Dios sale siempre a nuestro encuentro. En nuestras manos está seguirlo o rechazarlo. Mi nombre es Tulio y esta es la historia de cómo fui salvado por Dios.
Casado y con tres hijos menores, siendo de una familia católica, llevaba una vida normal, respetando siempre las reglas de la sociedad. Yo era consciente de la necesidad del amor y el cariño del padre y esposo que había en mi hogar; sin embargo, siempre solía escabullirme para dedicarme a los placeres del mundo. Llevando esa doble vida, quise ganar dinero fácil, por lo que no fue difícil que mi primo me convenciera. Un día se presentó en mi casa y me propuso entrar en el negocio de la venta de droga. Uno nunca se imagina la magnitud de los problemas que esta decisión puede causar en su vida y en la de su familia.
Una vez dedicado al tráfico ilícito de drogas, finalmente me detuvieron junto a mis cinco hermanos. Hace ya casi 12 años que dejé abandonada a mi esposa, a mis hijos y a mi madre. De la noche a la mañana me encontré en un submundo desconocido, diferente, una vida en la que el más fuerte domina al más débil. Empecé a conocer lo que es una prisión por dentro, y vi con mis propios ojos la crueldad y la forma de vida que se lleva en esos lugares. Quizá porque mi formación había sido diferente, de respeto a las reglas de la sociedad, me nombraron “delegado de deportes” y comencé a incentivar a mis nuevos compañeros a practicar el deporte y organizaba actividades deportivas para ayudarnos mutuamente.
Pero un hombre sin Dios es un ser débil e inseguro. Volví a caer, pero esta vez fue peor. De repente me encontré formando parte de los “consumidores” de drogas. Antes nunca había consumido, pero sucumbí con el mismo argumento con que cae la mayoría: trataba de calmar mis problemas. Así fue como llegué a exigirle a mi pobre esposa que me trajera dinero a la cárcel, aún sabiendo que yo no le había dejado ni un centavo. Ese vicio es un infierno, donde poco a poco uno se va quemando por dentro y hundiendo más y más en la miseria más tormentosa. Más de un año y medio pasé en ese infierno de las drogas, hasta que de repente surgió una luz para mi vida, una esperanza, un Dios que se hizo presente, o mejor dicho, que yo lo dejé actuar en mi vida.

Me trasladaron al penal Sarita Colonia, conjuntamente con mi hermano. Mi hermana, que estuvo recluida en Santa Mónica, había logrado su libertad y venía a visitarnos. Recuerdo que al final de cada visita nos decía: “Les voy a dejar unos diez “soles” (moneda peruana) a cada uno, porque acá no hay en qué gastar.” Un sábado, luego de la visita de mi hermana, sus palabras no se me iban de la mente. Me llegaron al corazón a tal punto que proyectaron luz en mi mente y mi corazón y con profundo amor pensé en los míos. Recuerdo que yo mismo me dije: ¿Por qué no me guardo los diez soles que me da mi hermana para dárselos a mis hijos? Era la primera vez que me acordaba de ellos y de mi esposa.
Recuerdo que le pedí al Señor que me diera fortaleza para vencer las fuerzas del mal, porque quería dejar esa droga maligna. Finalmente, el domingo siguiente decidí dejar la droga. No me imaginé lo difícil que sería, ni todo lo que tendría que afrontar. Pero el Señor lo tenía todo previsto; sabía que yo solo no lo podría hacer. En esos días, la Renovación Carismática Católica de la Pastoral del Penal iniciaba un Seminario de Vida en el Espíritu Santo y me animé a participar. El Señor es nuestro Libertador. Hace ya nueve años que dejé de consumir esa maldita droga, y no fumo cigarrillos ni bebo licor. No tengo palabras suficientes para agradecerle al Señor, ya que Él me llenó de su Espíritu para que mi vida cambiara.
Hace tiempo formamos nuestra comunidad católica en este Penal de El Callao y desde ese momento nos consideramos hijos de Dios y hermanos en Cristo. En esta comunidad sentí el llamado del Señor y la fuerza del Espíritu Santo para difundir la palabra de Dios en beneficio propio y rescatar a mis compañeros del vicio y del alcohol. En mis oraciones le pido al Señor que me siga dando fortaleza, para poder orientar a mis hermanos, y que tenga paciencia conmigo, hasta que logre mi conversión definitiva. Como todo hombre, muchas veces soy tentado, pero pienso en Dios y es Él quien me da la fuerza necesaria para poder apartarme de la tentación.
Durante este largo período he recuperado mi autoestima y a mi familia. Estoy aún en la cárcel, pero me siento libre y feliz porque sé que tengo una familia unida. Mi amor a ellos es lo más inmenso que puedo brindarles, cuando antes se lo negaba. Naturalmente le doy infinitas gracias al Señor por mi conversión. Yo encontré a Dios en la cárcel y hoy sé que Él me ama con un amor incondicional, a pesar de lo que hice. Me ama mucho, con mis defectos y virtudes. Sé que Él tomó la iniciativa de buscarme y llamarme.
Después de haber sido detenido fui extraditado al estado de Missouri, Estados Unidos. Allí fui acusado de una larga lista de crímenes. De cara a los años que me esperaban en la prisión, la esperanza de volver a ser hombre libre era muy remota. A la edad de treinta y dos años mi vida de crimen había llegado a su fin. Lo que me quedó fue una vida arruinada. Había perdido mi hogar, el auto respecto y mi libertad. Parece raro que a pesar de haber sido criado en tan buena familia como era la mía, me viera involucrado en el crimen. Todo comenzó por andar en malas compañías e ir a malos sitios.
Estando incomunicado, un hombre vino donde yo estaba y me dijo: “Si le oras a Satanás te sacará de aquí”. Esto era algo terrible, pero por desesperación lo hice. A los treinta días estaba fuera de la cárcel. Pero aquello fue una trampa terrible. Mi alma no me pertenecía. Estaba totalmente atado y bajo la influencia de Satanás. He descubierto que, una vez que estés bajo el poder de Satanás, él hará todo lo posible para mantenerte bajo su dominio. Yo hice cosas que nunca imaginé que haría.
Condenado a pasar el resto de mi vida en prisión y sin esperanza alguna de que se me concediera permiso ni perdón, me convertí en una persona amargada. Fue entonces cuando un rayo de esperanza apareció en mi camino. Dos ministros de la Iglesia de la Fe Apostólica me visitaron. También, había empezado a recibir la revista de Portland, Oregon. Un hombre que había estado en la cárcel por haber cometido asesinato se había convertido; él me animó a buscar al Señor. Comencé a preguntarme, “¿Había esperanza para alguien como yo que había despilfarrado su vida?”
Pero antes de que pudiera hallar respuesta a esa pregunta, me vi implicado en un motín de prisioneros que por poco me costó la vida. Una vez más me vi incomunicado, en una celda de 3m x 3m con una enorme puerta de hierro. Por cama tenía el suelo de hormigón. Me daban una comida cada tres días. Había un duro castigo por la infracción de cualquier norma. Algunas veces me colgaban por las muñecas. Y fue así, como el Hijo Pródigo de la Biblia, que entré en razón. De rodillas, en la oscuridad, sobre aquel suelo duro del calabozo, clamé a Dios. Una luz del Cielo atravesó aquella puerta de acero y penetró en mi alma.
Me faltan las palabras para contar el cambio radical y maravilloso que el Señor ha hecho en mi vida. Rodeado de criminales y homicidas, he probado que por la gracia de Dios se puede vivir la vida Cristiana dentro de la prisión. Después ocurrió algo inusual: uno de los ministros de la Fe Apostólica vino a verme otra vez. Normalmente no se le concede un pase al incomunicado. Pero me dieron un pase y pude hablar con él. Doy gracias a Dios desde lo más profundo de mi corazón por haber permitido ponerme en contacto con él. Volví a mi celda y pensé en lo que había dicho y oré así: “Señor, si es Tu voluntad que yo siga con estas personas, muéstramelo”. A no mucho tardar, cuando de forma milagrosa ¡fui puesto en libertad!
Cuando salí de la cárcel me fui a vivir a un pequeño pueblo, a unos ochenta kilómetros de St. Louis, Missouri, para estar con unos amigos y cerca de mi madre. Pero pronto sentí la necesidad de estar entre Cristianos. Me trasladé a St. Louis y allí, en la Iglesia de la Fe Apostólica, encontré un verdadero hogar con el pueblo de Dios. El Señor me restableció a una forma de vida honorable y por Su gracia pude enderezar mi vida pasada. Ahora tengo cientos de amistades Cristianas. He tenido el privilegio de viajar a lo largo y ancho de los Estados Unidos y testificar en honor al Señor en cárceles, prisiones e iglesias.
Desde que estoy en el Evangelio he tenido también el privilegio de testificar a muchos de mis familiares y he visto Dios llegar a sus vidas. No podían menos que sentir asombro ante lo que Dios ha hecho por mí.
Relatos y experiencias de otras conversiones en prisión
En Cesarea Pablo tuvo una audiencia ante Félix, el gobernador romano. En esos días Pablo había sido acusado de traición, herejía y sacrilegio. La audiencia no tuvo como resultado la liberación de Pablo. Durante dos años el apóstol estuvo en Cesarea esperando una audiencia final. Cuando Félix fue llamado a Roma, Pablo permaneció en prisión. Aproximadamente en el año 60, Félix fue substituido en la silla de gobernador por Porcio Festo. Festo, queriendo hacer un favor a los judíos, quiso que Pablo enfrentarse un juicio en Jerusalén. A esto se opuso Pablo, sabiendo que los judíos no deseaban darle un juicio justo. En cambio, apeló a César, lo cual era su derecho como ciudadano romano.
Durante su viaje a Roma, Pablo sufrió muchas dificultades. Después de su estancia de tres meses en la isla de Malta, como resultado de un naufragio, Pablo y sus compañeros viajaron de nuevo y finalmente llegaron a Roma. Allá, Pablo vivió en una casa alquilada por él mismo y gozó de cierta libertad. Según la tradición y por las deducciones que se pueden hacer de sus cartas, llegamos a la conclusión de que Pablo fue liberado después de dos años de estar preso. Posiblemente viajó hasta España y es probable que sus viajes lo hayan llevado a Macedonia. En algún momento de sus viajes, probablemente en el año 67 ó 68, el apóstol Pablo fue arrestado y llevado de nuevo a Roma. Esta segundo encarcelamiento fue diferente del primero en el sentido de que la libertad de Pablo fue casi totalmente restringida. Pablo fue encadenado y se le prohibió predicar abiertamente.
Nunca como hasta ese momento había experimentado tan vivas las palabras de Isaías: "He venido a anunciar la buena noticia a los pobres, a liberar a los cautivos, a dar a los presos la libertad" (Is 61, 1). Nunca como aquel martes en el que las escuché de boca de más de un centenar de hombres condenados a pasar sus días tras los muros de una prisión. Cruzamos el portón negro del penal acompañadas de las hermanas Teresa y Carlota, dos mujeres que han hecho del Evangelio una norma radical de vida y han decidido, por eso, gastar la mayor parte de su tiempo entre rejas.
Tras el portón, atravesamos multitud de puertas cerradas con llaves, candados y cerrojos. Atravesamos un estrecho callejón pintado con imágenes peruanas de vivísimos colores, y llegamos a una pequeña plazoleta alrededor de la cual se erigían cuatro o cinco pabellones de celdas. En cada uno viven más de 500 personas, aunque están construidos para albergar a unas 200. Entre las puertas de los pabellones, cerradas con llave a esa hora del día, había una que permanecía abierta de par en par, dejando a la vista una pequeña capilla presidida por la exposición del Santísimo.
"Cantamos con ellos, y al cantar, aquellos hombres criminales a los que la sociedad teme se convertían en auténticos niños. (…) Cristo les hizo vislumbrar la liberación": Hna. En seguida nos hicieron pasar al 'auditorio' en el que tendría lugar el retiro. Nos guiaban unos chicos con chalecos azules en cuya espalda se leía el título 'Misioneros'. También ellos viven presos, pero se encontraron a Cristo en la cárcel y, a partir de ese momento, viven una libertad jamás pensada.
En el auditorio, una nave amplia con bancas de piedra corridas y muros desgastados por la humedad y el tiempo, nos esperaban alrededor de 130 presos. En cuanto entramos, sentí sus miradas agradecidas y expectantes sobre nosotras. No sabemos sus historias, pero sus rostros nos hablaban. Se leía en ellos la sed, la esperanza y, sin duda, el dolor amargo de cada una de sus vidas. Pasamos la mañana con ellos, reflexionando juntos sobre las profecías mesiánicas que prometen que el Salvador viene, precisamente, "a anunciar la buena nueva a los pobres, a vendar los corazones rotos, a pregonar a los cautivos la liberación, y a los prisioneros la libertad".
Escuchaban nuestras palabras como si en ellas pudiesen encontrar al mismo Jesús y, en realidad, éramos nosotras las que íbamos viendo cómo la presencia de Cristo se hacía cada vez más clara y concreta en sus gestos, su respiración cansada, sus ojos agotados pero ciertos en la esperanza. Cantamos con ellos, y al cantar, aquellos hombres criminales a los que la sociedad teme se convertían en auténticos niños. Con los ojos entreabiertos y el rostro lleno de una conmoción sincera, entonaban con voz firme una canción que decía: "Poneos en pie y alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación". Lo cantaban con un convencimiento que impregnaba la música y llenaba de vida la Palabra.
Al final del día les preguntábamos si de verdad creen que Jesús puede salvarles. Varios de ellos respondían con una profundidad conmovedora: "Hermana, Jesús ya me ha salvado trayéndome a esta prisión, y alejándome de las cosas malas en las que andaba antes". Es así como nosotras, al compartir el día con estos hombres, hemos tocado la carne de la Palabra, el cuerpo vivo de Cristo que viene para ser Dios con nosotros, y nos permite percibir su mano tocando las vidas de aquellos que suplican para ser liberados, consolados, sanados.
Experiencias similares: jóvenes que encuentran la fe
La Pastoral Penitenciaria realiza una importante labor que en muchas ocasiones no es ni conocida ni reconocida. Sin embargo, gracias a la labor de numerosos capellanes y miles de voluntarios, muchos presos encuentran a Dios tras unas historias terribles que les han llevado a prisión. Es el caso de este joven de 25 años. Está actualmente en la cárcel andaluza de Jaén por homicidio, después de haber participado en una pelea que acabó con otro joven muerto. En una carta cuenta cómo se ha producido su proceso de conversión en el interior de la prisión y cómo da gracias a Dios por estar allí, pues ha sido el lugar donde asegura que ha encontrado la vida.
Pasaron los años y por ciertas circunstancias empecé a alejarme de Dios con todo lo que ello conlleva. Viví mi adolescencia consumiendo drogas, robando por gusto y haciendo daño a otras personas debido a mis actos. Con el tiempo fui a peor y acabé siendo una persona completamente distinta a la que mi familia había criado. Estaba en un camino totalmente opuesto a Dios. Sumergido en un mundo de violencia y delincuencia sin límites. Pasaron años hasta que un día, ese mundo al que yo había sucumbido voluntariamente, y esa persona en la que me había convertido con el paso del tiempo, me pasaron la mayor de mis facturas…
A los pocos días, me crucé con un interno del módulo (el cual a día de hoy sigue siendo un gran amigo), y este me puso una biblia en la mano, y me dijo: “¿sabes que solo Él puede ayudarte y sacarte de donde estás, no?”. Yo le respondí que me sentía sin valor suficiente como para acudir a Dios después de tanto tiempo y tanto daño que había causado a tantas personas. En seguida él se rió y me dijo: “Hermano, Él te conoce mejor que nadie y te ama más que nadie en este mundo, ¿a quién vas a acudir sino a Él?”. Aquel día, y después de tantos años, marcó un antes y un después.
Me decidí a redimirme y orar durante largo rato aquella noche pidiéndole al señor que me ayudara a deshacer a esa persona en la que me había convertido; que me ayudara a arrepentirme de corazón de todo el mal que había causado durante tanto tiempo y a tanta gente y que desde entonces no me permitiera volver a alejarme de él y que me guiase poniendo su luz en mi camino, para que en medio de tanta oscuridad no me perdiese de nuevo. Y así lo hizo. Aunque me costó asimilar el cambio que sabía que debía dar en mi vida. Poco a poco empecé a depositar toda mi confianza en Él, a estudiar el Evangelio a diario y a dedicar largos ratos de oración dándole gracias por no haberme abandonado después de tanto y de todo.
Después de 9 meses en la UTE (unidad terapéutica educativa) de Jaén, sigo agradeciéndole al Señor la gran oportunidad que me brindó al venir aquí, donde con su ayuda y la de todo el equipo de pastoral penitenciaria, funcionarios y educadores he podido darme cuenta de todas mis flaquezas y trabajarlas día a día. He podido reencontrarme con ese chiquillo que llevo dentro, ese que creció con una fe inagotable en Dios, la cual no deja de crecer cada día más. El pasado 25 de junio tuve el honor de recibir el sagrado sacramento de la confirmación por medio del señor obispo Don Amadeo. Fue un día en el que volví a sentirme como un niño, pude sentir como el Espíritu Santo se derramaba sobre mí y supe que desde entonces nada sería lo mismo.
Hoy en día y después de casi año y medio preso a la espera de juicio, le doy gracias al Señor por estar aquí. Porque lo necesitaba, Él lo sabía y no me abandonó. Vivía en oscuridad y ahora veo luz, había perdido la fe y ahora me empapo de ella cada día al despertar. Y ¿qué pasará conmigo en el futuro? No lo sé. Pero me basta con saber que Él estará conmigo y que velará por mí. Que a pesar de todo el mal que he cometido, en su inmensa misericordia ha sido capaz de perdonarme y de hacer borrón y cuenta nueva y que pase lo que pase estando a su lado seré capaz de superar cualquier bache en el camino.
Reflexiones finales integradas en el testimonio
Siempre me ha gustado la práctica piadosa del Vía Crucis, pero siempre la he visto como una cosa que te están contando y que tú estás viendo en película más o menos con tu imaginación. En el tiempo en prisión lo que más te martiriza es estar diciendo ¿esto por qué lo he hecho yo? ¿Cómo he sido capaz, cómo se ha derrumbado mi vida? Y tiendes a encriptarte en tu dolor y buscas culpables donde no los hay. De todas las veces que he escrito nunca “me he desnudado” tanto como en este Vía Crucis.
Hasta la novena estación es todo el proceso del pecado, del abandono de Dios, de la condena, y a partir de la tercera caída, cuando ya empieza realmente la crucifixión de Jesús y la entrega total es como tú te sientes en prisión, solo abandonado, si nadie a quien recurrir, hasta que te encuentras con Dios. No solo participaba, es que ha sido mi ancla. Saber que podía ir a misa cuando nos convocaban, al rezo del rosario y a todos los actos que hacían, es lo que ha permitido que no me sienta solo y que sienta la comunión de los Santos en la Iglesia.
Lo que te hace libre realmente es Jesús, las rejas de la cárcel no son nada en comparación con las rejas que yo tenía, como muchos seres humanos, en el corazón y en el alma. No puedes encontrarte con Cristo y seguir en la silla como el espectador que eras. Si tengo experiencia de algo en la vida es del amor de Dios y además, cuanto más te abandonas en Él y dejas de preocuparte de las cosas lo tienes mucho más patente. Cuando quieres llenar tu vida con cosas que no son el amor de Dios, te vas quedando vacío, sin sentido y haciendo daño.
Del todo todavía no me he perdonado, quizá por la soberbia de querer tener la perfección que no tengo. El perdón de Dios sabes que lo tienes, solo tienes que ponerte en camino, reconocerlo y el perdón lo tienes seguro. Las personas que te rodean unas te perdonarán y otras no lo harán nunca, te acostumbras, pero la gran dificultad es perdonarte a ti mismo. Siempre me he preguntado: ¿cómo he sido capaz de hacer esto? Mi perdón es un ejercicio que tengo que hacer todos los días cuando me levanto, darle gracias a Dios por el nuevo día, abandonarme en sus manos y pedirle que me ayude a aceptarme como Él me acepta. Esto es un regalo, te sientes acogido y querido y palpo el amor de Dios en cada momento.
Iniciar el día con la exposición del Santísimo y la eucaristía hace que lo que pase el resto del día te de igual, porque es como si la misa se continuara las veinticuatro horas del día.
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