Incorporación del proceso en la vida consagrada

La formación no termina en el momento de la profesión perpetua. Con esta vocación en el corazón inicia su camino de formación la joven que se siente llamada a abrazar la vida consagrada en nuestro Instituto Pureza de María. La llamada se ha convertido en una certeza tan profunda que la Hermana es capaz de entregarse de todo corazón y por todo el tiempo de su vida a Dios y al servicio de la Iglesia, en Pureza de María.

Etapas de la formación

Cuatro son las etapas en las que se desarrolla la Formación. Es la etapa formativa, entre seis meses y dos años, previa al Noviciado en la que se produce un mutuo conocimiento entre la Congregación y la postulante. Durante este tiempo, viviendo ya en la casa del Instituto destinada para ello, la postulante hace experiencia de nuestra espiritualidad, carisma, apostolado y vida comunitaria. Este proceso de conocimiento y adaptación irá dando signos para discernir esta llamada que todavía es incipiente.

El noviciado es un tiempo de iniciación integral al género de vida que Jesús asumió y que nos propone en el Evangelio. Al final de este proceso, de dos años, la novicia se consagra mediante la profesión temporal pública de los votos de castidad, pobreza y obediencia. Es el tiempo que transcurre desde la profesión temporal hasta la profesión perpetua, en el que se continúa la formación humana, técnica y espiritual que afiance su consagración y la capacite para la vida comunitaria y apostólica de nuestro Instituto. Durante el Juniorado, la Hermana renovará sus votos pasados tres años de la primera profesión hasta ser admitida a la profesión perpetua.

Con la profesión perpetua finaliza la formación inicial y comienza la formación permanente. Con el Juniorado no termina la formación pues la configuración con Cristo es tarea de toda la vida. La religiosa continúa diariamente su proceso de formación personal buscando fuentes de agua viva que respondan a la sed insaciable de plenitud en Cristo que Dios ha puesto en ellas. Cada Hermana se apoya en su compromiso y disponibilidad personal; en la comunidad, principal lugar de formación para madurar humana, espiritual y apostólicamente.

Formación permanente y misión

Formación Permanente: “Los llamó para estar con Él y enviarlos…” (Mc. Tiene como fin ayudar a vivir toda la existencia en actitud de respuesta gozosa a Aquel que nos llamó un día a la Compasión y que sigue recreando constantemente esta llamada en un mundo que cambia rápida y profundamente (Const. 1. La vida consagrada se entiende como memoria viva de una misión. Seguir a Jesús hoy me impulsa a escuchar los gritos y esperanzas de su pueblo, a dejarme afectar por las heridas de las personas en las comunidades, a caminar con paciencia, a descender y acompañar procesos.

Vivo la comunidad como mediación y hogar. Allí discierno, sostengo, celebro y renuevo la llamada. En ella mi vocación se teje con hilos de humanidad, gracia y paciencia. Reconozco que no me he consagrado para mí misma, sino para compartir en libertad y gratitud el don recibido. Por eso, acompañarnos mutuamente, escucharnos, corregirnos y consolarnos forma parte constitutiva de mi vida misionera.

Esquema de las etapas de formación en la vida consagrada (Postulantado, Noviciado, Juniorado, Profesión perpetua y Formación permanente)

Naturaleza y diversidad de formas de vida consagrada

La vida consagrada subraya algunos valores arquetípicos: la relación con lo sagrado y con el mundo desde una perspectiva de frontera o liminalidad; la relación con todos los seres humanos, expresada en la castidad consagrada; la apertura a la colaboración en el diálogo y la escucha de la voz de Dios, de los demás y de las circunstancias, en la obediencia y, finalmente, la relación con los bienes en forma responsable y participativa, en la pobreza. Cada Instituto de vida consagrada, por su parte, pone el acento en otros aspectos de la vida cristiana.

Las comunidades monásticas se centran en la vida común y la oración comunitaria. Estas comunidades monásticas hacen un cuarto voto de estabilidad, lo que significa que permanecerán en la misma casa durante toda su vida. La vida en clausura se centra en la oración contemplativa. Su ministerio consiste en la oración por la Iglesia y por el mundo, así como en un trabajo dentro de las instalaciones de la institución que permite el sustento de la comunidad.

Las comunidades apostólicas o “activas” se enfocan en el ministerio tanto dentro de la Iglesia como en el mundo. Aunque viven en comunidad, están “en” el mundo, pero no son “del” mundo, dando testimonio activo de los valores del Evangelio a través de su ministerio. Todas están comprometidas con la difusión del Evangelio, cada una según el carisma de su congregación. Las sociedades de vida apostólica surgieron inicialmente como respuesta a la tendencia de la Iglesia de imponer la vida en clausura a los institutos de vida religiosa. Los miembros de las sociedades de vida apostólica asumen un compromiso explícito con los consejos evangélicos mediante vínculos sagrados oficialmente reconocidos por la Iglesia.

Los institutos seculares fueron reconocidos oficialmente en 1947 como una forma original de vida consagrada dentro de la Iglesia. Sus miembros ejercen un poderoso apostolado laico en diversos ámbitos de la sociedad, como la política, la economía, la medicina, el arte, la educación, la tecnología, y la vida familiar y laboral. Al igual que los institutos religiosos, cada uno tiene un período de formación para los nuevos miembros.

Nuevos desafíos e interpelaciones para la vida religiosa

Nuevos desafíos e interpelaciones para la vida religiosa Si bien es verdad que en cada contexto geográfico cultural hay retos particulares, también podemos hablar de algunos generales a los que la vida religiosa está tratando de responder. Insertarse en la Iglesia local y vivir la interdependencia con otras formas de vida cristiana en comunión con los Pastores, con otros religiosos, laicos como exigencia de una eclesiología de comunión, y favorecer la creación de comunidades nuevas más sencillas, orantes, fraternas, cercanas al pueblo.

Vivir una espiritualidad no entendida como espiritualismo, sino como una fuerza unificadora de la vida consagrada. Se trata de una espiritualidad encarnada, inculturada, que va a las fuentes de toda la vida espiritual, es decir, la palabra de Dios, la eucaristía y la oración. Ser testigos de la trascendencia y presencia de un Dios compasivo y misericordioso en sociedades pluralistas. Hacerlo desde la experiencia de Jesús de Nazaret.

Testimoniar un nuevo humanismo desde el compromiso con las personas, con sus derechos humanos, con la justicia en relación recíproca de género, con la ecología. Volver al lugar natural de la vida consagrada: el mundo de los pobres y de las nuevas pobrezas. Desde ellas releer el propio carisma y abrirse a la intercongregacionalidad. Aprender a perder el protagonismo anterior. Aceptar ser minoría en la Iglesia y en la sociedad pluralista, y desde allí repensar la identidad de la vida religiosa en relación con el laicado; con los miembros de otras religiones, con los no creyentes, con el hombre y la mujer respectivamente, con personas de diversas generaciones.

Votos y sentido renovado

Añadir existencialmente a los votos un sentido más inteligible hoy: la castidad como “opción libre por nuevas relaciones de género en la igualdad, el respeto y la verdadera reciprocidad”; la pobreza: como “una nueva gestión de los bienes de la creación”; la obediencia como “una nueva comprensión de las relaciones de poder”.

Inculturación, interculturalidad y reestructuración

Aceptar los desafíos de la inculturación y la interculturalidad con “discernimiento, audacia, diálogo y provocación evangélica”, ante las corrientes migratorias, como lo ha procurado hacer la 73ª Asamblea semestral de la USG, analizando los cambios geográficos y culturales en la vida de la Iglesia y en la vida religiosa. La interculturalidad es una espiritualidad que invita a una visión más profunda del mundo actual que se abre a la perspectiva de la reciprocidad y de la alteridad en una Iglesia cada vez más descentralizada y policéntrica, y en un mundo globalizado y fragmentado.

Revisar las estructuras, la organización y el ejercicio del gobierno en la vida consagrada para enfrentar los retos de este mundo globalizado. La reestructuración es un camino para favorecer la refundación; para hacerla operativa. Se requiere vivir la identidad carismática y saberla transmitir en forma inteligible y en diálogo con la realidad permaneciendo fieles a Cristo, a la Iglesia, al carisma del Instituto, al hombre y a la mujer de hoy.

Proyectos de renovación: retroceso o fidelidad creativa

En 2002, la CIVCSVA invitaba a descubrir el sentido y la calidad de la vida consagrada. Partía del hecho de que “con la disminución de los miembros en muchos Institutos y su envejecimiento, evidente en algunas partes del mundo, surge la pregunta de si la vida consagrada es todavía un testimonio visible, capaz de atraer a los jóvenes. Si como se afirma en algunos lugares, el tercer milenio será el tiempo del protagonismo de los laicos, de las asociaciones y de los movimientos eclesiales, podemos preguntarnos:¿cuál será el puesto reservado a las formas tradicionales de vida consagrada?”. Ante esa constatación ponía de relieve la necesidad que tiene la vida religiosa de “buscar nuevas formas de presencia y de ponerse no pocos interrogantes sobre el sentido de su identidad y de su futuro…

Renovación como vuelta al pasado La impresión de vivir en una especie de “caos” por la pérdida de las certezas del pasado: unidad como uniformidad, separación del mundo, estructuras firmes y estables, normativa detallada, signos externos, obras tradicionales, ha hecho que ciertos grupos consideren que el camino de la renovación consiste en recuperar esas seguridades y volver a los moldes tradicionales. En diversas circunstancias y en foros diferentes, miembros de la jerarquía eclesiástica impulsan esa renovación entendida como vuelta al pasado. Con facilidad, cuestionan y hasta atacan a los colectivos de vida religiosa que busca nuevos caminos. Se les acusa de secularización, de pérdida de valores espirituales, de magisterio paralelo, de pastoral paralela, de romper la comunión eclesial.

Renovación con fidelidad creativa La creatividad en la vida consagrada puede entenderse también de diversas maneras. Otra perspectiva del cambio es aquella que únicamente busca retoques adaptativos y pragmáticos, forzados por las circunstancias, pero sin una verdadera convicción interna. Finalmente está el estilo revitalizado, que conserva una continuidad con el pasado y, al mismo tiempo, se abre a una discontinuidad; sabe distinguir lo esencial de lo accidental. Acepta con realismo la lentitud y gradualidad de los cambios porque sabe escuchar la voz de Cristo que llama a la conversión, respetando el dinamismo de la persona humana.

Es necesario acoger o recrear un nuevo modelo, que aún no está disponible, aunque se intuye. Es el Espíritu quien tiene que ayudar a encontrar nueva síntesis entre “mística” y “misión” para integrar las diversas dimensiones que emergen de esta vida: antropológico-religiosa, cristológica, pneumatológica, eclesiológica, escatológica, ecuménica, cultural-histórica. El carisma de la vida consagrada, como los demás carismas, ha sido suscitado por el Espíritu para servicio de la Iglesia y del mundo. Las Congregaciones religiosas van apareciendo como multiformes intervenciones del Espíritu, en consonancia con los problemas religiosos y sociales que caracterizan la historia de la humanidad en momentos diferentes.

Relectura del carisma y misión en comunión

Releer el carisma inicial es, por tanto, la única forma de conservarlo y de mantener la auténtica fidelidad al mismo. Es necesario distinguir la vocación a la vida consagrada y el estilo de vida en el cual se expresa. Es fundamental no confundir lo esencial con lo que es simplemente un condicionamiento cultural. De otro modo se corre el peligro de ser infieles al carisma por una anquilosada fidelidad a sus concreciones pasadas.

La reapropiación del carisma fundante requiere una memoria del pasado como fuerza viva que puede expresarse de manera nueva. Es una memoria del evangelio y de los orígenes del Instituto. Junto con la memoria se necesita una visión de futuro, a partir de las nuevas circunstancias. Así se hace posible vivir los valores fundamentales del carisma en forma significativa e inteligible.

La relación entre la vida consagrada y la comunidad diocesana se sitúa en un proceso de evolución que ha pasado de la coexistencia a una progresiva colaboración en la misión común de la Iglesia. La diversidad de carismas, lejos de generar competencia, se presenta como riqueza necesaria para la evangelización, siempre que se articule en comunión. Se destaca el avance en la intercongregacionalidad y en la corresponsabilidad pastoral, así como la necesidad de una mayor integración de los consagrados en la planificación diocesana. El papel del obispo como garante de la unidad y coordinador de la misión resulta fundamental.

TESTIMONIOS Vida Consagrada 2021

Formación de las nuevas generaciones y desafíos formativos

Hay que enfrentar dificultades en la formación de las jóvenes generaciones por su diferente mentalidad y por falta de definición de formadores y formadoras de qué proyecto de sociedad, de Iglesia y de vida consagrada se desea configurar y crear. Para ello encarnar el carisma en los diversos continentes de acuerdo con la situación de la Iglesia, de sus culturas y de los signos de los tiempos y de los lugares. La formación no termina en el momento de la profesión perpetua.

La gradualidad en el seguimiento de Jesús es una de las bases para la creatividad en la respuesta a las interpelaciones de Dios a los individuos y a las comunidades en un mundo de cambios rápidos y profundos. El seguimiento va madurando lentamente en los altibajos de la colaboración humana. En la fe y en el amor confiado, que purifica, la vida consagrada se va renovando o refundando.

Identidad, misión y testimonio

El seguimiento de Jesús es la esencia de toda vida cristiana. Resume el caminar del creyente en su búsqueda incesante de Dios. La vida religiosa es un modo particular de seguir a Jesús y de vivir las exigencias que trae consigo para todos. La vocación se sostiene en el amor, y Jesús lo expresa con claridad: "Permanezcan en mi amor" (Jn 15, 9). Para mí, permanecer es habitar la relación. En este tiempo, seguir a Jesús desde la vida consagrada también me invita a reconfigurarme. La realidad me exige buscar nuevas formas de presencia, misión, acompañamiento y escucha.

Una persona consagrada, entregada al servicio de Dios, contribuye a la edificación de la Iglesia al guiar a otros en el camino hacia la salvación eterna. Los hermanos religiosos viven en comunidad, compartiendo una vida fraterna. Son laicos que han consagrado su vida a Cristo y a la Iglesia a través de los votos de pobreza, castidad y obediencia. Aunque el ministerio es una parte fundamental de su vocación, no es lo que define su identidad; lo que los caracteriza es su estilo de vida.

Consejos prácticos para el discernimiento vocacional

  • El contacto personal es una de las mejores formas de conocer una comunidad, permitiendo aprender sobre su espiritualidad, apostolado y estilo de vida.
  • Si una mujer siente el llamado a la vida religiosa, es fundamental que reflexione profundamente sobre su decisión.
  • Es importante informarse, buscar consejo, acercarse a personas con experiencia, evaluar su vocación y, sobre todo, dedicar tiempo a la oración para pedir sabiduría y fortaleza en el discernimiento de la voluntad de Dios.
Mapa conceptual: de la llamada personal a la inserción en la comunidad diocesana

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