Los evangelios presentan una geografía narrativa que, con frecuencia, no se ajusta con precisión a la realidad topográfica e histórica de Palestina en el siglo I. Antonio Piñero -especialista en cristianismo primitivo, apócrifos y Manuscritos del Mar Muerto- ha señalado repetidamente que muchos pasajes reflejan errores geográficos que delatan autores alejados del terreno, autóctonos quizá de una cultura helénica que trabajó con traducciones griegas (la Septuaginta) y con imaginarios literarios más que con observación local. En este artículo se recogen y ordenan las observaciones sobre esos errores geográficos, sus posibles causas y sus implicaciones para la historia de los evangelios.
Autores, lengua y trasfondo: por qué surgen errores geográficos
Los evangelios, pese a la creencia, no fueron escritos por autores judíos, ni por habitantes del Israel y Palestina de aquella época. Esto se comprueba cuando uno analiza las afirmaciones que esos realizaron o cómo se expresaban. Incosncientemente, estos autores de habla y cultura helena, dejaron expresiones, situaciones y juegos de palabras que sólo podrían haberse producido de ser esto así.
Errores que sólo alguien que no conociera la zona y escribiera de oídas habría cometido. Errores que, además, muestran que dichos autores se sirvieron de una traducción griega y no hebrea de la Biblia: la LXX o Septuaginta. Los autores neotestamentarios basaron mucha de su mitología y su consiguiente teología en dicho error. Por ejemplo, muchas palabras en hebreo, sobre todo adjetivos, se dejaron sin traducir en griego como si estos fueran nombres propios.
La influencia de la lengua y la traducción
Los evangelios se escribieron en griego koiné y los traductores han dejado huellas lingüísticas que afectan incluso a la geografía: la confusión entre términos, la transliteración de adjetivos como nombres y la interpretación de topónimos a partir de lecturas alejadas del terreno contribuyeron a heterodoxias geográficas en los textos. La declaración era una admisión de que el «Mar de Galilea» necesitaba una explicación porque era una forma novedosa de referirse no a un mar sino a un lago, el lago Tiberíades.
Casos paradigmáticos de errores geográficos
El “Mar de Galilea” y la invención del mar tempestuoso
La simple realidad fue que el «Mar de Galilea», un lago (de apenas 10 km de ancho) que se puede cruzar en canoa en un par de horas (y puede observarse su extremo desde una orilla), fue una invención literaria del autor de Marcos. Autor que necesitaba para su relato un mar tempestuoso ficticio sobre el cual su héroe podría «tomar el viaje» y, en el proceso, dominar las fuerzas elementales, sobre las cuales podría perambular, cautivando multitudes de judíos y gentiles según las narraciones de tales autores.

Gergesa, Gadara, Gerasa: confusiones entre lugares
Para complicarlo aun más, el autor de Mateo 8:28, intentando corregir el error de Marcos, dijo que era la tierra de los «gergesenos». Los gergesenos no eran los gerasenos. Si uno mira el mapa puede verse que Gerasa (la «tierra de los gerasenos») está a casi 50 kilómetros al sureste del lago. Ni si quiera Gadara sirve, pues está a unos 10 km. Aun suponiendo que la versión era que el salto se habría producido hacia la región de la decápolis de Gadara y no Gadara (como señala el autor de Marcos) ni ya hablamos de Gergesa (como señala el autor de Mateo) o Gerasa (como señalan las traducciones), Hippos seguiría encontrándose mucho más cerca.
Las copias más antiguas, en griego, no respaldan a los primeros ya que la región empleada por sus autores es Γαδαρά (Gadará). El país de los gergesenos - O de los gadarenos - Gergesa y Gadara eran ciudades cercanas entre sí. Gergesa y Gadara ¿ciudades cercanas? Basta con mirar el mapa para ver que no es así.
Capernaum y Nazaret: anacronismos y ausencia de evidencia
A la anterior y anacrónica Capernaum se le suma la supuesta Nazaret cristiana, puesta a dedo posteriormente por el cristianismo en el evangelio del autor de Marcos (el primer autor) para así poder «armonizar» el texto del primer autor que la menciona: el autor de Mateo. Este narra que esta era una «ciudad» (quédense con esto).
Pero cuando oyó que Arquelao reinaba en Judea en el lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí. Y todos fueron a pagar sus impuestos, cada uno en su ciudad de origen. Y José fue también desde La CIUDAD de Nazaret en Galilea, hasta la ciudad de David, llamada belén. Para empezar, como con muchas cristianas, no hay ni una sola profecía veterotestamentaria sobre esto. Seguimos, además, que no hay ni una sola fuente del siglo I ni anterior que confirme la existencia de Nazaret como lugar.
La base fundamental de la historiografía y de toda ciencia se basa en la confirmación mediante la evidencia: no hay evidencia que confirme las afirmaciones realizadas por los relatos. Un dato concreto: Josefo llega a citar más de 45 ciudades y aldeas de todo tipo; sin embargo, no menciona Nazaret. La evidencia arqueológica ha sido debatida: algunas vasijas y materiales hallados han sido interpretados como indicios de ocupación, pero el carácter y la datación son discutibles y no confirman una ciudad consolidada en el siglo I.
La construcción posterior de lugares santos
Hasta que la arqueóloga Yardenna Alexandre concluyó basándose en sus trabajos que era probable «que los judíos cavaran este pozo en preparación de la Gran Revuelta del año 67 d.C.»; la conclusión de Piñero es que muchos lugares santos se consolidaron por la devoción y el turismo cristiano en el siglo IV, no por la continuidad de una tradición local del siglo I. A raíz del mito cristiano sobre su versión de un mesías «judío» basada en descontextualizaciones veterotestamentarias que realizó el autor de Mateo, el cristianismo del siglo IV empieza a «encontrar» enclaves turísticos de forma mágica. Por ejemplo, usan los pozos de la región para construir templos de culto.
Implicaciones históricas y metodológicas
Los errores geográficos no son meros deslices: muestran la naturaleza de los evangelios como textos literarios y teológicos más que como reportes geográficos precisos. Intentar mostrar estos errores simplemente mencionándolos hace difícil su apreciación. Por eso es necesario el uso de imágenes.
Este tipo de errores apoya la tesis defendida por Piñero (y por otros especialistas) de que muchos rasgos de los evangelios proceden de autores lejanos al terreno, que trabajaron sobre tradiciones orales y escritas, y que a menudo intentaron armonizar fuentes dispares (como Marcos, Q, y tradiciones orales) sin ajustarse estrictamente a la geografía real. En consecuencia, el análisis geográfico constituye una herramienta valiosa para evaluar la historicidad y la procedencia de pasajes concretos.
¿Qué nos enseñan estos errores sobre la historicidad de Jesús?
Piñero y otros estudiosos subrayan que existen dos niveles conceptuales: Jesús-el-nazareno (posible figura histórica, limitada y local) y Jesucristo (construcción teológica amplia). La existencia de errores geográficos y la posterior consolidación de lugares de culto indican que la tradición evangélica incorpora elaboración literaria y topográfica que no siempre coincide con la realidad histórica local. Esto no prohíbe la existencia de una figura histórica, pero sí exige cautela al usar los evangelios como fuentes directas para reconstruir itinerarios y detalles topográficos.
Recomendaciones para el estudio
- Usar mapas y materiales arqueológicos junto con los textos para evaluar la plausibilidad geográfica de los relatos.
- Atender al contexto lingüístico: la transmisión en griego y el uso de la Septuaginta influyen en nombres y referencias.
- Comparar versiones evangélicas (Marcos, Mateo, Lucas, Juan) y las tradiciones apócrifas para detectar armonizaciones que introducen anacronismos.
- Valorar la cronología de la literatura y la aparición de centros de peregrinación en el siglo IV como agentes de fijación toponímica.

Lecturas relacionadas y fuentes útiles
Para quien quiera profundizar, la bibliografía de Piñero sobre evangelios apócrifos, Manuscritos del Mar Muerto y el volumen Aproximación al Jesús histórico ofrecen abundante material contextualizante. Además, las discusiones sobre Josefo y el Testimonio Flaviano, la crítica a interpretaciones anacrónicas de términos como “theos” o “Señor”, y las comparaciones con la literatura apocalíptica del entorno del Segundo Templo ayudan a entender por qué se producen y persisten ciertas imprecisiones topográficas en los textos evangélicos.
Introducción geográfica a la Biblia
En conclusión, la geografía evangélica revela mucho más que lugares: evidencia la interacción entre tradición, lengua, teología y construcción literaria. Comprender esos errores es clave para abordar con rigor la historicidad y la formación de los relatos sobre Jesús.
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