Horas de soledad de Jesucristo en Getsemaní y el juicio

Acabamos de celebrar estos días la Semana Santa y hemos leído y recordado los acontecimientos de la pasión de Jesús y su resurrección. La última noche de Jesús con sus discípulos es una montaña rusa de emociones, y de madrugada acude a orar a Getsemaní y les pide a Pedro, Jacobo y Juan que le acompañen.

Getsemaní: la prensa de las olivas y la agonía humana de Jesús

En Getsemaní Jesús va a beber el cáliz, Él solo, es lugar de sufrimiento, de silencio, de soledad. Llegado al jardín de Getsemaní (“prensa de aceitunas” en arameo) en el monte de los olivos, Jesús pide en tres ocasiones a sus compañeros que velen y recen con él: “Mi alma está triste hasta la muerte” (Mt 26,38; Mc 14,34).

Jesús, el maestro, el hacedor de milagros, el que calma las tormentas con su voz, revela un momento de agónica ansiedad. Jesús tiene miedo como tú y como yo y no se esconde en mostrar su total vulnerabilidad. Nervioso ora al Padre: “Por favor, papá, quita de mí esta copa.”

Está gimiendo: “El espíritu está pronto, pero la carne es débil” (Mt 26,41; Mc 14,38). Se dirige al Padre, con el rostro en tierra: “Abba, tú lo puedes todo, aparta de mí este cáliz…” (Mc 14,36). Está preparado para encarar su muerte.

Huerto de Getsemaní bajo la luna

En esa noche Jesús va allí para orar. En Getsemaní Jesús va a beber el cáliz, Él solo, es lugar de sufrimiento, de silencio, de soledad. En el Corazón de Cristo, en esta noche de Getsemaní, anidan sentimientos de soledad, tristeza, angustia, muerte…

Jesús, abiertamente humano, reacciona como tú y como yo cuando estamos paralizados por el miedo. Papá, por favor, sálvame. Que pase pronto este trance. Nervioso, va a buscar a sus discípulos que están dormidos. Qué momentos de angustia para Jesús, y qué gran soledad.

Señala el evangelio que volvió a orar al Padre pidiendo de nuevo una absolución que nunca llegaría. El evangelio de Lucas nos añade el detalle de la presencia de un ángel que seguramente le reconfortaría. Jesús recibió consuelo por medio de un ángel, ¿podemos nosotros decir que somos el ángel de Jesús, que permaneciendo junto a él lo confortamos y participamos de sus amarguras?

Soledad entre amigos: los discípulos dormidos y la traición

En aquel huerto silencioso, mientras el Hijo sudaba sangre, los amigos más cercanos se dormían. No eran malos. Solo estaban cansados. Jesús estuvo rodeado de discípulos, pero aun así estuvo solo. La verdadera soledad no es la ausencia de personas, sino la ausencia de comprensión.

El beso de Judas es la señal de su prendimiento. Todos le abandonan. Incluso Pedro le negará tres veces. Jesús, aunque poderoso y lleno de milagros, tenía un corazón sensible y amante. Él conocía la soledad, enfrentó el abandono y habitó silencios dolorosos.

El sentido profundo del sufrimiento en Getsemaní

¿En qué consiste la razón última del dolor de Cristo en Getsemaní? Es un hecho indudable el sufrimiento de Cristo en Getsemaní. El sufrimiento físico de Cristo en el Huerto se nos impone de forma patente. El padecimiento de Nuestro Señor no se agota ni concluye, ciertamente, ni en el dolor físico, ni en el dolor moral.

Fillion escribe: “Pero, ¿qué era lo que Jesús veía en el cáliz puesto ante sus ojos, para que experimentase aquel temor tan grande y aquella repugnancia que le hacía estremecer? Veía, en primer lugar, su pasión y su muerte, con sus horribles circunstancias, y harto era ya esto para acongojarle… Pero no era ésta la causa única ni aun la principal de las angustias de Cristo en Getsemaní; suponerlo así sería inferir agravio a su corazón, dispuesto a todo heroísmo… El peso enorme de nuestros pecados le abrumaba y le obligaba a pedir merced a la divina justicia.”

Quizá podemos decir que el cuerpo de Cristo no pudo soportar como hombre, lo que su espíritu contempló como Dios. En Getsemaní, ni el Creador se ha retirado, ni descubre el abismo vacío de la criatura. La intensidad de la agonía de Getsemaní es vivida en presente. Queda claro que no se reduce ni a dolor meramente físico acompañado de una fuerte reacción nerviosa, como manifiesta el sudor de sangre; ni a ningún tipo de desequilibro psíquico o mental.

La Agonía del Huerto de los Olivos, vivida por Cristo en su naturaleza humana, solo pudo ser vivida por Cristo en su plenitud de Dios y Hombre. ¿Por qué? Hemos afirmado que sólo sufre quien ama. Cristo ha venido a la tierra por amor. Cristo, haciéndose pecado, y sin ser pecador, vive el mal del pecado en toda su plenitud, y en todas sus consecuencias.

La oración decisiva: el sí que vence al abismo

Allí, en su soledad, solo le queda exclamar: «¡Abbá! ¡Padre!: aparta de mí este cáliz. Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres». Pero una vez ofrece su corazón al Padre y también a toda la humanidad, sus torturadores solo tienen su cuerpo por magullar y herir porque nada destruirá el amor de su corazón.

Todo se juega en el Huerto de los Olivos. Es la lucha entre el temor de Cristo como hombre y el amor que llega hasta el final. Cristo nos presenta la escuela del amor eterno. Cristo logra la victoria sobre el mal cuando pronunció este sí desde lo más profundo de su alma mientras sus discípulos permanecían dormidos.

Jesús orando postrado en el huerto

Al decir sí a la voluntad del Padre en su alma y en lo más profundo de su corazón esta lucha será central en su Pasión, más importante incluso que la crucifixión y la muerte mismas. Con ello devuelves la sencillez de tu vida a Dios. Cada vez que compartimos el Cuerpo y la Sangre del Señor, acumulamos fuerzas internas para recibir esta voluntad de Dios en nuestras vidas.

El juicio y la incomprensión: del huerto a la cruz

Después del huerto vino el juicio, un escenario de injusticia, silencio e ingratitud. Nadie defendió a Jesús. Nadie habló a su favor. Aquellos que habían recibido tanto guardaron silencio. Jesús experimentó lo que muchos sienten: traición por amor, abandono por lealtad, soledad tras haber ayudado a otros.

La soledad es una experiencia que toca el corazón humano de formas profundas. Esta reflexión nace de un recorrido por la soledad de Cristo y la soledad del creyente, y de cómo ambas convergen en la presencia del Padre. Cristo fue abandonado por los hombres, pero no por el Padre. Así también, un hijo de Dios puede estar solo, pero nunca abandonado.

Lecciones para la vida cristiana: velar, orar y acompañar

Hay noches en las que el alma pesa más que el cuerpo. Noches en las que la oración se hace susurro, y el corazón, cansado, se acurruca buscando tregua. Y entonces resuena, como un eco antiguo y siempre nuevo, la voz de Cristo en Getsemaní: “Velad y orad, para no caer en tentación.”

¿Qué significa no quedarme dormido hoy? En primer lugar mantener el corazón sensible. El sueño espiritual empieza cuando dejo de dejarme conmover. Getsemaní está lleno de sufrimientos callados. También no dejar apagar la oración sencilla. A veces creemos que orar es decir cosas hermosas. Pero en Getsemaní, Jesús solo repite lo que duele y lo entrega al Padre.

Resistir la tentación del “mañana”. Los apóstoles tal vez pensaron: “Después rezaremos mejor”. Pero la hora era esa. También nosotros: “Mañana cambio”, “mañana perdono”, “mañana escucho”, “mañana retomo la misa”. La fidelidad nunca llega mañana. Despertar no es hacer grandes cosas. Despertar es amar. Despertar es permanecer.

La soledad santificada

La soledad puede transformarse en un espacio sagrado cuando se entrega a Dios. Allí la fe se profundiza, las prioridades se ordenan y el corazón se purifica. La presencia del Padre no elimina la soledad humana, pero la llena de propósito. Su presencia no elimina el dolor, pero destruye la desesperación.

La soledad puede venir por la fe, la obediencia, las luchas internas, el servicio silencioso o el paso de los años. Pero Cristo santificó la soledad para que no destruya a nadie. Él comprende, acompaña y sostiene. Aunque estés solo, no estás abandonado. Puedes perder compañía humana, pero no la del Padre.

Oración y participación sacramental como fuerza

La misa diaria y la dominical nos da esta fuerza interior. Es el pan de los fuertes, el pan para el viaje en el que un día estaremos invitados a repetir nuestro sí al Padre, cuando la verdad de nuestra vida quedará a la luz de su misericordia y de su amor. ¡Señor, quiero unirme a ti y permanecer despierto acompañándote en el huerto de los olivos!

Jesús lo dijo de manera clara y taxativa: «Sin mí nada puedes hacer». Cuando abres el corazón en la oración tienes el convencimiento interior de esta realidad. Y exclamar como Jesús, en Getsemaní: «¡Padre, que no se haga mi voluntad sino la tuya!». Hoy quiero hacer un acto de fe a Dios y decirle que ¡creo en su gran amor por mí y por toda la humanidad!

Velar con los ojos del corazón

¿Podemos ser hoy el amigo que no abandona? ¿Podemos ser el consuelo que Jesús recibió de un ángel y que él mismo ofrece a través de su sangre a tantas almas necesitadas? Velar hoy puede ser un Padre Nuestro a medianoche, un Ave María en medio del tránsito, un silencio ofrecido cuando todo abruma.

¡Señor, despiértame por dentro. Sacude mi alma cuando quiera dormirse en la comodidad que me aleja de Ti. No permitas que me acostumbre al ruido del mundo ni a las excusas que disfrazan mi falta de amor. No permitas que me duerma cuando mi hermano sufre, cuando alguien necesita una palabra, una mirada, una pausa, un gesto, una presencia.

Palabras finales

La agonía de Getsemaní y el juicio posterior nos muestran la hondura del amor de Cristo: su soledad humana, su entrega voluntaria, y el sí que abre la redención. Acompañar a Jesús en su soledad es aprender a velar, a orar y a servir en lo cotidiano, conscientes de que aunque podamos sentirnos solos, el Padre nunca nos abandona.

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