista por el Papa Francisco, rezamos el Santo Rosario en los jardines vaticanos, muy cerca del Santo Padre y oramos por su pronta recuperación. Con su servicio dan testimonio del rostro paterno de Dios, infinitamente grande en el amor. La conversión y el perdón son las dos caricias con las que el Señor enjuga cada lágrima de nuestros ojos. Estén atentos al escuchar, prontos al acoger y constantes al acompañar a aquellos que desean renovar su vida y volver al Señor. El perdón del Señor es fuente de esperanza, porque siempre podemos contar con Él, en cualquier situación.
Momentos significativos
Uno de los momentos más significativos se vivió a raíz del fallecimiento, el 21 de abril, del papa Bergoglio, cuyo funeral coincidió, por casualidad, con las celebraciones del Jubileo de los jóvenes. Aquí en Roma había más de 200 mil chicos y chicas celebrando su Jubileo y que, de manera inesperada -incluso para nosotros los organizadores- quisieron participar en los funerales con una intensidad increíble. Creo que esto debe permanecer en los anales de la historia de este Jubileo.
Luego la muerte, el cónclave, la elección. El Jubileo fue iniciado por el Papa Francisco y continuado por León XIV. Antes que nada -afirma monseñor Fisichella- debemos decir que desde el principio hubo una gran disposición de parte del Papa León para asumir todos los compromisos del Jubileo. No podemos olvidar que los primeros meses del Jubileo fueron difíciles para Francisco, incluido el período de hospitalización. Un par de días después de su elección me recibió -recuerda monseñor Fisichella- le presenté todo el programa. Me dijo que aceptaba todo lo que se había planificado del Jubileo. No pasa un día en que el Papa no participe en algún evento y recuerde la gracia de este tiempo.
Cifras y alcance
No olvidemos que a Roma ya han llegado más de 32 millones de peregrinos para participar en las distintas actividades del Jubileo. Es un número consistente, real, pero también nos hace reconocer la gran atención que el pueblo de Dios ha tenido hacia el Jubileo. El Año Jubilar culmina con el cierre de la Puerta Santa por León XIV el 6 de enero.

Reflexión final
La experiencia del Jubileo de la Misericordia ha mostrado que la fe es algo vivo y que la misericordia debe traducirse en acciones concretas: perdón, acompañamiento, acogida y transmisión de la vida. Cada Jubileo trae consigo algo extraordinario y deja signos visibles de esperanza y solidaridad que continúan actuando en las comunidades, los santuarios y las diócesis de todo el mundo.