Pavos, pasta, guita, mosca, parné, cuartos… El español tiene mil formas de referirse al dinero. Todas las aquí dichas provienen del lenguaje popular, que para Antonio Machado era el verdaderamente sabio. De ahí que cada una tenga su historia.
Algunas locuciones populares aluden a monedas ya desaparecidas y, si se desmenuzan, dicen muchas cosas sobre nuestro pasado. Ese es el caso de expresiones como “ser más falso que un duro sevillano”, dicha del que es jactancioso, fariseo o impostor. La voz de alarma la dio el director de la sucursal barcelonesa del Banco de España tras toparse con unos duros de los que no podía decir si eran verdaderos o falsos. Corría el año 1894, y aunque la falsificación de monedas era un mal endémico de la economía española, los técnicos de la Casa de la Moneda, en Madrid, jamás se habían topado con algo semejante.
¿Qué tenían de especial los “duros sevillanos”?
El peso, ley y grabado de los ejemplares remitidos desde Barcelona eran de una calidad excepcional. Precisamente por eso, en un primer momento el Ministerio de Hacienda trató de esconder el asunto. Una estrategia cortoplacista, pues en poco tiempo aquella remesa de duros misteriosos ya había inundado el mercado y la prensa les había puesto un apodo.
Pero si las falsificaciones eran un problema conocido, ¿qué tenían los duros sevillanos como para romper el molde? Hasta ese momento, el talón de Aquiles de los falsificadores había sido la necesidad de usar metales de menor valor, que bañaban con oro o plata. Para empezar, muchos mostradores acostumbraban a ser de mármol. Así, los tenderos podían lanzar contra él alguna moneda de la que sospecharan. Para el oro buscaban un timbrado agudo y prolongado en el tiempo, mientras que un sonido seco y similar al de la hojalata delataba a una pieza falsa. Con la plata, su calidad se podía adivinar por la altura del rebote al lanzarla sobre el mostrador. Pero nada de eso servía con los duros sevillanos, que estaban hechos íntegramente en plata.
Contexto económico y técnico del fraude
El fraude se gestó en los años ochenta del siglo XIX, y, según Martorell, más de un economista ya lo había anunciado. A mediados de siglo se habían descubierto nuevos yacimientos de plata en Nevada (EE. UU.). Los falsificadores se lanzaron a hacer duros de plata auténtica cuando el precio del metal se situó por debajo del valor de la moneda. La consecuencia era evidente. Una vez que el valor de esa materia prima cayera por debajo de las cinco pesetas, los falsificadores se lanzarían a hacer monedas con plata auténtica, algo que ocurrió cuando los 25 gramos (los que poseía un duro) se situaron por debajo de las tres pesetas.
Por supuesto, al principio fue el Gobierno el que se benefició del desfase, al ser el teórico monopolista de la emisión. Los comerciantes no tenían medios para verificar la legitimidad de un duro, pues el ministerio no había emitido una guía o consejos de ninguna clase. El caso de los duros sevillanos fue la gota que colmó el vaso de un problema antiquísimo.
Redes, protagonistas y economía de la falsificación
Martorell lo ilustra con la divertidísima historia del diputado José Luis Albareda, que en 1870 se dolía ante el Congreso por la vergüenza que había pasado en la frontera con Francia al verse retenido por los funcionarios galos. Y es que había tanta falsificación en España que el país vecino temía que el problema saltara los Pirineos.
No se trataba de cacos semianalfabetos, sino de verdaderas redes mafiosas. Para acuñar moneda que diera el pego era necesaria una buena inversión inicial, es decir, algún industrial o burgués con capital. Conseguida la maquinaria y un almacén grande, pero a la vez lo suficientemente discreto como para pasar desapercibido, el siguiente paso era la contratación de los falsificadores. El último eslabón de la cadena eran los expendedores. Y, ahí sí, había personas de toda clase.
Erаn muchos, porque utilizar moneda adulterada no suponía un delito hasta que no se superaban las 25 pesetas. La mayoría de las veces, los imputados de falsificación se libraban de la cárcel con solo una acusación de tentativa. Para aplicar la cadena perpetua debían existir pruebas evidentes de un delito consumado, es decir, la presencia de troqueles, prensas, moldes o cuños junto a moneda terminada.
La respuesta del Estado y la reforma de 1908
Durante años, la cartera de Hacienda pasó por varios ministros sin que ninguno resolviera el problema, ni siquiera cuando aparecieron los dichosos “sevillanos”. Sin embargo, en 1908 la situación ya excedía la capacidad del Gobierno para disimular. Por eso, en 1908, el gobierno del conservador Antonio Maura decidió rescatar a una vieja figura de la política española.
Letrado especializado en economía, Cayetano Sánchez Bustillo había gestionado diligentemente varias carteras del área económica del Estado. Haciendo virtud de la inocencia, inquirió a la Casa de la Moneda lo que nadie se había atrevido a preguntar: cuánta moneda falsa había en España. La institución no tenía la menor idea. Si quería actuar, al ministro solo le quedaba una opción: tirar por la calle de en medio y retener toda la moneda de apariencia ilegítima. En compensación, el portador obtendría un recibo por valor del precio de mercado de la plata, sin contar los gastos de gestión.
La medida provocó un caos mayúsculo porque nadie iba a entregar moneda falsa a cambio de menos de su valor. Entre el 10 y el 24 de agosto, cualquier portador de un duro de apariencia ilegítima podía canjearlo por su valor exacto, cinco pesetas. Con el precio de la plata bajo mínimos, aquello no serviría de nada si no se atajaba la falsificación. Bustillo lo logró controlando la materia prima, algo que se empezó a hacer en 1908. A partir de entonces, un decreto limitaría los puertos -todos supervisados por el Estado- por los que podía entrar dicho metal.
Aunque Sánchez Bustillo no lo llegó a ver, pues murió ese mismo año, su plan logró recuperar la confianza del público en el sistema monetario. Por supuesto, eso no significa que los falsificadores se esfumaran. Y ahí siguen hoy. Según el Banco Central Europeo, en 2020 se detectaron diecisiete billetes falsos por cada millón de ellos.
De "duros sevillanos" a metáforas del engaño: la evolución de la expresión
Expresiones como “ser más falso que un duro sevillano” surgieron en ese contexto de desconfianza monetaria para señalar impostura, jactancia y falsedad. Con el tiempo, comparaciones similares se adaptaron a otras referencias culturales e históricas. Así, la frase "más falso que la catedral de Burgos" aparece hoy como hipérbole que busca enfatizar la falsedad de alguien o algo en contextos políticos o mediáticos, aunque su origen no sea literal sino metafórico y derivado de ese amplio bagaje de dichos populares que relacionan objetos de referencia (monedas, edificios, personajes) con la idea de lo engañoso.
Un ejemplo contemporáneo es la alusión del diputado Óscar Clavell, que achacó una supuesta falsedad al templo de ocho siglos de historia en la comisión de investigación de financiación del PP. El presidente de la comisión, Pedro Quevedo, aseguró que Clavell le había dejado "preocupado" por esa frase, dicha en la comparecencia de Pablo Crespo, mientras el autor de la misma se reía. Ese uso ilustra cómo la expresión se emplea hoy en el discurso público para remarcar desconfianza, sarcasmo o acusación de fraude, apoyándose en la resonancia simbólica de la catedral como icono histórico y cultural.

La Catedral de Burgos como símbolo cultural y motivo de la metáfora
La Catedral de Burgos ha pasado por variados y enriquecedores momentos a lo largo de los siglos. Las sucesivas obras y ampliaciones de acuerdo con las necesidades de la Historia la han convertido en Patrimonio de la Humanidad. Las inauguraciones de capillas y espacios, destinadas a servicios religiosos y a la alabanza divina, han respondido a las necesidades sociales de cada momento y han estado enriquecidas por maravillosas obras de arte.
Aquí dejaron los artistas más destacados del gótico y del renacimiento sus obras más significativas en arquitectura, escultura y pintura. El 21 de julio de 1221 coinciden en Burgos el Rey Fernando III, el santo, y el obispo. Una vez eliminada la antigua catedral románica, es colocada la primera piedra del nuevo templo el 21 de julio de 1221. El lugar elegido fue la actual base del cimborrio y el modelo la planta de las catedrales francesas. La cabecera fue concluida en una década con el fin de que sirviera para el culto ya hacia 1230.
El largo periodo del estilo gótico se completa en la catedral con tres obras que la hacen más esbelta y majestuosa porque sus agujas y pináculos nos hacen contemplarla mirando hacia arriba. A finales del siglo XV y principios del XVI llega a Burgos el Renacimiento, que procede de Italia y que recoge en Burgos, especialmente en los retablos, las tendencias aún latentes del gótico. Uno de los retablos más significativos es el de la Capilla de Santa Ana, obra de Gil de Silóe. Muy cerca de esta capilla su hijo Diego ejecuta, después de volver de Italia, la Escalera Dorada, maravillosa obra de arquitectura y escultura que asciende hasta puerta de Coronería.
Daños, restauraciones y valor patrimonial
La noche del 3 al 4 de marzo de 1539 se hundió estrepitosamente el cimborrio o aguja que se había construido bajo la iniciativa de don Luis de Acuña. El mismo día 4 se reunió el Cabildo “para buscar remedio e dar orden cómo se torne a hacer”. Ya en el año 1940 comenzaba la reconstrucción de un nuevo cimborrio con un proyecto de Juan de Langres y una ejecución de Juan de Vallejo. La doble balconada y los escudos de los colaboradores están rematados por una inscripción que tiene un claro mensaje de alabanza a Dios.
El 13 de junio de 1813 la explosión del castillo, sitiado en la parte alta de la catedral, afectó fundamentalmente a las vidrieras: solo quedaron a salvo el 50 % de las del Condestable, el rosetón del Sarmental y los dos óculos de las portadas laterales. La recuperación de estas vidrieras ya ha sido técnicamente inviable a excepción de algunos ventanales recuperados del depósito recogido en aquellas fechas, y otras más modernas para el crucero según diseño de Vicente Lampérez o las del año 2002 para el cimborrio.
La catedral de Burgos recibe un reconocimiento a través de la Real Orden de 8 de abril de 1895, por la que es declarada Monumento Nacional Histórico-Artístico. Este honor se convertiría en el valor universal excepcional de la catedral por medio del reconocimiento que la UNESCO le otorgó el 13 de octubre de 1984, siendo la catedral uno de los emblemas patrimoniales de España.
Leyenda y simbolismo popular: el Papamoscas
La Seo Burgalesa esconde entre sus muros una historia llena de fantasía y realidad popularmente conocida como el ‘papamoscas’. Cuenta la leyenda que la catedral de Burgos recibía diariamente de incógnito la visita del Rey Enrique III el doliente, que acudía al templo todos los días a rezar movido por su fe. La pérdida de su amor lo llevó a encomendar a un artesano morisco que recreara a su amada, quien además pidió que la figura emitiera un sonido al toque de las horas para eternizar el lamento de la mujer y que resonara constantemente en su corazón.
La figura fue colocada encima de un reloj veneciano en el interior de la Catedral. Enrique III quiso inmortalizar el recuerdo de su amada; hoy se conoce esta imagen como el Papamoscas por abrir y cerrar la boca cada vez que da las horas. Muchos peregrinos del Camino de Santiago conocen la leyenda y cuando buscan descanso se dirigen a la Catedral de Burgos para ver cómo el Papamoscas marca las horas.
Conclusión interpretativa sobre la expresión
La expresión "más falso que la catedral de Burgos" funciona hoy como una hipérbole que aprovecha la fuerza simbólica de un monumento reconocido para denunciar falsedad, impostura o fraude. Aunque la catedral en sí es un monumento de valor incuestionable, la frase es un reflejo del imaginario colectivo: las comparaciones con objetos o instituciones veneradas sirven para subrayar la gravedad de una acusación. Así, conceptos procedentes de la historia monetaria -como los "duros sevillanos"- coexisten con referencias arquitectónicas y leyendas populares para enriquecer nuestro lenguaje figurado.