“Yo la voy a enamorar: la llevaré al desierto y le hablaré al corazón” (Os 2,14). Con estas palabras del profeta Oseas, quiero suavizar un poco la hostilidad que evoca la palabra desierto, como lugar improductivo, capaz de tragarnos, hasta hacernos morir. El desierto será lugar de encuentro para el enamoramiento.
Y en palabras del Principito, saberlo ver como lugar que esconde un tesoro, un pozo con agua que hace posible la vida. De entrada, deciros que no estamos hechos para el desierto. Aunque también es verdad que el desierto, como lugar de encuentro con Dios y con nosotros mismos, es una experiencia enriquecedora, siempre y cuando Cristo esté en el centro de esta soledad, y el objetivo sea el encuentro relacional con Él.

El desierto en la Biblia: cuna de una humanidad nueva
El cimiento fundante de la espiritualidad del desierto lo hallamos en la Biblia. Hay en mí una absoluta convicción de que en la Biblia está contenida toda la historia humana y espiritual de la humanidad. Nada de cuanto acontece al ser humano queda fuera de esa historia de amor y pasión, de extravío y salvación, de guerra y paz, de esperanza, de fe y confianza en Dios y su Cristo.
Por otra parte, en el Nuevo Testamento hallamos la humanidad nueva que estamos llamados a ser. “Irá Juan delante del Señor con el espíritu y el poder del profeta Elías, para reconciliar a los padres con los hijos y para que los rebeldes aprendan a obedecer. De este modo preparará al pueblo para recibir al Señor” (Lc 1,17). Ser un pueblo de corazón bien dispuesto.
Por otra parte, en el Antiguo Testamento, nos encontramos, con todo detalle, quién es realmente el ser humano. Y justamente, los libros que más lo ilustran son los libros del Éxodo y el de los Números. Estos dos libros son los que nos introducen de lleno en el desierto. Ellos nos relatan el gran itinerario de la vida de la humanidad.
Para el pueblo, el desierto será el lugar del encuentro con Dios, el lugar de la prueba, de las dificultades, tentaciones y las murmuraciones contra Moisés y contra Dios. Fue un tiempo largo de incomodidades humanamente insoportables. Israel se iba fiando de Dios a medida que iba viendo la evidencia de su presencia, velada, pero perceptible, en medio de las necesidades.
Dios peregrina con ellos por el desierto, se hace presente guiándolos mediante la nube durante el día y la columna de fuego durante la noche. Dios dirá: “Os he llevado sobre alas de águila” (Ex 19,4). El pueblo creyente aprende que, la peregrinación humana en el desierto se hace historia conducida por Dios. Hoy, Jesús es quien conduce nuestro peregrinar.
Abraham y Moisés: padres de la fe en camino
En el origen, Dios elige un hombre: Abraham. La llamada lleva consigo una exigencia: obedecer. “Sal de tu tierra a la tierra que yo te daré” (Gn 12,1). Para el hombre que se arriesga a decir sí a Dios, todo va en fe y confianza. En su corazón, Abraham sabe que va de la mano invisible de su Dios, que se le ha mostrado como amigo.
Junto a Abraham, otro hombre: Moisés. Él será el gran peregrino de la espiritualidad del desierto de toda la humanidad. Moisés comprometió su vida para realizar el plan al que Dios lo retaba. Gastó fuerzas y energía para llevarlo adelante. Amó a su pueblo y le permaneció fiel. El gran Moisés ha quedado por los siglos como ejemplo de seguimiento y cumplimiento de la voluntad de Dios.
La primera vez que Moisés se encontró con Dios en el desierto del Sinaí, fue a raíz del hallazgo de la zarza ardiente. Ante aquel fuego que no se consume, Yahvé se manifiesta a Moisés: “Claramente he visto cómo sufre mi pueblo... Por eso he bajado, para salvarlos” (Ex 3,7). “ve, yo te envío/ yo estaré contigo” (Ex 3,1-15).
- “Toda la comunidad de los hijos de Israel se marchó del desierto de Sin, por etapas, según la orden del Señor, y acampó en Refidín, donde el pueblo no encontró agua que beber” (Ex 17,1-7).
- “Yo estaré allí ante ti, junto a la roca de Horeb. Golpea la roca, y saldrá agua para que beba el pueblo” (Ex 17,6).
- “El Señor dijo a Moisés y a Aarón: Por no haberme creído... no haréis entrar a esta comunidad en la tierra que les he dado” (Nm 20,1-13).
La experiencia del desierto tiene un balance distinto para Dios que para el pueblo: no niega que los israelitas «en el desierto se rebelaron contra el Altísimo» (Sal 78,17); pero él sabe que esa experiencia ha cambiado al pueblo.
Voz profética en el lugar de la prueba
Los grandes profetas de Israel son la “voz del que grita en el desierto: ¡Preparad un camino recto al Señor!” (Jn 1,23). El profeta aparece cuando las necesidades producidas por las crisis le reclaman. Fueron despreciados y maltratados, no se les quería escuchar. El profetismo sigue vivo en nuestro tiempo.
De entre ellos, “surgió un profeta, como un fuego, cuyas palabras eran horno encendido” (Eclo 48,1). Su nombre, Elías, significa “Mi Dios es Yahvé”. Fue un contemplativo amante de la escucha de Yahvé. En el silencio de una cueva, a fuerza de silencio orante, aprende a esperar el paso del Señor, captando que “no está en el viento el Señor... Después se oyó un susurro suave y delicado” (1Re 19,12).
En su fuga, se adentró en el desierto. Allí, su abatimiento tocó límite, echado bajo una retama se deseó la muerte exclamando: “¡Basta ya, Yahvé! Quítame la vida”. Sintió que Dios le reconfortaba: “Levántate y come, porque el camino es superior a tus fuerzas... y con la fuerza de aquel alimento caminó cuarenta días y cuarenta noches” (1R 19,6-8).

Jesús en el desierto: tentación, oración y victoria
Los seguidores de Cristo, en Él hallamos la figura central y motivadora de toda llamada y vocación. Vemos a Jesús retirarse al desierto para encontrarse, por medio de la oración, con Dios su Padre. El desierto será el lugar de la prueba.
En el desierto, a solas consigo mismo, Jesús es puesto a prueba por el diablo. Allí se pone de manifiesto no su divinidad, sino su humanidad. El tentador desafía la fuerza interior de la fe de Jesús en Dios. Jesús vence donde nosotros hemos sucumbido. Su amor salvador radica en asumir nuestras propias pruebas y caídas, para redimirlas.
- “Jesús se retiraba a orar a lugares apartados” (Lc 5,16).
- “Jesús se fue a un monte a orar y pasó toda la noche orando a Dios” (Lc 6,12).
- “Un día estaba Jesús orando, Él solo” (Lc 9,18).
- “Cuando oréis, decid: Padre... No nos expongas a la tentación” (Lc 11,1-4).
Desde esta experiencia orante, Jesús exhorta a los discípulos a “orar siempre sin desfallecer” (Lc 18,1). Que sea su Palabra, entonces, quien acompañe nuestra peregrinación por el desierto, lugar de desolación, de enfrentamiento con el Tentador, pero también, ámbito para el encuentro con Dios.
Las tentaciones: carne, ojos y soberbia
El Tentador propone a Cristo tres pruebas que, en cierta forma, se corresponden con todos los deseos, esperanzas y anhelos del hombre. San Juan, en su primera Carta, los compendia así: “la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida” (1 Jn 2,15-16).
- La primera tentación está referida a la concupiscencia de la carne. “No solo de pan vive el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios”. Él es la Palabra, Él es nuestro alimento imprescindible.
- La segunda tentación pretende distorsionar los deseos del alma bajo la forma de vanagloria. Usar de lo religioso para el provecho propio, instrumentalizar lo sagrado para obtener reconocimiento y gloria temporal.
- La tercera tentación es la soberbia: la idolatría, el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios. Jesús responde siempre con la Palabra de Dios, con lo cual nos enseña el valor que la Escritura tiene para combatir al Demonio.

La Cuaresma: nuestro desierto compartido
La Cuaresma es un tiempo sagrado para nosotros, los cristianos, donde nos embarcamos en un viaje espiritual de reflexión, penitencia, y preparación. Al igual que el pueblo de Israel, que pasó cuarenta años en el desierto antes de entrar en la Tierra Prometida, nosotros también recorremos nuestro propio desierto espiritual durante la Cuaresma.
El desierto es un lugar de soledad, de prueba y de encuentro con Dios. Durante la Cuaresma, nos unimos en este viaje de autoconocimiento y transformación. Es un tiempo de ayuno, oración y penitencia. En este desierto espiritual, somos llamados a examinar nuestras vidas, a reconocer nuestras faltas y a buscar la reconciliación con Dios y con los demás.
El desierto cuaresmal también nos invita a la solidaridad y a la caridad. Nos unimos en oración y acción para ayudar a los necesitados, para ser instrumentos de amor y de esperanza en el mundo. En este viaje cuaresmal, no estamos solos. Nos acompañamos mutuamente como comunidad de fe.
Cuaresma, camino hacia la Pascua
De la sed al agua viva: símbolos para el peregrino
El agua es el elemento básico para que haya vida. “El pueblo no encontró agua que beber” (Ex 17,1). La forma en que Dios calma la sed en Masá y Meribá quedará en la memoria del pueblo como el signo del poder de Dios. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo (Sal 42,3). Mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti como tierra reseca agostada sin agua (Sal 63,2).
“Yo estaré allí ante ti, junto a la roca de Horeb” (Ex 17,6). Para el pueblo judío, la imagen de la roca es una imagen muy sugerente para aplicársela a Dios. “Sólo él es mi roca y mi salvación, mi alcázar: no vacilaré” (Sal 62,3). “[Nuestros padres] bebieron de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo” (1Co 10,4).
- “Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación” (Is 12,3).
- “Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo” (Sal 23,4).
- “La mujer huyó al desierto donde tiene un lugar preparado por Dios para ser alimentada” (Ap 12,6).

Peregrinos católicos: del éxodo a la vida cotidiana
Ser peregrinos. Nuestra casa y nuestra patria no son terrenas. “En este mundo no tenemos una ciudad que permanezca para siempre, sino que vamos en busca de la ciudad eterna” (Hb 13,14). Ser peregrinos será nuestra condición hasta la Jerusalén celestial.
Para nosotros, orar será participar de su experiencia, contar con Dios en la vida diaria, abriéndonos a su presencia íntima. Nos sostenemos unos a otros en la oración y en el testimonio de vida cristiana. La peregrinación humana en el desierto se hace historia conducida por Dios.
“Os doy este mandamiento nuevo: Que os améis los unos a los otros. Así como yo os amo, debéis también amaros los unos a los otros” (Jn 13,34). Y este amor del discipulado, ha de ser el que haga florecer las tierras resecas del corazón, devolviéndoles la vida para que vuelvan a florecer.
El sacerdote como compañero y guía en el desierto
“El les dijo: Venid vosotros aparte a un lugar desierto, y descansad un poco... Venid a un lugar desierto”. Significa, entre otras cosas, un lugar privado, de protección y cuidado de las personas más cercanas. Por eso nuestra vida espiritual es algo maravilloso, en medio de nuestras tribulaciones diarias, porque nos permite experimentar el cuidado afectuoso de Cristo, su pastoreo, su atención a nuestras necesidades.
Que sea Él, ahora y siempre, el Único necesario, el verdaderamente importante en este camino. Cuidado, el activismo tiene un precio. Sin embargo, para experimentar esta realidad del desierto hay que tener la valentía de desconectarse, porque hay muchas ovejas que no se dejan cuidar por el pastor.
- El sacerdote acompaña: “Que sea su Palabra, entonces, quien acompañe nuestra peregrinación por el desierto”.
- El sacerdote custodia el descanso: “día del Señor y día para contemplar el reposo”.
- El sacerdote arma para el combate: “Nos advierte que la vida cristiana es combate, es militante”.

Herencia del desierto: padres, madres y monjes
Durante los primeros siete siglos del cristianismo, se fue forjando lo que llamamos la tradición de los padres y madres del desierto. Hombres y mujeres que se retiraron, atraídos por la soledad y el silencio de la Tebaida, en busca del encuentro con Dios.
Los más conocidos padres y madres del desierto fueron: Antonio, siglo III; Pacomio, siglo IV; Casiano; Evagrio el solitario; Juan el Venerable; Simón el estilita; Sinclética de Alejandría, siglo IV; Amma María, hermana de Pacomio; Macrina. Ya como fundadores del monacato y vida contemplativa tenemos a Benito y Escolástica de Nursia, Francisco y Clara de Asís. Y los más allegados como, Teresa de Ávila, Juan de la Cruz, y tantos otros.
Hay numerosos libros que describen la vida de los anacoretas, tales como: “Pustinia”, “La Filocalia”, “El peregrino ruso”, “Apotegmas de los padres-madres del desierto”, “Las Colaciones de Casiano”, la Regla de Benito, las Obras de Teresa de Jesús y Juan de la Cruz.
- Para el contemplativo: “la materia propia del desierto ha de ser breve y esencial, precisamente para alimentar una oración profunda y dilatada en el tiempo”.
- Para el laico: “Todo esto sirve tanto para realizar una experiencia de desierto lejos del mundo como la que se lleva a cabo en la soledad radical en medio del mismo”.
Tabla de resonancias del desierto
- Lugar de prueba: “¿Está el Señor entre nosotros o no?” (Ex 17,7).
- Lugar de sed: “Mi alma tiene sed de Dios” (Sal 42,3).
- Lugar de escucha: “susurro suave y delicado” (1Re 19,12).
- Lugar de cuidado: “Os he llevado sobre alas de águila” (Ex 19,4).
- Lugar de amor: “la llevaré al desierto y hablaré a su corazón” (Os 2,14).
Lo más real es que Dios nos quiere en relación y felices en el jardín del amor. Nuestra realidad es esta: ser portadores de la esperanza que nos hace capaces de hacer florecer el desierto del mundo, para convertirlo en jardín. El desierto transforma, hace madurar, puede ser el origen de un nuevo inicio.

Desierto interior: tentaciones, caridad y esperanza
Pero también el desierto es el lugar de la tentación. Quisiéramos que una vez comprobada nuestra entrega al Señor, ya no pudiera haber tentación ni marcha atrás, pero el camino está lleno de caídas, de luchas, de encuentros y desencuentros. ¿Cuáles son las tentaciones que nos hacen olvidar el amor de Dios y el amor al prójimo?
Escuchamos la Palabra mientras no nos inquiete ni perturbe demasiado, mientras vaya de acuerdo a nuestra forma de vivir y no cuestione nuestros egoísmos e injusticias. Acogemos la idea un Dios complaciente y benévolo, pero no aceptamos a Dios que cuestiona nuestra vida, que nos exige la justicia con el hermano, que rechaza nuestra corrupción y nuestros sobornos.
La rectitud y la justicia reinarán en todos los lugares del país. “El poder creador del Señor vendrá de nuevo sobre nosotros, y el desierto se convertirá en vergel, y la tierra de cultivo será mucho más fértil.” El amor es la fuente de la vida: “Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación” (Is 12,3).
Seres humanos, hijos de Dios, cuidados con ternura por Él, y llamados a deleitarnos con Dios mismo. “Lo encontró en una tierra desierta, en una soledad poblada de aullidos: lo rodeó cuidando de él, lo guardó como a las niñas de sus ojos” (Dt 32,1-12). Él tiene un proyecto de amor y salvación para toda la humanidad.

Hoy, Jesús es quien conduce nuestro peregrinar. Que sea su Palabra quien acompañe nuestra peregrinación por el desierto, ámbito para el encuentro con Dios, espacio profundo para vivir y experimentar su amor. También a nosotros nos acompaña la seguridad de una presencia interior: Jesús.
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