La parábola del buen samaritano es una de las parábolas más conocidas de Jesús. Con ella aprendemos la importancia de tener un corazón tan lleno de amor y misericordia, que cuando alguien nos necesite no nos fijemos en su raza, religión o su clase social.
Contexto y motivo del relato
La parábola del buen samaritano fue la respuesta de Jesús a un maestro de la ley que le preguntó quién era su prójimo. Leemos en el capítulo 10 de Lucas, empezando en el versículo 25, estas palabras: «Cierto intérprete de la ley se levantó, y para poner a prueba a Jesús dijo: “Maestro, ¿qué haré para heredar la vida eterna?”. Y Jesús le dijo: “¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?”.»
El contexto en el que tenemos la parábola del buen samaritano es en el contexto de un breve interrogatorio que es provocado por este abogado que viene a Jesús y Lucas nos dice que su propósito de hacerle preguntas a Jesús no era porque estuviera buscando genuinamente sabiduría del Señor, sino que su propósito era poner a prueba a Jesús. Entonces fue a decirle: «Maestro, ¿qué haré para heredar la vida eterna?». Como abogado en Israel, se suponía que era un maestro de la ley del Antiguo Testamento.
Desarrollo de la historia
Cuenta la historia de un hombre, al parecer una persona judía, que ha ido de Jerusalén a Jericó. Cierto hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones quienes lo despojaron de su ropa, lo hirieron y se fueron dejándolo medio muerto. Por el camino pasaron otras tres personas.
- «Por casualidad cierto sacerdote bajaba por aquel camino, y cuando lo vio, pasó por el otro lado del camino.»
- «Del mismo modo, también un levita, cuando llegó al lugar y lo vio, pasó por el otro lado del camino.»
- «Pero cierto samaritano, que iba de viaje, llegó adonde él estaba; y cuando lo vio, tuvo compasión.»
Los samaritanos y los judíos tenían cierta rivalidad. Los samaritanos eran considerados inferiores y herejes. Sin embargo, el samaritano sintió misericordia por el hombre tirado en el camino. Se detuvo a ayudarlo, vendó sus heridas y lo llevó a un lugar donde lo cuidó.

Acciones concretas del buen samaritano
La compasión que tenía lo llevó a la acción. No solo dijo: «Diré una oración por ti, amigo, siento tu dolor» y continuó. Actuó para hacer todo lo que estaba a su alcance para mostrar misericordia a este enemigo que había caído entre ladrones. «Acercándose, le vendó sus heridas, derramando aceite y vino sobre ellas; y poniéndolo sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un mesón y lo cuidó.»
Lo llevó al mesón. Le consigue una habitación en el mesón. Se asegura de que el hombre reciba todo lo que necesita en el mesón, toda la comida y todos los cuidados. «Al día siguiente», se quedó toda la noche en el mesón solo por este pobre hombre. Cuando partió, sacó dos denarios que le dio al mesonero y le dijo: «Cuídalo. Cueste lo que cueste, cuídalo. Cueste lo que cueste, cuídalo.»
Seis etapas de la conducta del samaritano
- Conciencia: “El samaritano vio a la víctima” y su mirada se dejó tocar y conmover por las trágicas condiciones en que se encontraba el desdichado.
- Compasión: «y cuando lo vio, tuvo compasión». La compasión no es piedad ni superioridad, sino dejarse sacudir y conmover por el sufrimiento de los demás.
- Proximidad: «se acercó a él»; al romper las distancias físicas y culturales, se produce el encuentro entre el salvador y el rescatado.
- Compartir: «Vendó sus heridas echándole aceite y vino»; el samaritano aporta recursos concretos para aliviar el sufrimiento.
- Responsabilidad: lo llevó al mesón y pagó por su cuidado; organizó un plan de ayuda y no dejó la tarea a medias.
- Esperanza: su acompañamiento y compromiso dieron continuidad y posibilidad de recuperación al herido.
Lecciones teológicas y éticas
Jesús le preguntó al maestro de la ley cuál de los tres demostró ser el prójimo del herido. «El que hizo misericordia con él» fue su respuesta. Con esta parábola aprendemos la importancia de amar y tener compasión de los demás, sean quienes sean. El gran mandamiento de amar a Dios con todo nuestro ser y a nuestro prójimo como a nosotros mismos, es uno que lleva a la acción: ¡debe practicarse!
El amor que viene de Dios está libre de prejuicios. No se fija en la raza, el sexo, la condición social, o cualquier otra cosa para decidir actuar o no. Es un amor que traspasa todas las barreras que los humanos podamos levantar, para alcanzar a todos. El samaritano no tenía obligación de ayudar al judío tendido en el camino. Pero su compasión fue más grande que cualquier prejuicio. Y así debe ser. Ayudemos a nuestro prójimo, amemos de forma práctica a quienes lo necesitan.
Jesús está ofreciendo la promesa de la vida eterna, en este punto, a una persona que todo lo que tenía que hacer era guardar el gran mandamiento o guardar la ley de Dios. El asunto aquí no era legal o intelectual, era espiritual. Como explica el Dr., lo que la ley hace es exponer nuestro pecado y nuestra necesidad si la examinamos correctamente.
Contra la indiferencia y a favor de la acción
El papa Francisco, predicando sobre esta lectura, dijo: “El sacerdote y el levita ven, pero ignoran: miran, pero no se ofrecen a ayudar. Sin embargo, no hay verdadera adoración si no se traslada al servicio del prójimo.” No permitas que nos olvidemos de esto: ante el sufrimiento de tanta gente exhausta por el hambre, la violencia y la injusticia, no podemos permanecer como espectadores.
Hace algunos años, asaltaron a un presentador de noticias en Nueva York-pasó justo en frente de su apartamento. Lo golpearon, lo derribaron y quedó tendido en el suelo. Horas después, cuando lo rescataron, Hugh relató la escena aterradora: estaba tirado allí, en medio de la oscuridad, viendo a la gente pasar sin prestarle atención. Y no es un caso aislado.

Aplicaciones prácticas en la sociedad actual
Analizando la historia, en primer lugar, se cree que la infortunada víctima es la única herida en la historia. En realidad, cada uno de los personajes de la historia está herido: los bandidos están socialmente heridos; el levita y el sacerdote están heridos por las expectativas y condicionamientos religiosos; el posadero vive quizás en una situación de precariedad económica; el samaritano está herido a nivel psicosocial.
Los tres protagonistas de la historia se encuentran con la víctima, pero todos lo ven con ojos y corazones diferentes. Los dos primeros lo observan rápidamente y pasan, porque condicionados por la cultura religiosa judía, y no debían mancharse las manos de sangre al socorrer a los heridos. Incluso el samaritano ve a la víctima, pero se siente interpelado por una escena dramática que no lo deja indiferente. Además, en sus viajes lleva consigo los medios de primeros auxilios dictados por la prudencia y el sentido común.
Implicaciones para la asistencia sanitaria y la acción social
La aplicación de este “Él lo vio” para nosotros implica la conciencia de acercarnos a los que sufren a través de un camino de formación humana, profesional, ética y pastoral. La aplicación de este segundo pasaje «tuvo compasión» implica para todo el que ayuda, de cualquier función o competencia, el arte de integrar las propias heridas como base y premisa para poder ofrecer escucha, empatía y ayuda a los que sufren.
La aplicación actual de este tercer pasaje “se acercó a él” implica el desafío de ser generadores de calor humano a través del don de la proximidad. El tiempo de la pandemia ha arrasado con esta dimensión profundamente humana de las relaciones a través del contacto, del apretón de manos, de la sonrisa. Ha sido un período histórico que ha deshumanizado los hospitales y las residencias de ancianos, el voluntariado, la muerte y las experiencias de duelo.
La aplicación de este cuarto pasaje “Vendó sus heridas echándole aceite y vino” se refiere al desafío de saber sacar a la luz una variedad de recursos, para aliviar y curar las heridas de los enfermos. La aplicación en la actualidad de este quinto pasaje «luego cargándolo en su jumento…», recuerda la importancia del acompañamiento, es decir saber recorrer un tramo de camino con alguien que se siente solo y desanimado.
Imitación de Cristo: el buen samaritano por excelencia
Jesús es el buen samaritano por excelencia. Él nos encontró… sin fuerzas, sin esperanza, vacíos y rotos. Jesús no solo se acercó: se inclinó, nos levantó, restauró nuestra vida y pagó toda nuestra deuda espiritual. Todo lo que Él ha tocado en nuestra vida lleva consigo una huella de amor… un rastro de gracia. Y ahora, nosotros que hemos sido transformados por su gracia, deseamos parecernos a Él, más y más.
Preguntas para la reflexión personal y comunitaria
- ¿Con quién nos identificamos: con el sacerdote, el levita o el samaritano?
- ¿Hemos actuado alguna vez como el sacerdote o el levita al evitar involucrarnos?
- ¿Cómo formar en nuestras comunidades la capacidad de ver, compadecerse y actuar?
- ¿Qué estructuras (sanitarias, sociales, pastorales) podemos crear para asegurar acompañamiento y cuidado continuado?
Conclusión práctica
La parábola nos enseña que un buen prójimo es la persona que demuestra compasión con acciones. Es una persona que hace algo por quienes sufren, independientemente de que sean de otra cultura, raza o nacionalidad. No hay límites étnicos ni geográficos en el mandato de amar al prójimo: cada ser humano creado a imagen de Dios es mi prójimo. Somos llamados a amar a cada ser humano sobre la faz de esta tierra tanto como me amo a mí mismo, incluso si no es parte de la hermandad de la fe.
¡ANDA Y HAZ TÚ LO MISMO! Ayudemos a nuestro prójimo, amemos de forma práctica a quienes lo necesitan.