Creencias religiosas y filosofía de Miguel de Unamuno

Miguel de Unamuno fue un heterodoxo contumaz. Nunca buscó la sombra de un dogma que aplacara sus inquietudes. Por el contrario, siempre cultivó la paradoja, la duda, la polémica y la angustia existencial.

Talante y búsqueda espiritual

Desde su punto de vista, la esencia del pensamiento no es la paz, sino la guerra, el conflicto permanente, la beligerancia sin tregua, el choque dialéctico, la autocrítica feroz. La exaltación de Unamuno no nace de un ego desmesurado, sino de una sincera honestidad y un inconformismo irreductible, que le hace preguntarse una y otra vez por el sentido de la vida y el fondo último de las cosas. Ese talante explica su búsqueda de Dios, sus continuas divagaciones sobre el cristianismo, sus fervores y sus perplejidades.

Mi religión: lucha, duda y sentimiento

El 6 de noviembre de 1907 publicó Unamuno un artículo esclarecedor en el periódico bonaerense La Nación, que tituló “Mi religión”. De entrada, señalaba que el dogmatismo era el recurso de la pereza y el miedo. Frente a esta claudicación del espíritu, sólo cabe una posición crítica y escéptica. Unamuno aclaraba que ponderaba el escepticismo desde el punto de vista etimológico y filosófico: “escéptico no quiere decir el que duda, sino el que investiga o rebusca, por oposición al que afirma y cree haber hallado”.

Ante la necesidad de definir su postura en materia religiosa, Unamuno responde con su habitual agonismo trágico: “Mi religión es buscar la verdad en la vida y la vida en la verdad, aun a sabiendas de que no he de encontrarla mientras viva; mi religión es luchar incesante e incansablemente con el misterio; mi religión es luchar con Dios desde el romper del alba hasta el caer de la noche, como dicen que con él luchó Jacob”. Aunque Dios sea incognoscible y quizás una quimera, Unamuno reclama el derecho de aventurarse hacia la derrota. “¿No elogiamos a los que se dejaron matar peleando antes que rendirse? Pues esta es mi religión”.

Fe, voluntad y corazón

No le resultan convincentes las pruebas clásicas sobre la existencia de Dios. Se identifica con Kant, que desmontó los distintos argumentos (cosmológico, ontológico, teleológico), sacando a la luz sus paradojas, antinomias y paralogismos. Los razonamientos del ateísmo no le parecen menos inconsistentes, pues reducen el conocimiento a primarias evidencias empíricas que frustran la ambición de una comprensión profunda. No oculta que su fe se basa en la voluntad y el sentimiento: “Y si creo en Dios, o, por lo menos, creo creer en Él, es, ante todo, porque se me revela, por vía cordial, en el Evangelio y a través de Cristo y de la Historia. Es cosa de corazón”.

Para no dar pie a malentendidos, añade: “Lo cual quiere decir que no estoy convencido de ello como lo estoy de que dos y dos son cuatro”. A pesar de los titubeos, no puede eludir la cuestión religiosa, pues le va en ello su paz interior y la justificación de sus actos. “Quiero saber”, exclama, presumiendo que su anhelo nunca será enteramente satisfecho: “Y me pasaré la vida luchando con el misterio y aun sin esperanza de penetrarlo, porque esa lucha es mi alimento y es mi consuelo. Sí, mi consuelo. Me he acostumbrado a sacar esperanza de la desesperación misma”.

Relación con el cristianismo y las iglesias

Ni católico, ni luterano, ni calvinista, ni ateo, ni racionalista. No acepta ninguna de esas definiciones, que eximen de pensar, proporcionando una falsa tranquilidad: “yo no quiero dejarme encasillar, porque yo, Miguel de Unamuno, como cualquier otro hombre que aspire a conciencia plena, soy especie única”. La libertad es el rasgo distintivo del que busca insobornablemente la verdad. Unamuno admite que su corazón se identifica con el cristianismo, pero no con las iglesias que administran su legado, descalificándose mutuamente con odio cainita. “Considero cristiano a todo el que invoca con respeto y amor el nombre de Cristo, y me repugnan los ortodoxos, sean católicos o protestantes”, particularmente cuando condenan y repudian “a quienes no interpretan el Evangelio como ellos”.

Dios en Unamuno: personalización, humanización y divinización

En “Del sentimiento trágico de la vida”, Unamuno sienta las bases de una religiosidad practicable por las personas de carne y hueso sumidas en el desamparo existencial derivado de la Modernidad triunfante. Según Unamuno, entendemos por religión “la relación con Dios, […] la unión más o menos íntima con Él”. Pero esa urgencia espiritual que cimienta el hecho religioso, en el caso del filósofo vasco, se presenta con un sesgo singular: en realidad, se trata de ansiar “que haya Dios”, sentimiento por lo demás indisociable de la apetencia de “inmortalidad del alma, de la permanencia […] de nuestra conciencia personal e individual”.

Unamuno rechaza todo avatar de un Dios abstracto, un dios trasuntado en pura idea. En sus propias palabras, “la idea de Dios en nada nos ayuda para comprender mejor la existencia, la esencia y la finalidad del Universo”. Ese rechazo a una divinidad etérea se proyecta en la reivindicación de un Dios sustancial, al punto de que no atrae al creyente por tratarse de un ser pensante, “sino porque obra, porque crea”; en suma: “porque no es un Dios contemplativo, sino activo”.

Unamuno reivindica al “Dios cordial que nos hace vivir”, al “Dios de los vivos”. Esa personalización de lo divino se da pareja a una humanización de Dios y ambos procesos arraigan en el vasto territorio del sentimiento y la pasión, donde coexisten el hambre y la sed de inmortalidad, el amor, la compasión, el anhelo de proyección del alma personal en la comunidad, el mundo, el universo. “Es a nosotros mismos, es nuestra eternidad lo que buscamos en Dios”.

Unamuno escribiendo en su mesa, representando su agonía creadora

Dios como comunidad y conciencia

En Unamuno, divinización, humanización y personalización aparecen unidas por un vínculo indisoluble; podría decirse que conectan entre sí al modo de un continuo en razón del cual el eslabón más bajo -el que concierne a la persona- se proyecta en el más elevado -el que atañe a Dios, al universo, a la conciencia del mundo-. Así pues, en palabras del filósofo, “Dios es […] la personalización del Todo, es la Conciencia eterna e infinita del Universo”.

Para Unamuno, “hay un Dios colectivo, social, humano, resultante de las imaginaciones todas humanas que le imaginan. […] Dios es y se revela en la colectividad”. En este punto, el filósofo se distancia del catolicismo, en tanto que implícitamente apela a una suerte de repotenciada libertad de conciencia, de la que deriva la formación de tantas imágenes de Dios como personas que las configuren.

Fe creadora y pluralidad de Dios

Para el filósofo, “la fe es el poder creador del hombre”, de manera tal que “la fe crea en cierto modo su objeto”, con lo que, a fin de cuentas, “la fe en Dios consiste en crear a Dios”. Esa particularización personalizada de una divinidad impar concuerda con la idea unamuniana de que “creer en Dios es en cierto modo crearlo; aunque Él nos crea antes. Es Él quien en nosotros se crea de continuo a sí mismo”.

Pasión, razón y el sentimiento trágico

En Del sentimiento trágico…, se percibe con claridad lo que no es una figuración apropiada para la religiosidad unamuniana. La pasión y la fe son más vitales que la razón, pero esa convicción no lo induce a una total prescindencia de esta. Para Unamuno, “la razón es una potencia desconsoladora y disolvente”. Es más: la razón misma se ve afectada por esa función desintegradora de todo lo vital, hasta el punto de que “la disolución racional termina en disolver la razón misma en el más absoluto escepticismo”.

El filósofo está convencido de que la ciencia no satisface nuestras necesidades afectivas y volitivas, nuestra hambre de inmortalidad, y lejos de satisfacerla, contradícela. Pero admite, con la misma certidumbre, que la fe pacta con la razón, porque no se siente segura sin ella, que “fe, vida y razón se necesitan mutuamente”.

El cristianismo afectivo y la imagen de Cristo

El 10 de mayo de 1909 Unamuno publica en Los Lunes de El Imparcial un artículo sobre su particular concepto de la fe, inseparable de su sentir como español. Se titula “El Cristo español” y redunda en su cristianismo afectivo, trágico, donde el sentimiento prevalece sobre cualquier especulación filosófica o teleológica. Unamuno proclama que su fe está asociada a la imagen de Jesús en la Cruz, con su terrible carga de sufrimiento físico y moral: “A mí me gustan los Cristos tangerinos, acardenalados, lívidos, ensangrentados y desangrados. Sí, me gustan esos Cristos sanguinolentos y desangrados”. Y añade, notablemente emocionado: “Y el olor a tragedia. ¡Sobre todo, el olor a tragedia!”.

Unamuno siempre situó a Nietzsche por debajo de Kierkegaard, pues entendía que el verdadero coraje no consiste en rebelarse contra Dios, sino en confiar ciegamente en Él, incluso cuando nos pide subir al Monte Moriá para inmolar a nuestro primogénito. Nietzsche reivindica el gay saber, la alegría de vivir, la ópera bufa, lo solar y luminoso; Kierkegaard desprecia el saber, la alegría y lo cómico. Sólo cree en la virilidad de la fe, que se somete incondicionalmente a la expectativa de un absoluto indemostrable, internándose con paso firme en la noche oscura. Unamuno no se conformó con imitar al filósofo danés, sino que fue mucho más lejos, postulando una fe que asume y soporta el peso de la duda, sin renunciar a Dios en ningún momento.

La agonía del cristianismo -Miguel de Unamuno |ALEJANDRIAenAUDIO

Agonía, misticismo y polémica crítica

Su postura espiritual, para quien el desasosiego y la inquietud constituían el factor capital de una auténtica vida religiosa, encuentra frase matriz en su etimología: “agonía” entendida como lucha. La obra “Del sentimiento trágico de la vida” plantea en toda su amplitud el tema de la inmortalidad y del conflicto entre la razón y la fe, entre la lógica y la vida, entre la inteligencia y el sentimiento. Para don Miguel la fe sólo será “fecunda y salvadora” cuando tenga como base la lucha constante entre el escepticismo racional y el ansia vital de inmortalidad.

La actitud religiosa de Unamuno ha estado sujeta a las más opuestas oscilaciones de la crítica. La enjuiciaron desde el primer momento los católicos y los anticlericales. Para unos y para otros Unamuno era “ateo”. Puede decirse que don Miguel no era católico, pero ¿todas sus manifestaciones de inquietud religiosa eran insinceras? Mi juicio es: Unamuno fue un místico, un protestante, un ateo, un católico, pero honesto y sincero.

Vida, pérdida y literatura como grito

Unamuno sabe que su poesía no es melodiosa, ni grata al oído. Nunca lo pretendió. Sus poemas son “gritos del corazón”, semejantes a los de un padre que ha perdido a un hijo. Y sabe de lo que habla, pues él ha pasado por la terrible experiencia con su hijo Raimundo, fallecido a los seis años a causa de una meningitis. Sus poemas intentan “hacer vibrar las cuerdas dolorosas de los corazones de los demás”.

Legado y actualidad

Las nuevas generaciones de escritores apenas muestran interés por Unamuno. Consideran que su estilo y sus ideas pertenecen a otra época, que su obra está muy lejos del mundo actual, movido por otros horizontes y otras prioridades. Poco después de la muerte del escritor, Ortega y Gasset escribió: “La voz de Unamuno sonaba sin parar en los ámbitos de España desde hace un cuarto de siglo. Al cesar para siempre, temo que padezca nuestro país una era de atroz silencio”. Ese atroz silencio ha llegado hasta hoy.

Portada de

En la raíz de la intrincada andadura unamuniana se entreveran, de forma a la vez tensa e indisociable, la vida y la filosofía, el pensamiento y el sentimiento, la razón y la pasión. A fin de cuentas, todo ese movimiento de autorrevisión personal y redefinición ideológico-religiosa abre cauce a una interpretación de la vida, la muerte, la filosofía, la moral, la política, la sociedad… en suma: el universo mismo, cimentada de manera preferente en los impulsos sentimentales y pasionales del propio Unamuno de carne y hueso, aunque sin renunciar a todos los rigores de la razón.

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