Homilía Enrique Díaz Díaz para el Segundo Domingo de Cuaresma, Ciclo C

En el segundo domingo de Cuaresma, la Iglesia nos invita a subir con Jesús al monte Tabor para contemplar el misterio de su Transfiguración. Este momento es una hermosa manifestación de la gloria de Cristo, que anticipa su Pasión, Muerte y Resurrección. La narración evangélica, con Pedro, Santiago y Juan como testigos, nos conduce del desierto -donde Jesús enfrentó la tentación y compartió nuestra humanidad- al monte, lugar donde se revela su divinidad y se anticipa la gloria futura de nuestra humanidad transfigurada.

El monte Tabor: un espacio sagrado de encuentro y revelación

El desierto y el monte son lugares apartados, espacios de silenciosa soledad donde la oración permite que el misterio de Dios se revele con claridad. Jesús, impulsado por el Espíritu Santo, se retira a estos lugares para orar con el Padre, y en ellos nos enseña la importancia del silencio interior que suscita la presencia divina. Como señala Benedicto XVI, “El silencio es capaz de abrir un espacio interior en lo más íntimo de nosotros mismos, para hacer que allí habite Dios, para que su Palabra permanezca en nosotros, para que el amor a Él arraigue en nuestra mente y en nuestro corazón, y anime nuestra vida”.

Este silencio puede generar temor porque nos confronta con la verdad de nuestra existencia, pero también es el canal por el que Dios se nos da a conocer. La experiencia de la Transfiguración nos invita a buscar esos espacios para profundizar nuestra relación con el Señor y a permanecer atentos a su llamada.

El Monte Tabor y la oración de Jesús

La Transfiguración: manifestación de la gloria de Dios

En el monte, Jesús se transfigura ante Pedro, Santiago y Juan: su rostro resplandece “como el sol” y sus vestiduras se vuelven “blancas como la luz” (Mt 17,2). Moisés y Elías, símbolos de la Ley y los Profetas, aparecen y dialogan con él, anunciando la culminación de su misión en Jerusalén. La respuesta espontánea de Pedro, “Maestro, qué bien se está aquí; si quieres haré aquí tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías” (Mt 17,4), refleja la fascinación ante la gloria pero también la incomprensión del camino que Jesús debe recorrer.

El momento de iluminación es coronado por una nube luminosa que los cubre y una voz desde la nube declara: “Este es mi Hijo, el Amado, en quien me he complacido: escuchadle” (Mt 17,5). Esta teofanía revela la presencia trinitaria -el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo- reafirmando la dignidad divina del Hijo y la necesidad de atender a sus palabras. Los discípulos, llenos de temor, caen de bruces ante esta manifestación, incapaces aún de comprender plenamente su significado.

El llamado a la conversión y al seguimiento radical

La Transfiguración no es un espectáculo para el deleite, sino una luz que ilumina el camino de la cruz que Jesús debe recorrer y que los discípulos también están llamados a seguir. El seguimiento de Cristo implica negarse a uno mismo, tomar la propia cruz y abrazar su proyecto de amor y entrega plena. La radicalidad del Evangelio no admite ambigüedades ni componendas: “El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí” (Mt 10, 37-42).

En nuestro tiempo, esa cruz se refleja en la lucha por la justicia, la defensa de la vida y la dignidad humana frente a las estructuras que oprimen y marginan. Como recuerda San Pablo, “por el bautismo fuimos sepultados con Cristo… para que llevemos una vida nueva” (Rom 6,3-4). Este llamado nos sitúa ante la necesidad de morir a las estructuras de muerte y vivir en la plenitud renovada que ofrece el Reino.

Camino de la cruz hacia la gloria

La experiencia de los discípulos y nuestra invitación actual

Pedro, Santiago y Juan son testigos privilegiados de la gloria oculta en Jesús. La experiencia fue tan impactante que quisieron quedarse en el monte, pero el Señor los llama a descender y retomar el camino cotidiano. Esa gloria debe permanecer en sus corazones como fuerza para afrontar los días oscuros de la Pasión.

Nosotros, en el tiempo de Cuaresma, somos invitados a mantenernos espiritualmente despiertos, como los discípulos que lucharon contra el sueño para poder contemplar la manifestación divina. La Cuaresma es un tiempo propicio para orar, hacer sacrificios y crecer en la gracia, preparando nuestro corazón para la gloria del misterio pascual.

Como aconseja San Josemaría, “La oración nos dará el endiosamiento bueno, humilde, santo, y podremos trabajar en todos los ambientes”. Esta experiencia de la oración auténtica nos transforma y nos prepara para llevar la luz del Evangelio a un mundo necesitado de esperanza y renovación.

La transfiguración personal y comunitaria

El misterio que presenciaron los apóstoles nos invita a reconocer nuestra propia transfiguración y a trabajar por la transfiguración del mundo que nos circunda. El rostro de Jesús se refleja en cada persona, aunque muchas veces esté desfigurado por la miseria, la injusticia y el poder mal empleado. Nuestro desafío es descubrir en cada hermano el rostro divino y devolverle la dignidad que posee como hijo de Dios.

La comunión con Cristo transfigurado transforma nuestra vida y nuestro accionar, aportándonos serenidad, luz y fuerza para ser signos vivos del Reino. Así, volvemos continuamente al monte en nuestro Espíritu, para sostenernos en la fe y en la esperanza, avanzando paso a paso hacia la Jerusalén celestial.

La conversión en el camino cuaresmal | Reflexión del Padre Freddy Bustamante | El Buen Dios

Lecturas y referencias claves

  • Génesis 15, 5-12.17: Dios revela a Abraham la gloria futura y sella el pacto.
  • Mateo 17, 1-9: Evangelio de la Transfiguración de Jesús en el monte Tabor.
  • Filipenses 3, 17: Invitación a vivir la nueva vida en Cristo con esperanza y alegría.

Esta homilía está inspirada en las enseñanzas del Padre Canice Chukwuemeka Njoku, C.S.Sp., y recoge también las reflexiones de diversos santos y papas como Benedicto XVI, San Josemaría, San Pablo y el Papa Francisco, quienes nos animan a vivir plenamente el misterio de la Cuaresma y a dejarnos transfigurar por el encuentro con Jesús.

Iconografía de la Transfiguración de Jesús con Moisés y Elías

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