Llamada de Cristo crucificado a su Iglesia — reseña y contenido (Editorial Idatz)

La presente reseña recoge y organiza el contenido esencial referido a la muerte redentora de Jesucristo, su significado teológico y su recepción en la vida cristiana, articulado en torno a temas tomados del magisterio y de la tradición espiritual que evocan tanto las narraciones evangélicas del proceso de Jesús como la experiencia devocional de santos y artistas. Se atiende tanto a la explicación doctrinal sobre la Pasión y Muerte (diseño divino, redención universal, oblación voluntaria) como a expresiones culturales y artísticas que han representado al Cristo crucificado en distintas épocas.

El proceso de Jesús y la complejidad de las responsabilidades

Entre las autoridades religiosas de Jerusalén, no solamente el fariseo Nicodemo o el notable José de Arimatea eran en secreto discípulos de Jesús, sino que durante mucho tiempo hubo disensiones a propósito de Él hasta el punto de que en la misma víspera de su pasión, san Juan pudo decir de ellos que "un buen número creyó en él", aunque de una manera muy imperfecta.

Las autoridades religiosas de Jerusalén no fueron unánimes en la conducta a seguir respecto de Jesús. Los fariseos amenazaron de excomunión a los que le siguieran. El Sanedrín declaró a Jesús "reo de muerte" como blasfemo, pero, habiendo perdido el derecho a condenar a muerte a nadie, entregó a Jesús a los romanos acusándole de revuelta política. Son también las amenazas políticas las que los sumos sacerdotes ejercen sobre Pilato para que éste condene a muerte a Jesús.

Teniendo en cuenta la complejidad histórica manifestada en las narraciones evangélicas sobre el proceso de Jesús y sea cual sea el pecado personal de los protagonistas del proceso (Judas, el Sanedrín, Pilato), lo cual solo Dios conoce, no se puede atribuir la responsabilidad del proceso al conjunto de los judíos de Jerusalén, a pesar de los gritos de una muchedumbre manipulada.

El mismo Jesús perdonando en la Cruz y Pedro siguiendo su ejemplo apelan a "la ignorancia" de los judíos de Jerusalén e incluso de sus jefes. Menos todavía se podría ampliar esta responsabilidad a los restantes judíos en el tiempo y en el espacio, apoyándose en el grito del pueblo: "¡Su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!", que equivale a una fórmula de ratificación. Tanto es así que la Iglesia ha declarado en el Concilio Vaticano II: «Lo que se perpetró en su pasión no puede ser imputado indistintamente a todos los judíos que vivían entonces ni a los judíos de hoy [...] No se ha de señalar a los judíos como reprobados por Dios y malditos como si tal cosa se dedujera de la sagrada Escritura».

Todos los pecadores fueron autores de la Pasión

La Iglesia, en el magisterio de su fe y en el testimonio de sus santos, no ha olvidado jamás que "los pecadores mismos fueron los autores y como los instrumentos de todas las penas que soportó el divino Redentor". Teniendo en cuenta que nuestros pecados alcanzan a Cristo mismo, debemos considerar como culpables de esta horrible falta a los que continúan recayendo en sus pecados.

Y es necesario reconocer que nuestro crimen en este caso es mayor que el de los judíos. Porque según el testimonio del apóstol, "de haberlo conocido ellos no habrían crucificado jamás al Señor de la Gloria". Nosotros, en cambio, hacemos profesión de conocerle. Y cuando renegamos de Él con nuestras acciones, ponemos de algún modo sobre Él nuestras manos criminales. «Y los demonios no son los que le han crucificado; eres tú quien con ellos lo has crucificado y lo sigues crucificando todavía, deleitándote en los vicios y en los pecados» (S. Francisco de Asís).

La muerte redentora en el designio divino

La muerte violenta de Jesús no fue fruto del azar en una desgraciada constelación de circunstancias. Pertenece al misterio del designio de Dios, como lo explica san Pedro: "Fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios". Este lenguaje bíblico no significa que los que han "entregado a Jesús" fuesen solamente ejecutores pasivos de un drama escrito de antemano por Dios.

Para Dios todos los momentos del tiempo están presentes en su actualidad. Por tanto establece su designio eterno de "predestinación" incluyendo en él la respuesta libre de cada hombre a su gracia. Dios ha permitido los actos nacidos de su ceguera para realizar su designio de salvación.

Este designio divino de salvación a través de la muerte del "Siervo, el Justo" había sido anunciado antes en la Escritura como un misterio de redención universal, es decir, de rescate que libera a los hombres de la esclavitud del pecado. San Pablo profesa en una confesión de fe que dice haber "recibido" que "Cristo ha muerto por nuestros pecados según las Escrituras". La muerte redentora de Jesús cumple, en particular, la profecía del Siervo doliente.

"Dios le hizo pecado por nosotros"

Los pecados de los hombres, consecuencia del pecado original, están sancionados con la muerte. Al enviar a su propio Hijo en la condición de esclavo, la de una humanidad caída y destinada a la muerte a causa del pecado, "a quien no conoció pecado, Dios le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él".

Jesús no conoció la reprobación como si él mismo hubiese pecado. Pero, en el amor redentor que le unía siempre al Padre, nos asumió desde el alejamiento con relación a Dios por nuestro pecado hasta el punto de poder decir en nuestro nombre en la cruz: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?". Al haberle hecho así solidario con nosotros, pecadores, "Dios no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros" para que fuésemos "reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo".

Dios tiene la iniciativa del amor redentor universal

Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: "En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados". "La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros".

Jesús ha recordado al final de la parábola de la oveja perdida que este amor es sin excepción: "De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno de estos pequeños". La Iglesia, siguiendo a los Apóstoles, enseña que Cristo ha muerto por todos los hombres sin excepción: "no hay, ni hubo ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo".

Cristo se ofreció al Padre por nuestros pecados: oblación y sacerdocio

El Hijo de Dios "bajado del cielo no para hacer su voluntad sino la del Padre que le ha enviado". Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora: "Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra". El sacrificio de Jesús "por los pecados del mundo entero" es la expresión de su comunión de amor con el Padre: "El Padre me ama porque doy mi vida".

Este deseo de aceptar el designio de amor redentor de su Padre anima toda la vida de Jesús porque su Pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación: "¡Padre líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!".

La Eucaristía como memorial del sacrificio

Jesús expresó de forma suprema la ofrenda libre de sí mismo en la cena tomada con los doce Apóstoles, en "la noche en que fue entregado". En la víspera de su Pasión, estando todavía libre, Jesús hizo de esta última Cena con sus Apóstoles el memorial de su ofrenda voluntaria al Padre, por la salvación de los hombres: "Este es mi Cuerpo que va a ser entregado por vosotros... Esta es mi sangre de la Alianza que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados". La Eucaristía que instituyó en este momento será el "memorial" de su sacrificio. Jesús incluye a los Apóstoles en su propia ofrenda y les manda perpetuarla, instituyéndolos así sacerdotes de la Nueva Alianza.

La agonía de Getsemaní

El cáliz de la Nueva Alianza que Jesús anticipó en la Cena al ofrecerse a sí mismo, lo acepta a continuación de manos del Padre en su agonía de Getsemaní haciéndose "obediente hasta la muerte". Jesús ora: "Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz..." y expresa así el horror que representa la muerte para su naturaleza humana. Al aceptar en su voluntad humana que se haga la voluntad del Padre, acepta su muerte como redentora para "llevar nuestras faltas en su cuerpo sobre el madero".

La muerte de Cristo como sacrificio único y definitivo

La muerte de Cristo es a la vez el sacrificio pascual que lleva a cabo la redención definitiva de los hombres por medio del "Cordero que quita el pecado del mundo" y el sacrificio de la Nueva Alianza que devuelve al hombre a la comunión con Dios reconciliándole con Él por "la sangre derramada por muchos para remisión de los pecados".

La experiencia devocional: Cristo crucificado en la espiritualidad y en el arte

Vuelve la Semana Santa a recordarnos los grandes misterios del cristianismo: Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. Celebrados en sus orígenes en la intimidad de las comunidades cristianas, hace tiempo que la civilización moderna ha convertido las calles de ciertas naciones en escenarios para recreo de creyentes e increyentes. Aun respetando la praxis moderna, qué mal suena que la Semana Santa se declare “de interés turístico”, dependiendo de la belleza de los “Pasos” y la atracción que causa en los asistentes el espectáculo callejero.

¡Ojalá que la teatralización de los “Pasos” de la pasión suscite en los videntes y oyentes la pasión religiosa que no logran los repetidos ritos de la liturgia en las iglesias. Más allá de estas consideraciones, profundicemos en el sentimiento religioso que la Semana Santa debe excitar en los cristianos verdaderamente devotos.

No quisiera equivocarme al decir que el Cristo crucificado ha dominado más el escenario de la historia que el mismo Cristo Resucitado, como si los humanos se sintiesen más cercanos a lo trágico que a lo festivo. Es la Cruz, quizá más que el Cristo crucificado, la que ha tenido más éxito por su más fácil representatividad. Cristos contorsionados, sufrientes y doloridos aparecen en tiempos de tragedias sociales; Cristos en trono de gloria en épocas de triunfo del cristianismo.

San Juan de la Cruz intuyó la grandeza de la acción de un Cristo crucificado y muerto: muriendo en la cruz, en soledad absoluta, “desamparado” de las fuerzas naturales y del Padre, "hizo la mayor obra que en toda su vida [...] que fue reconciliar al género humano por gracia con Dios". Y lo más fecundo de esta dramática situación es que funciona como norma selectiva de los que Dios elige para hacer grandes cosas en su Iglesia.

Santa Teresa ofrece un ejemplo de vivencia mística centrada en el Crucificado: “Yo solo podía pensar en Cristo como hombre” y más tarde encuentra en el "Cristo muy llagado" la motivación de su conversión y reforma interior. Su oratoria teresiana presenta la participación activa de la alma en la pasión del Señor, deseando consolarle y acompañarle en su camino hacia el Calvario.

La madre Teresa enseñaba a practicar una oración meditativa en un encuentro amoroso con el Cristo que el orante hace presente afectivamente con el recuerdo: acompañar a Cristo en sus sentimientos interiores, especialmente en los momentos de su pasión y muerte. “Si estáis alegres, miradle resucitado; ... Si estáis con trabajos o triste, miradle camino del huerto... O miradle a la columna, lleno de dolores... Miraros a él con unos ojos tan hermosos y piadosos, llenos de lágrima y olvidará sus dolores por consolar los vuestros”.

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Representaciones artísticas y patrimonio

El arte sacro ha reflejado la devoción al Cristo crucificado en múltiples obras y contextos. Por ejemplo, hay referencias a pinturas de Mateo Cerezo con medidas y localizaciones diversas, algunas firmadas y fechadas (por ejemplo: 207 x 163 cm, firmado y fechado: "Matheo Zereço f. 1660"), otras citadas por Ponz y con destino a altares y sacristías. Algunas obras han desaparecido o sido trasladadas, y su identificación puede presentar dificultades entre las múltiples Inmaculadas y Cristos atribuidos al autor.

Observaciones de inventarios históricos indican traslados, tasaciones y reubicaciones: obras regaladas para sustituir retablos dañados, trasladadas a sacristías, o colocadas en capillas, con referencias bibliográficas que permiten reconstruir parcialmente su trayectoria. La presencia persistente de la Cruz en catedrales, montes, tumbas y despachos pone de manifiesto la intensidad simbólica del Crucificado a lo largo de los siglos.

Tabla resumida: temáticas principales y fuentes

  • Proceso judicial y responsabilidades: narraciones evangélicas, magisterio conciliar.
  • Redención y designio divino: discursos de Pedro, cartas paulinas (1 Co, Rm, 2 Co).
  • Oblación y Eucaristía: institución de la Cena, doctrina sobre memorial y sacerdocio.
  • Espiritualidad del Crucificado: escritos de san Juan de la Cruz, santa Teresa, madre Teresa.
  • Arte y patrimonio: pinturas (ej. Mateo Cerezo), retablos, iconografía del Crucificado.

EL ROSTRO DE CRISTO EN EL ARTE PARTE II

La llamada del Cristo crucificado a su Iglesia es a la vez anuncio de redención, invitación a la conversión y modelo de oblación. Tanto la teología como la espiritualidad y el arte convergen en mostrar que la muerte de Cristo, aceptada libremente y ofrecida por amor, cumple el designio salvífico de Dios y permanece como centro de la vida eucarística y misionera de la Iglesia.

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