La Esperanza como Virtud Teologal y su Relación con la Ley de Dios

Durante este Jubileo Ordinario, es necesario concentrarnos en fortalecer nuestra virtud de la esperanza, su tema central, elegido por el Papa Francisco al proclamarlo. La esperanza es una virtud que acompaña al ser humano en toda época y cultura; sin embargo, en el cristianismo adquiere un sentido profundo y definitivo, siendo una de las virtudes teologales junto a la fe y la caridad.

¿Qué es la esperanza como virtud teologal?

La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1817). Estas palabras nos confirman que la esperanza es la respuesta que se ofrece a nuestro corazón, cuando surge en nosotros la pregunta absoluta: "¿Qué será de mí? ¿Cuál es el destino del viaje? ¿Cuál es el destino del mundo?".

virtudes teologales esquema catequético

En efecto, a lo largo de la vida podemos y necesitamos alimentar muchas y muy diversas esperanzas, cultivar gran número de ilusiones y sueños nobles, secundar deseos y anhelos. Sin embargo, el corazón humano necesita de una esperanza que sea definitiva, que no defraude, que prometa trascendencia y eternidad. El don de la esperanza teologal es un don que viene directamente de Dios. Así pues, la esperanza es una fuerza y una capacidad sobrenatural que Dios infunde directamente en nuestra alma por medio del bautismo, dándonos así la posibilidad de desear a Dios, de confiar en Dios, de desear la vida bienaventurada y de confiar en que con el auxilio del Espíritu Santo, con la fuerza del mismo Dios, alcanzaremos dichos bienes y seremos introducidos a la vida bienaventurada, a la comunión perfecta con Dios.

Virtud de la esperanza: fundamento y sentido

  • La esperanza teologal se orienta principalmente hacia las realidades escatológicas, pero también se derrama sobre nuestra vida presente, sobre nuestra lucha terrena y se manifiesta como confianza en Dios, en su amor, en su misericordia, en su providencia y en su ayuda incondicional.
  • Se expresa como libertad filial, como paz interior que brota de la certeza que Dios nos acompaña y dirige nuestros caminos, porque, como dice san Pablo, “[…] en todas las cosas Dios interviene para el bien de los que lo aman” (Rm 8,28).
  • Sin la esperanza, todas las demás virtudes corren el riesgo de desmoronarse y acabar en cenizas.
  • La esperanza cristiana recoge y perfecciona la esperanza del pueblo elegido que tiene su origen y su modelo en la esperanza de Abraham en las promesas de Dios; esperanza colmada en Isaac y purificada por la prueba del sacrificio (cf Gn 17, 4-8; 22, 1-18).

Pablo revela que la esperanza nace de una experiencia profunda con Dios, alimentada por la fe, templada por la tribulación y sostenida por el Espíritu Santo. Pablo nos enseña que son precisamente las tribulaciones las que forman nuestro carácter, que a su vez, desarrolla una virtud probada, de la cual emana nuestra esperanza en la gloria de Dios. La esperanza verdadera no se tambalea ante las dificultades, porque no está puesta en el mundo, sino en Dios.

esperanza en la carta a los romanos

No solo nosotros, sino toda la creación espera con ansias la redención. Incluso en medio del dolor, hay una tensión esperanzada que atraviesa la existencia. Gemimos, sí, pero no como quien se lamenta sin sentido, sino como quien espera un parto. Esperamos la redención total, aún invisible, pero segura: “En esperanza estamos salvados” (Rom 8,24). Pablo eleva una oración: “El Dios de esperanza los colme de todo gozo y paz en su fe, hasta rebosar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo” (15,13).

Esperanza en la Escritura y en la tradición cristiana

La Biblia está repleta de la esperanza como virtud y promesa. Abraham "creía firmemente en la esperanza contra toda esperanza" (Rom 4:18). El Papa Francisco señala que Abraham, en un momento de desconfianza, en lugar de pedir el hijo prometido que no vino, "se vuelve a Dios para ayudarle a seguir esperando".

  • En el Evangelio de Lucas, Simeón y Ana representan el espíritu de la esperanza perseverante, esperando por décadas el cumplimiento de la promesa del Mesías.
  • San Pablo habla de la salvación en la esperanza: “Con la alegría de la esperanza; constantes en la tribulación” (Rm 12, 12).
  • Benedicto XVI dedica toda una encíclica, Spe Salvi, a la esperanza. Lo describe como una virtud performativa, capaz de "producir hechos y cambiar la vida".
  • La esperanza cristiana se alimenta en nuestra fe en el Cielo. Es certísimo que para el cristiano que sufre, la esperanza del cielo resulta un manantial inagotable de paciencia y de energía.

Los cristianos están llamados, por tanto, a ser testigos en el mundo de esta experiencia gozosa, siempre dispuestos a responder a todo el que pida razón de la esperanza que hay en ellos (1 P 3, 15).

¿Qué es la ESPERANZA cristiana? | Entendiendo Los Tiempos | T4 Cap #38

La esperanza en la cultura y tradición

La esperanza está siempre presente en todas las culturas y en todas las épocas, y su significado se adhiere, moldeándose al pensamiento y a la cultura de los diferentes pueblos, en el tiempo y en las latitudes. En el mito de Pandora, todos los infortunios salen de su caja abierta para golpear a la humanidad. En el fondo sólo queda la esperanza, pero contiene algo oscuro. En el mundo romano, la esperanza se concreta en la personificación de una diosa, Spes. Como para los antiguos paganos la vida se detenía en el precipicio del Hades, la esperanza estaba ligada a las necesidades limitadas. En la literatura, la esperanza aparece como fuerza interior y sueño de futuro.

Autor Visión de la esperanza
Aristóteles "Es el sueño de un hombre despierto"
Nietzsche "La virtud de los débiles"
Emily Dickinson "La esperanza es una criatura alada"
Charles Peguy Describe la pequeña esperanza como la que sorprende a Dios mismo
frases célebres sobre la esperanza

La esperanza y la ley de Dios: una relación inseparable

Las virtudes humanas se arraigan en las virtudes teologales que adaptan las facultades del hombre a la participación de la naturaleza divina (cf 2 P 1, 4). Las virtudes teologales se refieren directamente a Dios. Disponen a los cristianos a vivir en relación con la Santísima Trinidad. Tienen como origen, motivo y objeto a Dios Uno y Trino. La esperanza no surge en tiempos fáciles. Se forja, más bien, en el crisol del sufrimiento. La esperanza cristiana es una virtud firme, anclada en el amor de Dios y en su fidelidad. Nos sostiene cuando todo tiembla, nos impulsa a seguir cuando no vemos el final del camino, y nos conecta con la gloria que aún no vemos, pero que ya ha comenzado en Cristo.

  • La esperanza es “el ancla del alma”, segura y firme, que penetra... “a donde entró por nosotros como precursor Jesús” (Hb 6, 19-20).
  • Es también un arma que nos protege en el combate de la salvación: “Revistamos la coraza de la fe y de la caridad, con el yelmo de la esperanza de salvación” (1 Ts 5, 8).
  • La acción de la esperanza cristiana procede de la seguridad de sentirme hijo de Dios. El cristiano no deja nunca de esperar porque se da cuenta de que el sacrificio redentor del Hijo puede vencer en cualquier momento de la historia todas las sombras del pecado y transformar al hombre, hacerle fuerte, fiel y amoroso.

Hablar de esperanza es hablar de nuestra relación con la ley de Dios. “El objetivo de una vida virtuosa consiste en llegar a ser semejante a Dios” (San Gregorio de Nisa). “Nada hay para el sumo bien como amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente... lo cual preserva de la corrupción y de la impureza del amor, que es propio de la templanza; lo que le hace invencible a todas las incomodidades, que es lo propio de la fortaleza; lo que le hace renunciar a todo otro vasallaje, que es lo propio de la justicia, y, finalmente, lo que le hace estar siempre en guardia para discernir las cosas y no dejarse engañar subrepticiamente por la mentira y la falacia, lo que es propio de la prudencia.” (San Agustín).

Esperanza y paciencia: virtudes para la vida

La esperanza necesita paciencia, así como uno necesita tener paciencia para ver crecer el grano de mostaza. Paciencia y esperanza, por tanto, caminan una al lado de la otra. El mundo de hoy tiene tanta necesidad de esta virtud cristiana. Los hombres pacientes son tejedores de bien. Desean obstinadamente la paz, y aunque algunos tienen prisa y querrían todo y todo ya, la paciencia tiene la capacidad de esperar. Incluso cuando muchos a su alrededor han sucumbido a la desilusión, los que están animados por la esperanza y son pacientes son capaces de atravesar las noches más oscuras. En el capítulo 21, versículo 19 de San Lucas, dirá Jesús: “con vuestra paciencia poseeréis vuestras almas”.

esperanza y paciencia en la vida diaria

La esperanza activa y la ley de Dios

La esperanza es incompatible con la pasividad y la evasión. La vida del hombre sobre la tierra es milicia, y sus días transcurren con el peso del trabajo. Es manifestación clara de la esperanza la lucha ascética. Las contrariedades han de ser un acicate para crecer como cristianos: en esa pelea nos santificamos. La lucha ascética, con su característico comenzar y recomenzar, tan familiar a la virtud de la esperanza, se traduce en humildad, en conversión y en penitencia. Precisamente los momentos en que parece que las victorias no llegan y se retrocede en la vida espiritual presentan una singular oportunidad de ejercer la virtud de la esperanza.

La esperanza: Comunión y meta escatológica

Así pues, vivir la esperanza es vivir conforme a la ley de Dios, a sus mandamientos, a su Evangelio, con la mirada puesta en la meta última: el Cielo, la vida eterna. “Sabemos por el Evangelio que los discípulos de Jesús aprendieron, desde el principio, a alabar a la «bendita entre las mujeres» y a contar con su intercesión maternal”.

El Catecismo enseña: “Vivir en el cielo es «estar con Cristo» (cf. Jn 14, 3; Flp 1, 23; 1 Ts 4,17). Los elegidos viven «en Él», aún más, tienen allí, o mejor, encuentran allí su verdadera identidad, su propio nombre.” (CIC, nro. 1025). La vida de los bienaventurados consiste en la plena posesión de los frutos de la redención realizada por Cristo, quien asocia a su glorificación celestial a aquellos que han creído en Él y que han permanecido fieles a su voluntad. El cielo es la comunidad bienaventurada de todos los que están perfectamente incorporados a Él (CIC, nro. 1026).

cielo y esperanza en la tradición cristiana

Este misterio de comunión bienaventurada con Dios y con todos los que están en Cristo sobrepasa toda comprensión y toda representación. La Escritura nos habla de ella en imágenes: vida, luz, paz, banquete de bodas, vino del reino, casa del Padre, Jerusalén celeste, paraíso: «Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman» (1 Co 2, 9).

Manifestaciones concretas de la esperanza cristiana

Francisco habló muchas veces de la esperanza, que definió como "la más pequeña de las virtudes, pero la más fuerte". Y nuestra esperanza tiene un rostro: el rostro del Señor Resucitado, que viene "con gran poder y gloria". La esperanza, por lo tanto, no es algo, sino alguien, tal como San Francisco exclama en las Alabanzas del Dios Altísimo: "¡Tú eres nuestra esperanza!".

El Papa Juan Pablo I afirmaba que "es una virtud obligatoria para todo cristiano" que nace de la confianza en tres verdades: "Dios es todopoderoso, Dios me ama inmensamente, Dios es fiel a las promesas". Y es Él, el Dios de la misericordia, quien enciende la confianza en mí; por lo tanto no me siento ni solo, ni inútil, ni abandonado, sino involucrado en un destino de salvación, que un día llegará al Paraíso" (Audiencia general, 20 de septiembre de 1978).

  • El Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) dice que “las virtudes humanas son actitudes firmes, disposiciones estables, perfecciones habituales del entendimiento y de la voluntad que regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones y guían nuestra conducta según la razón y la fe...” (nro. 1804).
  • La esperanza cristiana se alimenta en nuestra fe en el Cielo.
  • San Pablo con frecuencia exhorta a la comunidad a vivir “con la alegría de la esperanza; constantes en la tribulación” (Rm 12, 12)
  • La esperanza es la virtud de los jóvenes de corazón; y aquí, la edad no cuenta.
  • La mayor manifestación de verdadera esperanza es nuestro continuo amor a Jesucristo.

La esperanza es la respuesta a nuestro interrogante último, y su vitalidad depende de la presencia de la fe y la caridad, con las que forma una triada indisoluble. Vivamos, pues, como hijos de la esperanza.

esperanza y caridad relación entre virtudes

Reflexión final: la esperanza cristiana y el horizonte escatológico

En resumen, la esperanza está fundada en el alcance de la felicidad del Cielo, en el alcance de la otra vida, en el alcance de una vida que no muere, sino que se transforma. El cristiano lucha, ama, perdona, sirve y aguarda con la certeza de que lo que hacemos en la vida tiene su eco en la Eternidad.

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