La Iglesia es un misterio, es decir, una realidad en la que entran en contacto y comunión Dios y los hombres. Iglesia viene del griego “ekklesia”, que significa asamblea de los convocados. En el Antiguo Testamento fue utilizada para traducir el “quahal Yahweh”, o asamblea reunida por Dios con propósito cultual. En el Nuevo Testamento tiene varias acepciones, en continuidad con el Antiguo Testamento, pero designando especialmente el pueblo que Dios convoca y reúne desde todos los confines de la tierra para constituir la asamblea de todos los que, por la fe en su Palabra y el Bautismo, son hijos de Dios, miembros de Cristo y templo del Espíritu Santo.
Cristo como fundador: hechos y promesas
No hay un momento único en el que Cristo haya fundado la Iglesia, sino que la fundó en toda su vida: desde la encarnación hasta su muerte, resurrección, ascensión y envío del Paráclito. En toda su vida, Cristo -en quien habitaba el Espíritu- fue manifestando cómo debería ser su Iglesia, disponiendo unas cosas y después otras. Después de su Ascensión, el Espíritu fue enviado a toda la Iglesia y en ella permanece recordando todo lo que el Señor dijo a los apóstoles y guiándola a lo largo de la historia hacia su plenitud.
Él pasó toda una noche en oración, para escoger a los doce discípulos a quienes llamó Apóstoles destinados a ser fundamento del nuevo Israel, Pueblo de Dios, que es la Iglesia (cfr. Lc 6,12-16). Y por cierto, Cristo quiso una Comunidad (Iglesia) no solo para los judíos, sino para todas las naciones. Se despide de ellos, diciéndoles: “Todo poder se me ha dado en el cielo y en la tierra. Vayan pues y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a observar todo cuanto yo les he mandado.”
La proclamación e inauguración del reino de Dios por parte de Cristo condujeron a la reunión de los discípulos. Su muerte y resurrección y el envío del Espíritu Santo instauraron definitivamente la iglesia, con la que prometió permanecer hasta el fin del mundo (Mateo 28:20). La Iglesia fue fundada por las palabras y las acciones de Jesucristo, fue realizada, sobre todo, mediante su Muerte redentora y su Resurrección. Más tarde, se manifestó como misterio de salvación mediante la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés.

¿Constantino fundó la Iglesia?
Cuando el emperador Constantino publicó en Milán, en el 313 el edicto de tolerancia de los cristianos, la Iglesia ya se encontraba muy bien constituida, ya en Oriente (había nacido allá) ya en Occidente. Con ese edicto, Constantino puso fin a la época de las persecuciones en contra de los cristianos. Afirmar que él ha dado origen y que ha constituido a la Iglesia Católica y que solo iban formándose varias Iglesias, es una afirmación del todo gratuita. Con esto no hay que no reconocer que desde el 313 hasta su muerte, Constantino siempre favoreció el cristianismo.
La Iglesia como pueblo y cuerpo: identidades bíblicas
“Pueblo de Dios” es un título que Israel recibió. Cuando se aplica a la Iglesia, nuevo Israel, quiere decir que Dios no quiso salvar a los hombres aisladamente, sino constituyéndolos en un único pueblo reunido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, que le conociera en la verdad y le sirviera santamente. También significa que ella ha sido elegida por Dios. El Pueblo es de Dios y no es propiedad de ninguna cultura, gobierno o nación. Además es una comunidad visible que está en camino -entre las naciones- hacia su patria definitiva.
Cuando decimos que la Iglesia es el “cuerpo de Cristo” queremos subrayar que, a través del envío del Espíritu Santo, Cristo une íntimamente consigo los fieles, sobre todo en la Eucaristía, porque en ella los fieles se mantienen y crecen unidos en la caridad formando un solo cuerpo en la diversidad de los miembros y funciones. También se indica que la salud y la enfermedad de un miembro repercute en todo el cuerpo (1 Cor 12,1-24), y que los fieles, como miembros de Cristo, son instrumentos suyos para obrar en el mundo.
La Iglesia también es llamada “Esposa de Cristo”, lo cual acentúa, dentro de la unión que la Iglesia tiene con Cristo, la distinción entre Cristo y su Iglesia. También señala que la Alianza de Dios con los hombres es definitiva, Dios es fiel a sus promesas, y la Iglesia le corresponde fielmente siendo Madre fecunda de todos los hijos de Dios.
Comunión de los santos y realidad histórica
La Iglesia es communio sanctorum: comunión de los santos, es decir, comunidad de todos los que han recibido la gracia regeneradora del Espíritu por la que son hijos de Dios, unidos a Cristo y llamados santos. Unos aún caminan en esta tierra, otros ya murieron y se purifican también con la ayuda de nuestras plegarias. Otros, en fin, gozan ya de la visión de Dios e interceden por nosotros. La comunión de los santos también quiere decir que todos los cristianos tenemos en común los dones santos, en cuyo centro está la Eucaristía, todos los demás sacramentos que a ella se ordenan, y todos los demás dones y carismas.
Por la comunión de los santos, los méritos de Cristo y de todos los santos que nos han precedido en la tierra nos ayudan en la misión que el mismo Señor nos pide realizar en la Iglesia. Los santos que están en el Cielo no asisten con indiferencia a la vida de la Iglesia peregrinante, y aguardan que la plenitud de la comunión de los santos se realice con la segunda venida del Señor, el juicio y la resurrección de los cuerpos.
Sacerdocio común y ministerial
Al entrar en la Iglesia, el cristiano renace en Cristo y, con Él, es hecho rey y sacerdote por la señal de la Cruz; por la unción del Espíritu es consagrado sacerdote. Además, algunos reciben el sacramento del Orden, por el que son capacitados para hacer a Cristo sacramentalmente presente a los demás fieles, sus hermanos, predicar la Palabra de Dios y guiar a sus hermanos en lo que concierne a la fe y a la vida cristiana.
Con esta distinción entre la condición común cristiana y los ministros sagrados, Dios nos muestra que desea comunicar su gracia a través de otros, que la salvación nos viene desde fuera de cada uno de nosotros y no depende de nuestras capacidades personales. En la Iglesia de Dios hay, pues, dos modos esencialmente distintos de participar en el sacerdocio de Cristo, que están mutuamente ordenados entre sí; esa mutua ordenación no es una mera condición moral para el desarrollo de la misión, sino el modo en que el sacerdocio de Cristo se hace presente en esta tierra.
El sacerdocio no se reduce, por tanto, a un servicio específico dentro de la Iglesia, porque todos los cristianos han recibido un carisma específico y se reconocen miembros de una estirpe real y partícipes de la función sacerdotal de Cristo. Es una condición común a todos los cristianos, hombres y mujeres, laicos y ministros sagrados, que fue recibida con el Bautismo y ha sido reforzada por la Confirmación.

Notas de identidad: una, santa, católica y apostólica
La palabra "católica" es una de las cuatro cualidades atribuidas a la iglesia en el Credo Niceno-Constantinopolitano. Sugiere una cierta "inclusividad", el mantener unidas a las comunidades, características o ideas que no necesitan ni deben ser separadas porque tienen sus orígenes en la misma y única fe apostólica. La catolicidad implica que la diversidad no solamente debe ser tolerada sino ser bienvenida como un don de la abundante bondad de Dios.
La Iglesia Católica sostiene que su magisterio, ejercido por los obispos en unión con el obispo de Roma, recibe asistencia del Espíritu Santo para que no deje de proclamar la verdad transmitida por los apóstoles y guiar al pueblo de Dios con la autoridad de Cristo. El magisterio no está por encima de la Palabra de Dios, pero trata de prestarle atención, protegerla, comprenderla en mayor profundidad y aplicarla a las cuestiones existenciales que afronta el ser humano contemporáneo.
Argumentos para demostrar la fundación por Cristo
Para demostrar el origen divino de la Iglesia se pueden seguir tres vías: la histórica, la de las notas o la de la trascendencia. La llamada “vía histórica” comienza probando primero la misión divina de Cristo, y luego muestra que Cristo ha confiado la continuación de su obra redentora a una sociedad religiosa que es la Iglesia católica. Primero demuestra que Jesucristo tuvo intención de fundar una Iglesia: se pone de manifiesto por la promesa de edificar la Iglesia (cf. Mt 16,18), la elección, instrucción y misión de los Doce Apóstoles, la “nueva alianza” realizada en la Última Cena. Luego demuestra, usando los textos del Nuevo Testamento sólo como documentos históricos, que Jesucristo fundó efectivamente una Iglesia y le dio una constitución y estructura determinada; la fundó sobre los apóstoles: enviándolos a predicar, con autoridad de regir en su nombre a todos los hombres y de administrar los sacramentos, particularmente el bautismo, la Eucaristía y el perdón de los pecados.
El segundo método es llamado “vía de las notas”, y consiste en analizar la voluntad de Cristo y ver qué características quiso que tuviera la Iglesia por Él fundada. Después de analizar las cuatro notas, se revisan los diversos “pretendientes” al título de “iglesia fundada por Jesucristo” y se ve cómo la única que realiza en plenitud sustancial las cuatro notas es la Iglesia Católica.
La tercera es la vía llamada por algunos “de la trascendencia” y parte del hecho de la Iglesia (católica), de su actividad y de su acción tal cual se presenta directamente a todo hombre; el punto clave de este método es la demostración de que en la realidad histórica de la Iglesia se puede constatar la “intervención inmediata de Dios”.
Unidad, división y misión ecuménica
El concilio afirmaba que la Iglesia de Jesucristo, una, santa, católica y apostólica, profesada en el credo, "permanece en" la Iglesia Católica (Lumen Gentium 8). Con esta frase, el concilio quería expresar con toda franqueza la convicción católica de que la plenitud de los medios de salvación de los que Cristo quiso dotar a su iglesia únicamente puede encontrarse en la Iglesia Católica. Al mismo tiempo, al no equiparar simplemente la Iglesia de Cristo con la Iglesia Católica, el concilio intentaba reconocer la naturaleza y calidad eclesial de otras comunidades cristianas, que el Espíritu Santo emplea como medios de salvación.
Los católicos creen que las actuales divisiones entre cristianos no corresponden a la voluntad de Jesucristo y dificultan la realización más fructífera de la misión que éste ha encomendado a la iglesia: hacer discípulos de todas las naciones. Tras décadas de cautela respecto al movimiento ecuménico moderno, la Iglesia Católica, en particular a través del Concilio Vaticano II, reconoció que es el Espíritu Santo quien ha inspirado los esfuerzos contemporáneos por alcanzar una mayor unidad cristiana. La Iglesia Católica considera al movimiento ecuménico un esfuerzo multidimensional para viajar desde esa comunión parcial que ahora existe hacia la plena comunión que puede algún día ser celebrada en una eucaristía común.
HECHOS DE LOS APÓSTOLES EL DÍA DE PENTECOSTES
La historia visible: continuidad apostólica y ministerial
Para los católicos, la elección de los doce hecha por el propio Jesús y el papel especial desempeñado por Pedro dentro de ese grupo proporcionan el punto de partida para la creación de los ministerios episcopal y papal, considerados esenciales y necesarios para la iglesia. Dentro de esta interacción colegial y conciliar entre las iglesias locales y sus obispos, el obispo de Roma tiene la tarea especial de servir a la unidad, de manera análoga al papel desempeñado por el apóstol Pedro en el Nuevo Testamento.
La apostolicidad fundamental del ministerio se transmite a través de la ordenación por parte de obispos cuyas propias ordenaciones forman parte de la línea de sucesión apostólica que se remonta en última instancia a las primeras comunidades cristianas. El ministerio ordenado debe ser ejercido como un servicio, un medio sacramental mediante el cual Cristo, el profeta, sacerdote y pastor, continúa guiando a su pueblo.
La Iglesia en la historia: luces y sombras
Aun reconociendo la presencia de los pecadores en la Iglesia, nuestro Padre afirmaba que eso «no autoriza en modo alguno a juzgar a la Iglesia de manera humana, sin fe teologal, fijándose únicamente en la mayor o menor cualidad de determinados eclesiásticos o de ciertos cristianos. Proceder así, es quedarse en la superficie. Lo más importante en la Iglesia no es ver cómo respondemos los hombres, sino ver lo que hace Dios. La Iglesia es eso: Cristo presente entre nosotros; Dios que viene hacia la humanidad para salvarla, llamándonos con su revelación, santificándonos con su gracia, sosteniéndonos con su ayuda constante, en los pequeños y en los grandes combates de la vida diaria.»
La vida concreta de la Iglesia peregrina y de cada uno de sus miembros tiene gran importancia para la realización de su misión, para la purificación de muchas almas y para la conversión de tantas otras. A la vez, cabe la desgracia de que los fieles no respondan como Dios quiere, debido a sus limitaciones, a sus equivocaciones o al pecado que cometen. Algunas de las parábolas del Reino explican que el trigo convive con la cizaña, los peces buenos con los malos, hasta el fin del mundo.
Servicios y alcance social de la Iglesia fundada por Cristo
Actualmente no existe Iglesia que se le iguale en antigüedad, legitimidad y compromiso con la humanidad, a la fundada por Jesucristo, pues ésta presta labores humanitarias en hospitales, sitios de misión, universidades, escuelas, ancianatos, refugios, albergues, orfanatos, asiste a pueblos indígenas, entre muchas otras labores sociales más que realiza la Iglesia.
Bibliografía y vías de estudio
Una parte de la teología estudia precisamente estas cuestiones, y es llamada “apologética” (más concretamente una parte de ella conocida como “tratado de la verdadera Iglesia” -De vera Ecclesia). Para demostrar el origen divino de la Iglesia se pueden seguir las tres vías mencionadas: histórica, de las notas y de la trascendencia. La exposición detallada de cualquiera de estas vías supone un desarrollo amplio: se sugiere la lectura de alguno de los clásicos estudios de apologética católica como referencia básica, por ejemplo Vizmanos-Riudor, Teología Fundamental.