El sexto mandamiento de la Ley de Dios nos prohíbe "no cometerás actos impuros", haciendo referencia directa a la sexualidad humana -es decir, al sexo, al amor, al matrimonio y la familia- y nos manda no usarla en contra de los fines para los que el Creador la dispuso, que son la procreación y la unión matrimonial.
Este mandamiento se conecta estrechamente con el noveno, pues mientras el sexto prohíbe los actos impuros, el noveno habla de no consentir pensamientos o deseos impuros. Frente a la pregunta: ¿qué hace que un acto, un pensamiento, un deseo o una mirada sean impuros?, la respuesta está en que un acto impuro es aquel que daña al ser humano en el ámbito de la sexualidad, que se ordena al amor.
¿Qué es un acto impuro?
Comúnmente reconocemos como actos impuros comportamientos tales como tener relaciones sexuales antes del matrimonio, la masturbación, el consumo de pornografía o cualquier acto contrario a la castidad. Sin embargo, no se trata solo de normas arbitrarias, sino de inclinaciones escritas en nuestra propia naturaleza, conocidas y formuladas con la razón, que los 10 mandamientos revelan.
Como explicó san Juan Pablo II, todo ser humano ha sido hecho para amar, para entregarse y hacerse don para los demás. Esto es clave para entender la pureza: un acto puro es aquel ordenado hacia el amor verdadero, mientras que un acto impuro es contrario a ese amor, que entendemos no como un mero sentimiento, sino como la decisión consciente de buscar el bien para la otra persona. Lo opuesto al amor es el usar a la otra persona para el propio beneficio, convirtiéndola en un medio para un fin y no en un fin en sí misma.

La sexualidad entre cuerpo y espíritu
La sexualidad humana es una realidad corporal y espiritual integrada. La sexualidad no es solo un acto biológico sino que implica unidad de cuerpo y alma e incluye la capacidad afectiva y de establecer vínculos de comunión con otro. Por eso, el sexto mandamiento prohíbe usar la sexualidad en contra del plan divino para la procreación y la unión matrimonial.
Jesucristo expresó en el Sermón de la Montaña que incluso mirar con deseo a una persona es cometer adulterio en el corazón (Mt 5, 27-28), subrayando la dimensión interior del mandamiento, que exige integridad de la persona y un aprendizaje constante de dominio de sí mismo para la castidad, entendida como la integración armoniosa de la sexualidad en la persona.
La virtud de la castidad
La castidad implica mantener la integridad de las fuerzas de vida y amor dentro de uno, oponiéndose a cualquier comportamiento que lesione esa unidad interior. La castidad es un aprendizaje de autocontrol y libertad, que se aprende y practica toda la vida, con diferentes retos en las distintas etapas, especialmente en la niñez y adolescencia.
Además, la castidad requiere respeto por los derechos de la persona, incluyendo el derecho a una educación y a información que respete las dimensiones moral y espiritual. Es a la vez una virtud moral y un don de Dios, frutos del esfuerzo espiritual y la gracia.
La castidad florece en la amistad, que puede darse entre personas del mismo sexo o de sexos distintos y conduce a la comunión espiritual. Todas las personas bautizadas están llamadas a vivir la castidad según su estado de vida: los esposos viven la castidad conyugal y los solteros o religiosos la viven en continencia.

Los pecados contra la castidad y la pureza
El sexto mandamiento prohíbe los pecados contrarios a la castidad. Entre ellos están:
- Masturbación: Excitación voluntaria de los órganos sexuales para obtener placer fuera del acto conyugal, considerada acto gravemente desordenado y egoísta.
- Fornicación: Unión sexual entre personas no casadas, contraria a la dignidad personal y a la finalidad del matrimonio.
- Pornografía: Exhibición de actos sexuales fuera de la intimidad, que desnaturaliza la finalidad del sexo y reduce a las personas a objetos de placer.
- Prostitución: Reducción de la persona a un instrumento sexual, atentando contra su dignidad y favoreciendo enfermedades.
- Violación: Violencia y agresión sexual que atenta contra la libertad, integridad y dignidad de la víctima, y es un acto intrínsecamente malo.
- Actos homosexuales: Según la doctrina, son intrínsecamente desordenados, al ir contra la ley natural y cerrar el acto sexual al don de la vida; sin embargo, la inclinación homosexual debe ser acogida con respeto y compasión, y las personas homosexuales llamadas a la castidad.
Jesús enseñó que el deseo impuro ya es pecado en el corazón, lo que pone énfasis en la necesidad de custodiar los pensamientos y deseos, no solo los actos externos.
La fidelidad y la sexualidad en el matrimonio
El sexto mandamiento exhorta a los esposos a practicar una fidelidad permanente y exclusiva, tanto emocional como sexual. El matrimonio refleja la fidelidad de Dios hacia nosotros, y la sexualidad conyugal es señal y garantía de comunión espiritual y física entre los esposos.
El amor en el matrimonio es mucho más que un vínculo carnal: abarca cuerpo y alma y está orientado a la procreación y la unión íntima duradera. Por eso requiere fidelidad absoluta, compromiso para toda la vida y respeto mutuo, superando esa unión física hacia una comunión plena.
El adulterio, que es la relación sexual extramatrimonial, viola esos derechos exclusivos y destruye la confianza, causando daño profundo tanto a la pareja como a la familia.

Integración y educación en la sexualidad
Hoy, a pesar de la abundancia de información sobre la función biológica del sexo, falta mucha enseñanza sobre su significado humano y espiritual. La sexualidad debe ser integrada en la persona como un don de Dios para participar en la creación y el amor, con dominio propio y autocontrol.
La educación sexual debe dar igual importancia a las dimensiones morales y espirituales, ayudando a crecer en castidad y respeto por uno mismo y por los demás. Las influencias culturales, como el cine o la pornografía, pueden distorsionar la visión correcta y deben ser vistas con precaución y responsabilidad por la familia y la sociedad.
Consejos para vivir la castidad
- Evitar las ocasiones de pecado y las conversaciones o imágenes que despierten deseos impuros.
- Practicar el dominio de sí mismo y buscar ayuda en oración, confesión y dirección espiritual.
- En el noviazgo, vivir la continencia como testimonio de respeto y preparación para el matrimonio.
- Fomentar la amistad sana y desinteresada, que ayuda a desarrollar la virtud de la castidad.
El sexto mandamiento en el corazón y en la vida cristiana
Jesús nos recuerda que la pureza no es solo externa sino del corazón: "Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios" (Mt 5, 8). Por ello, cumplir el sexto mandamiento es un camino hacia la perfección humana y espiritual, hacia un amor auténtico y generoso que respeta la dignidad propia y ajena.
Este mandamiento no se presenta como una mera restricción, sino como una invitación a vivir con valentía nuestra libertad, dignidad y modo de amar, cuidando el corazón para que nuestras palabras y actos sean bendición y no ocasión de alejarnos de Dios.
