Hoy recordamos con cariño a todos los fieles difuntos, en particular a aquellos seres queridos y conocidos que han muerto a lo largo de nuestra vida, quienes, como sabemos por la fe, ya viven “en Dios”, pues «las almas de los justos están en las manos de Dios y no les alcanzará tormento alguno. A los ojos de los insensatos pareció que habían muerto; se tuvo por quebranto su salida, y su partida de entre nosotros por completa destrucción; pero ellos están en la paz» (Sb 3,1-3).
Parece apropiado, por tanto, que en este día hablemos y reflexionemos no tanto sobre los muertos como acerca de la muerte, pues es ésta la que nos afecta muy de cerca y a todos, la que a todos nos equipara y la que a todos nos hace sentir indefensos, vulnerables, impotentes y, quizás, aterrorizados. Hoy es un día en el que tenemos que mirar a la Muerte, a nuestro “último Enemigo”, a la cara.
El temor humano y la llamada a la sabiduría
No es, cierto, un tema agradable, es más, nos causa miedo y rechazo, porque no es algo “natural”. Queremos vivir y vivir para siempre. Sí, yo también la contemplo, “por envidia del Diablo” y “por mi pecado” (Cf. Sb 1,12-13; 2,24), como algo extraño a mi naturaleza y no dejo de luchar tantas veces contra ella de modo equivocado. La queremos “exorcizar” por ser terrible, devoradora de la vida, sanguinaria.
Queremos “sobrevivir” a toda costa, llamar a la vida a través del trabajo, del placer, de la amistad, en un intento desesperado de sustraernos de la muerte aunque sea por un instante. Quizás por esto, precisamente, hoy tenemos que pensar seriamente sobre la muerte: porque ésta ha sido removida de entre nosotros, de nuestro ambiente social.
Reflexionar sobre la muerte, cara a cara con ella, nos hace sabios, nos ayuda a valorar adecuadamente las cosas y la vida, nos sirve sobre todo para prepararnos a morir santamente, según Dios y en brazos de Dios. La palabra de Dios nos revela, de hecho, otro rostro de la muerte a aquel que nos presenta el mundo y nosotros mismos nos formamos, y es éste el que todos nosotros tenemos que aprender a mirar y a testimoniar en nuestra vida.

La victoria de Cristo y la esperanza cristiana
La Muerte, esa que tan terrible nos parece, ha perdido para siempre su aguijón, su fuerza destructiva y aterradora, porque ha sido vencida y engullida por la victoria de Jesucristo y nosotros, unidos a Él por la fe, participamos ya de este triunfo glorioso y eterno: «La muerte ha sido devorada en la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado; y la fuerza del pecado está en la Ley, pero ¡gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo!» (1Cor 15,54-46).
El fin de la existencia humana no es la muerte, sino la vida celeste y bienaventurada: «En la casa de mi Padre - dice el Señor - hay muchas estancias, y voy a prepararos un lugar… para que donde estoy yo, estéis también vosotros» (Jn 14,2.3). Y el Camino hacia la casa del Padre no es la muerte sino Jesús, es decir, el cristiano aprende a mirar al Crucificado no a la muerte desnuda, aprende a contemplar a Aquel que muriendo mata a la misma muerte.
Si nuestra existencia está unida a Él en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya… Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él, sabiendo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y que la muerte no tiene señorío sobre Él. Nuestra muerte en Cristo es un nuevo nacimiento que ya vivimos y celebramos como primicias en nuestro bautismo.
Memento Mori: recuerdo útil en tiempos de triunfo
¿Sabías que en la antigua Roma, el triunfo era un evento majestuoso que marcaba la victoria militar y la gloria del general que lideraba las legiones hacia la victoria? A menudo, en medio de los vítores y las aclamaciones de la multitud, un pequeño esclavo se destacaba entre los asistentes a la procesión triunfal. Este joven esclavo tenía una tarea especial y solemne: susurrar al oído del general victorioso las palabras «Memento Mori» que significa recuerda que vas a morir, recordándole así su propia mortalidad en un momento de triunfo.
La frase «Memento Mori» servía como un recordatorio constante de que, aunque pudieran estar en la cima del mundo en ese momento, eventualmente, todos enfrentarían la inevitabilidad de la muerte. La reflexión sobre el «Memento Mori» no se limita al mundo romano, al contrario, tiene una profunda resonancia en la fe cristiana.
Vivir con sentido y esperanza
Como San Josemaría solía decir, «la vida presente es corta; es la eternidad la que cuenta». Este recordatorio es un llamado a vivir una vida de santidad, buscando hacer el bien y cumplir la voluntad de Dios en cada acción. Sabiendo que enfrentaremos un juicio final, donde rendiremos cuentas de nuestras acciones.
Vale la pena vivir cada día como si fuera el último, preparándonos para encontrarnos con Cristo como Juez, pero también como el Salvador que recompensará nuestros esfuerzos por seguir su camino. En definitiva, vivir con esperanza y alegría, sabiendo que la muerte no es el final, sino el paso a la eternidad.
Cómo Enfrentar la Muerte con Esperanza - Palabras de Billy Graham
Ritos, liturgia y tradición: por qué oramos por los difuntos
La Iglesia católica enseña que la purificación de las almas en el purgatorio puede ser asistida por las acciones de los fieles en la tierra. La celebración se basa en la doctrina de que las almas de los fieles que al tiempo de morir no han sido limpiadas de pecados veniales, o que no han hecho expiación por transgresiones del pasado, no pueden alcanzar la Visión Beatífica, y que se les puede ayudar a alcanzarla por rezos y por el sacrificio de la misa.
El Día de los Fieles Difuntos, también llamada Conmemoración de todos los fieles difuntos, es un día de oración y recuerdo por los fieles difuntos. Es un día festivo religioso dentro de las Iglesias católicas, en memoria de los fallecidos. Se conmemora el 2 de noviembre y su objetivo es orar por aquellos fieles que han acabado su vida terrenal y, en el caso católico, por quienes se encuentran aún en estado de purificación en el Purgatorio.
Origen y desarrollo histórico
Antes de la estandarización de la celebración cristiana occidental el 2 de noviembre por San Odilón de Cluny en el siglo X, muchas congregaciones católicas romanas celebraban el Día de los Difuntos en diversas fechas durante el Tiempo pascual, tal y como se sigue celebrando en la Iglesia ortodoxa, las iglesias católicas orientales y las iglesias luteranas orientales.
Fue el día después del Día de Todos los Santos el que eligió San Odilón de Cluny cuando, en el siglo XI, instituyó para todos los monasterios dependientes de la Abadía de Cluny una conmemoración anual de todos los fieles difuntos, que debía observarse con limosnas, oraciones y sacrificios para el alivio de las almas que sufrían en el purgatorio. Aunque la iglesia siempre ha orado por los difuntos, fue a partir del 2 de noviembre del año 998 cuando se creó un día especial para ellos.
Prácticas y manifestaciones culturales
Muchos líderes cristianos consideran que el Día de los Difuntos es una ocasión para celebrar el ecumenismo, dado que creyentes de diversas confesiones visitan colectivamente cementerios cristianos que son de naturaleza interconfesional. Los cristianos de las confesiones católica, luterana, reformada, anglicana, metodista y bautista suelen reunirse para limpiar, reparar y decorar juntos los cementerios.
El uso de velas por parte de los cristianos simbolizaba la luz de Cristo y el uso de lámparas en las tumbas de los mártires cristianos se remonta a los primeros tiempos del cristianismo. A menudo se celebran servicios de oración ecuménicos en los cementerios cristianos el Día de los Difuntos.
Tradiciones en Iberoamérica y España
En México y en algunos países de América Central esta conmemoración religiosa está vinculada con el Día de Muertos. En ella, las familias visitan los cementerios y colocan un altar de muertos en recuerdo de los seres queridos ya fallecidos. En El Salvador se acostumbra visitar los camposantos con coronas y cruces de flores naturales o artificiales, siendo este día de asueto nacional debido a la gran cantidad de personas que se traslada para visitar a sus seres queridos fallecidos.
En Ecuador, el Día de los Difuntos se celebra el 2 de noviembre de cada año, siendo esta fecha declarada feriado en el calendario anual. Esta tradición se caracteriza por ser un rito de influencia indígena, en donde la costumbre es preparar e intercambiar entre familiares y amigos las guaguas de pan para consumir con la colada morada.
En Perú se conmemora el Día de todos los Santos y los Fieles Difuntos de manera similar como en Ecuador y en Bolivia. Del 1 al 2 de noviembre, en la sierra central, se colocan ofrendas delante de las fotos o recuerdos de los difuntos. En los cementerios de la aglomeración de Lima se ha popularizado ese día, como día de visita a los difuntos en los grandes cementerios, recordando a los muertos de una manera alegre, con la música que les gustaba, propiciando bailes y consumo de licores.
En España, una de las tradiciones más extendidas es la visita al cementerio para honrar a los seres queridos fallecidos. Familias enteras acuden a las tumbas para limpiar y embellecer las lápidas con flores, especialmente con crisantemos, que son la flor por excelencia de esta festividad en España. La gastronomía también juega un papel importante durante esta festividad: se hacen dulces típicos para la fecha, como los "huesos de santo".
El purgatorio, el cielo y el valor de la oración
Hay una tercera posibilidad. No es una de las últimas cosas (cielo, infierno, muerte y juicio), sino más bien una cosa intermedia. A este estado lo llamamos purgatorio y es la razón de la conmemoración de Todas las Almas que celebramos el 2 de noviembre. El purgatorio no es simplemente un estado intermedio que podría resultar en el cielo o el infierno. Más bien, es un fuego purificador.
El dolor del purgatorio es un dolor productivo, como una cirugía o incluso el dolor de un atleta entrenando o compitiendo. A través de este sufrimiento productivo, las almas en el purgatorio sufren y necesitan nuestras oraciones. Conscientes de esto, recordamos a nuestros seres queridos y oramos. Resistimos la tentación de canonizar instantáneamente a nuestros amados difuntos y oramos con sobria esperanza, sabiendo que nuestras oraciones por los muertos nunca son en vano.
Preparar la propia muerte y acompañar a los moribundos
La Iglesia nos brinda un mensaje de esperanza cuando se trata de prepararnos para la hora de nuestra muerte. En el Catecismo nos enseña que podemos pedir a la Madre de Dios que interceda por nosotros «en la hora de nuestra muerte» a través de la oración del Ave María. También, se nos alienta a encomendarnos a San José, el patrono de una muerte feliz, lo que nos llena de confianza.
La Iglesia también nos enseña que los moribundos tienen derecho a vivir sus últimos momentos en dignidad y paz. Es importante brindarles atención y cuidado, así como asegurarnos de que reciban los sacramentos que los preparan para encontrarse con Dios. Cuando llegue ese momento inevitable para cada uno de nosotros, que estemos preparados espiritualmente, que nuestra fe nos brinde paz, y que nuestro amor nos una en la esperanza de un encuentro eterno con Dios.
Una perspectiva pastoral y antropológica
La muerte de las personas es un acontecimiento que posee profundo significado. No es simplemente el último paso del ciclo vital, como los demás seres que nacen, crecen, se reproducen y mueren. La muerte humana tiene un enorme sentido antropológico. Es una experiencia trascendente para quien fallece, pero también para otras personas, especialmente los seres queridos. La muerte no es un hecho individual o aislado.
Para los creyentes en Jesús, celebrar el día de los fieles difuntos tiene ante todo el sentido de celebración de la vida, la que nos ha otorgado nuestro Mesías muerto y resucitado. Por eso también la liturgia ha querido celebrar este día inmediatamente después de la solemnidad de Todos los Santos. Los difuntos, fieles a Cristo, al llegar al final de su vida terrena, son llamados a participar de la Pascua eterna, que el Dios de la vida celebra con todos sus santos y elegidos.
Orar, recordar y vivir
La conmemoración de hoy nos recuerda esta futura realidad; por eso la Iglesia intercede por nuestras hermanas y hermanos difuntos, rezando por ellos, haciendo sufragios y limosnas, pero sobre todo ofreciendo el mismo sacrificio de Cristo en la Eucaristía, de modo que todos los que aún después de su muerte necesitaran ser purificados de las fragilidades humanas, puedan ser definitivamente admitidos a la visión de Dios.
Nuestra fe católica nos lleva tanto a considerar esta realidad como a actuar en consecuencia. Comenzamos con el Día de Todos los Santos, pasamos inmediatamente al Día de Todas las Almas, y construiremos hacia la fiesta de Cristo Rey, que es una celebración completamente escatológica, elevando nuestra mirada al reinado y regreso de Cristo. Recordar la muerte y trazar la escala más grande de la realidad puede ser revolucionario: debería cambiar la forma en que oramos, la forma en que priorizamos nuestro tiempo y la forma en que vivimos en general.
Oración y memoria familiar
Recordaría ante Ti también a mis padres, pastores, maestros, hijos, parientes y benefactores, que me han precedido en la fe bendita y ahora están en Tu casa. Si, por medio de Jesucristo, mi oración encuentra gracia ante Tus ojos, haz Tú, en mi lugar, devolverles mi agradecimiento y mi amor, de cualquier manera que sea posible.
A todos aquellos a quienes he hecho daño, engañado o llevado a pecar, o a quienes he robado el honor, la salud o las posesiones, a quienes ya no puedo pedir perdón ni restituirles lo que les he quitado, porque ya han entrado en la alegría y el perdón de todos los pecados, ya han vuelto a tu hogar, a todos ellos, oh Señor, concédeles el bien por todo mi mal, tanto ahora como en el día de la resurrección de los justos.

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