La globalización de la indiferencia es un estado de cosas, pero sobre todo una actitud del hombre, sostenida por la cultura del bienestar que nos anestesia la conciencia, disminuye nuestra capacidad reflexiva frente a lo bueno y lo malo, pero primordialmente nos incapacita frente al dolor, pues al estar inhibidas nuestras facultades más propias como el entendimiento y la razón, somos presa de la sensualidad/ placer que produce la comodidad.
Por ello no somos tolerantes al dolor o sufrimiento, tanto del propio como del ajeno. Esquivamos al que sufre porque no entra para nosotros en la dimensión del placer, aceptando sólo a aquel otro que consumimos desde la esfera del placer/utilidad, sólo el aparece en nuestro registro visual. En cambio, el otro que sufre es el no visto, y nuestra indiferencia es una muerte más discreta pero penetrante que su misma condición sufriente.
Qué entiende el Papa por «globalización de la indiferencia»
Para poder sostener un estilo de vida que excluye a otros, o para poder entusiasmarse con ese ideal egoísta, se ha desarrollado una globalización de la indiferencia. Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe.
La cultura del bienestar nos anestesia y perdemos la calma si el mercado ofrece algo que todavía no hemos comprado, mientras todas esas vidas truncadas por falta de posibilidades nos parecen un mero espectáculo que de ninguna manera nos altera. Este deseo de destacar y tener ha derivado en un actitud generalizada de desapego y egoísmo, que el difunto Pontífice llama globalización de la indiferencia.

Economía de la exclusión e inequidad: consecuencias humanas
Así como el mandamiento de «no matar» pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir «no a una economía de la exclusión y la inequidad». Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad.
La indiferencia respecto al otro, a su dignidad, a sus derechos fundamentales y a su libertad, unida a una cultura orientada a la ganancia y al hedonismo, favorece, y a veces justifica, actuaciones y políticas que terminan por constituir amenazas a la paz. Dicha actitud de indiferencia puede llegar también a justificar algunas políticas económicas deplorables, premonitoras de injusticias, divisiones y violencias, con vistas a conseguir el bienestar propio o el de la nación.
Indiferencia, información y saturación
La indiferencia ante el prójimo asume diferentes formas. Hay quien está bien informado, escucha la radio, lee los periódicos o ve programas de televisión, pero lo hace de manera frívola, casi por mera costumbre: estas personas conocen vagamente los dramas que afligen a la humanidad pero no se sienten comprometidas, no viven la compasión. Desgraciadamente, debemos constatar que el aumento de las informaciones, propias de nuestro tiempo, no significa de por sí un aumento de atención a los problemas, si no va acompañado por una apertura de las conciencias en sentido solidario.
Más aún, esto puede comportar una cierta saturación que anestesia y, en cierta medida, relativiza la gravedad de los problemas. Algunas personas prefieren no buscar, no informarse y viven su bienestar y su comodidad indiferentes al grito de dolor de la humanidad que sufre. Casi sin darnos cuenta, nos hemos convertido en incapaces de sentir compasión por los otros, por sus dramas; no nos interesa preocuparnos de ellos, como si aquello que les acontece fuera una responsabilidad que nos es ajena, que no nos compete.
Dimensión religiosa y ética de la indiferencia
La primera forma de indiferencia en la sociedad humana es la indiferencia ante Dios, de la cual brota también la indiferencia ante el prójimo y ante lo creado. Esto es uno de los graves efectos de un falso humanismo y del materialismo práctico, combinados con un pensamiento relativista y nihilista. El hombre piensa ser el autor de sí mismo, de la propia vida y de la sociedad; se siente autosuficiente; busca no sólo reemplazar a Dios, sino prescindir completamente de él.
Sin una apertura a la trascendencia, el hombre cae fácilmente presa del relativismo, resultándole difícil actuar de acuerdo con la justicia y trabajar por la paz. Cuando la indiferencia afecta al plano institucional, la indiferencia respecto al otro favorece políticas que terminan por constituir amenazas a la paz.
Jesús, la misericordia y la llamada a detenernos
Jesús nos enseña a ser misericordiosos como el Padre. En la parábola del buen samaritano denuncia la omisión de ayuda frente a la urgente necesidad de los semejantes: «lo vio y pasó de largo». Mediante este ejemplo, invita a que aprendamos a detenernos ante los sufrimientos de este mundo para aliviarlos, ante las heridas de los demás para curarlas, con los medios que tengan, comenzando por el propio tiempo, a pesar de tantas ocupaciones.
La misericordia es el corazón de Dios. Por ello debe ser también el corazón de todos los que se reconocen miembros de la única gran familia de sus hijos; un corazón que bate fuerte allí donde la dignidad humana esté en juego. Jesús nos advierte: el amor a los demás -los extranjeros, los enfermos, los encarcelados, los que no tienen hogar, incluso los enemigos- es la medida con la que Dios juzgará nuestras acciones.

La periferia como criterio pastoral y ético
El concepto de “periferia” es capital en el pensamiento de Francisco. La Iglesia está llamada a salir de sí misma e ir hacia las periferias, no solo las geográficas sino también las existenciales: las del pecado, las del dolor, las de la injusticia, las de la ignorancia y prescindencia religiosa, las del pensamiento, las de toda miseria. Esa triple periferia es el núcleo de la Iglesia de Francisco.
La primera vez que el papa Francisco salió de Roma fue para visitar la isla de Lampedusa. Aquello fue una declaración de principios en toda regla: el primer papa latinoamericano empezaba su mandato denunciando urbi et orbi los desmanes cometidos por los ricos y los poderosos contra los pobres y los indefensos. Para Francisco, la Iglesia debe alejarse del centro, de Roma y el Vaticano y la pompa y circunstancia de la burocracia eclesiástica.
Educación, medios y responsabilidad social
En primer lugar me dirijo a las familias, llamadas a una misión educativa primaria e imprescindible. Ellas constituyen el primer lugar en el que se viven y se transmiten los valores del amor y de la fraternidad, de la convivencia y del compartir, de la atención y del cuidado del otro. Los valores de la libertad, del respeto recíproco y de la solidaridad se transmiten desde la más tierna infancia.
Quienes se dedican al mundo de la cultura y de los medios de comunicación social tienen también una responsabilidad en el campo de la educación y la formación. En efecto, los medios de comunicación «no sólo informan, sino que también forman el espíritu de sus destinatarios y, por tanto, pueden dar una aportación notable a la educación de los jóvenes». Su cometido es sobre todo el de ponerse al servicio de la verdad y no de intereses particulares.
La esperanza como antídoto frente a la indiferencia
La invitación del Pontífice es “a no perder la esperanza en la capacidad del hombre” para superar el mal y no abandonarse a la resignación y a la indiferencia. Hay muchas razones para creer en la capacidad de la humanidad que actúa conjuntamente en solidaridad, en el reconocimiento de la propia interconexión e interdependencia, preocupándose por los miembros más frágiles y la protección del bien común.
Esta actitud de corresponsabilidad solidaria está en la raíz de la vocación fundamental a la fraternidad y a la vida común. La dignidad y las relaciones interpersonales nos constituyen como seres humanos, queridos por Dios a su imagen y semejanza. Fuera de esta relación, seríamos menos humanos. Precisamente por eso, la indiferencia representa una amenaza para la familia humana.
Tabla: Formas de indiferencia y respuestas propuestas por el Papa
- Indiferencia ante Dios - Falso humanismo y materialismo práctico; respuesta: apertura a la trascendencia y conversión del corazón.
- Indiferencia informativa - Saturación y frialdad ante el sufrimiento; respuesta: formación mediática al servicio de la verdad y compasión activa.
- Indiferencia económica - Economía de la exclusión e inequidad; respuesta: decir «no» a modelos que matan y promover justicia distributiva.
- Indiferencia institucional - Políticas que ignoran la dignidad humana; respuesta: responsabilidad pública y políticas orientadas al bien común.
- Indiferencia práctica - Pasar de largo ante el que sufre; respuesta: practicar la misericordia, detenerse y actuar, como el buen samaritano.
Los gestos del Papa Francisco, su cercanía a los más vulnerables, su encuentro con personas y países lejanos no eran una estrategia estudiada, sino el talante de un hombre muy cercano a Dios y muy próximo a todo lo humano. Francisco ha sido un dique, una voz valiente y discordante del liberalismo sin fronteras ni sin escrúpulos. “No caigamos en la indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia el ánimo, en el cinismo que destruye”.
En la encíclica Laudato si’ habla de la globalización de la indiferencia ante la que “algunos se arrastran en una degradante miseria, sin posibilidades reales de superación, mientras otros ni siquiera saben qué hacer con lo que poseen...”. Fue un referente moral en los tiempos de la globalización desbocada. Sostenía que la homogeneización universal podía provocar la desaparición de una cultura, un hecho tanto o más grave que la desaparición de una especie animal o vegetal.

Partiendo de las directrices indicadas por el tema Vence la indiferencia y conquista la paz, en el Mensaje escrito para la ocasión el Papa Francisco ha invitado a todos los hombres de buena voluntad a reflexionar sobre el fenómeno de la “globalización de la indiferencia”, que es causa de tantas situaciones de violencia e injusticias. Todo el Mensaje es una muestra de solicitud para que en el mundo finalmente se pueda, en todos los niveles, “realizar la justicia y trabajar por la paz”.
También nosotros estamos llamados a que el amor, la compasión, la misericordia y la solidaridad sean nuestro verdadero programa de vida, un estilo de comportamiento en nuestras relaciones de los unos con los otros. Esto pide la conversión del corazón: que la gracia de Dios transforme nuestro corazón de piedra en un corazón de carne, capaz de abrirse a los otros con auténtica solidaridad.
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