En el último domingo del año litúrgico se celebra la solemnidad de Cristo Rey del universo. La Solemnidad de Cristo Rey del universo, que cierra el año litúrgico, es una proclamación de la realeza de Jesucristo.
Jesús es Rey no por poderío terrenal o dominación política, sino por su amor redentor y su entrega en la cruz. Su Reino es un reino de verdad, justicia, santidad y gracia; un reino de amor, paz y caridad. Celebrar a Cristo Rey es reconocer su soberanía en nuestras vidas personales y en la sociedad, comprometiéndonos a construir un mundo según los valores de su Evangelio.
Origen histórico y motivos de la institución
La Fiesta de Cristo Rey fue introducida en el calendario litúrgico occidental en 1925 por el Papa Pío XI, con la encíclica Quas Primas. Después de la Primera Guerra Mundial, y con ocasión del 1600º aniversario del Concilio de Nicea (celebrado en el año 325), el Papa Pío instituyó la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, el 11 de diciembre de 1925. Luego de la Primera Guerra Mundial, en medio del crecimiento del comunismo en Rusia, y con ocasión del 1600 aniversario del Concilio de Nicea, el Papa Pío XI instituyó la fiesta en 1925 con la encíclica «Quas Primas».
En el año 325, se celebró el primer concilio ecuménico en la ciudad de Nicea, en Asia Menor. En esta ocasión, se definió la divinidad de Cristo contra las herejías de Arrio: «Cristo es Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero». El concilio fue convocado por el emperador romano Constantino I.
1600 años después, en 1925, Pío XI proclamó que el mejor modo de que la sociedad civil obtenga “justa libertad, tranquilidad y disciplina, paz y concordia” es que los hombres reconozcan, pública y privadamente, la realeza de Cristo. “Porque para instruir al pueblo en las cosas de la fe -escribió- mucha más eficacia tienen las fiestas anuales de los sagrados misterios que cualesquiera enseñanzas, por autorizadas que sean, del eclesiástico magisterio (…) e instruyen a todos los fieles (…) cada año y perpetuamente; (…) penetran no solo en la mente, sino también en el corazón, en el hombre entero”. (Encíclica Quas Primas, 11 de diciembre de 1925).
Traslado y sentido litúrgico
La fecha original de la fiesta era el último domingo de octubre, esto es, el domingo que inmediatamente antecede a la festividad de Todos los Santos; pero con la reforma de 1969, se trasladó al último domingo del Año Litúrgico, para subrayar que Jesucristo, el Rey, es la meta de nuestra peregrinación terrenal. Con la reforma de 1969, se trasladó al último domingo del Año Litúrgico para subrayar que Jesucristo, el Rey, es la meta de nuestra peregrinación terrenal.
Al cerrar el año litúrgico con esta fiesta se quiso resaltar la importancia de Cristo como centro de toda la historia universal. Posteriormente se movió la fecha de la celebración dándole un nuevo sentido. Como el año litúrgico representa el camino de nuestra vida, esta experiencia nos recuerda -es más, nos enseña- que nos dirigimos hacia el encuentro con Jesús, el Esposo, que vendrá como Rey y Señor de la vida y de la historia.
Fundamento bíblico y escatológico
En los Evangelios se reconoce a Jesús, Hijo de Dios, como Rey. Desde el inicio de Su predicación, Él anunció el Reino de los Cielos (ver Mc 1, 15), y al final, cuando fue interrogado por Pilato, afirmó ser Rey, con la aclaración de que Su Reino no era de este mundo (ver Jn 18, 33-37). «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y Él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras, y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda.»
La fiesta tiene un sentido escatológico pues celebramos a Cristo como Rey de todo el universo. En esta celebración se recuerda la segunda venida: en la primera, vino en la humildad de un Niño acostado en un pesebre; en la segunda, regresará en la gloria, al final de la historia. Esta es la venida que hoy celebramos litúrgicamente.
El juicio y los criterios del Reino
«Vengan, benditos de mi Padre... Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles». En este último domingo del año litúrgico, celebramos la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo. Lo que nos llama la atención hoy de los textos que hemos escuchado es que el examen último se refiere al amor, a lo concreto de la vida, empezando por los gestos más sencillos, más ordinarios: tuve hambre, tuve sed... No se trata de gestos heroicos, ni de gestos ajenos a la vida cotidiana o de gestos llamativos.
En el Evangelio de Mateo, el Rey dirá a los que tenga a su derecha: "Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; fui forastero y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver". Luego dirá a los de su izquierda: "Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno... porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer..."
Cómo vivir la Solemnidad: implicaciones prácticas
- Reconocer la soberanía de Jesucristo en nuestras vidas personales y en la sociedad.
- Comenzar por entregarle nuestro corazón: Cristo debe reinar, antes que nada, en nuestra alma.
- Servir a los demás, por Cristo, exige ser muy humanos; servicio y ejemplo son caminos para mostrar a las almas el reinado de Cristo.
- Conocer a Cristo mediante la lectura y reflexión del Evangelio, la oración personal y los sacramentos.
- Imitar a Jesucristo: el amor nos llevará a pensar, querer y sentir como Él, viviendo una vida de verdadera caridad.
- Compromiso apostólico: llevar nuestro amor a la acción para extender el Reino de Cristo mediante obras concretas de apostolado.
El cristiano, cuando trabaja, como es su obligación, no debe soslayar ni burlar las exigencias propias de lo natural. Si con la expresión bendecir las actividades humanas se entendiese anular o escamotear su dinámica propia, me negaría a usar esas palabras. El Reino de Cristo es de libertad: aquí no existen más siervos que los que libremente se encadenan, por Amor a Dios.
Dimensiones culturales y devocionales
En México conocemos esta celebración como ‘fiesta de Cristo Rey’, pero litúrgicamente es más que una fiesta, es una Solemnidad, para celebrar a ‘Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo’. Durante la persecución religiosa en México, en los años 20´s, los católicos que se mantuvieron firmes en su adhesión a Cristo y a su Iglesia, y fueron perseguidos, apresados y torturados, pero se negaban a renunciar a su fe, para mostrar su adhesión a Jesucristo gritaban: ‘¡Viva Cristo Rey!’
Unos años antes, en 1919, Emeterio Valderde, obispo de León, tuvo la idea de poner en lo alto del Cerro del Cubilete, centro geográfico de México, un monumento dedicado a Cristo Rey, para reparar los atentados sacrílegos que habían sufrido imágenes de Jesús. El día en que fue inaugurado, se celebró una Misa, donde el obispo cambió el nombre de ‘Cerro del Cubilete’ a ‘Montaña de Cristo Rey’, y consagró a México a Cristo, Rey del Universo. A esta celebración asistieron miles de personas.
La Fiesta de Cristo Rey es una celebración litúrgica con la cual la Iglesia Católica honra a Jesucristo como Rey del Universo. Esta festividad fue establecida por el Papa Pío XI en 1925 a través de la encíclica Quas Primas. Fue hasta 1969 que el Papa San Pablo VI dio a la fiesta el título actual: Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, y la trasladó al último domingo del año litúrgico.

Color litúrgico y signos
El significado de la fiesta de Cristo Rey evoca color litúrgico que usa este día la Iglesia Católica, el cual es blanco o el dorado. Estos colores simbolizan la solemnidad, la alegría y la gloria de Cristo como Rey del Universo. El uso del blanco o del dorado refleja la majestuosidad y la realeza de Jesucristo. Estos colores son comunes en festividades que celebran la gloria y la grandeza de Cristo, como la Fiesta de Cristo Rey.
Transmisión a los niños y vida cotidiana
Puedes explicar que el reino de Jesús no es como los reinos que conocemos en la Tierra. En lugar de tener un castillo o un trono de oro, Jesús es el Rey del Cielo y de todo el universo. Hazles saber que Jesús es un rey muy especial porque su reino es de amor y bondad. Él nos enseña a ser amables, compasivos y a ayudar a los demás, lo cual es diferente de cómo algunas personas entienden a los reyes en los cuentos.
Diles que la Fiesta de Cristo Rey es una celebración especial al final del año en la Iglesia. Es un día en el que recordamos que Jesús es nuestro Rey, y que queremos seguir sus enseñanzas en el próximo año. Menciona que en este día usamos el color blanco o dorado en la iglesia para mostrar que estamos felices y alegres porque Jesús es nuestro Rey. También es un día para agradecer a Jesús por ser nuestro guía y amigo.
Explicación Animada Sobre Festividad de Cristo Rey del Universo
Oración y devoción popular
Hacer una oración a Cristo Rey puede proporcionar consuelo y paz interior, especialmente en momentos de dificultad. La oración es una forma de establecer una conexión espiritual con lo divino. Al dirigirse a Cristo Rey, las personas buscan fortalecer su vínculo con lo sagrado y confiar en que la intervención divina puede marcar una diferencia en sus vidas.
Oración a Cristo Rey: Jesucristo, Rey del Universo, en este momento elevo mi corazón hacia Ti. Tú que reinas sobre todo, te reconozco como mi Señor y Salvador. En tu infinita misericordia, guía mis pasos y dirige mis decisiones. Sé mi luz en la oscuridad, mi fuerza en la debilidad y mi consuelo en la aflicción.
Conclusión práctica
La Iglesia tiene el encargo de predicar y extender el reinado de Jesucristo entre los hombres. Su predicación y extensión debe ser el centro de nuestro afán vida como miembros de la Iglesia. Se trata de lograr que Jesucristo reine en el corazón de los hombres, en el seno de los hogares, en las sociedades y en los pueblos. Para lograr que Jesús reine en nuestra vida, en primer lugar debemos conocer a Cristo.
Acerquémonos a la Eucaristía, Dios mismo, para recibir de su abundancia. Al conocer a Cristo empezaremos a amarlo de manera espontánea, por que Él es toda bondad. El tercer paso es imitar a Jesucristo. Por último, vendrá el compromiso apostólico que consiste en llevar nuestro amor a la acción de extender el Reino de Cristo a todas las almas mediante obras concretas de apostolado.