Viajen con nosotros a lugares que no existen, vengan a conocer ciudades e islas de la geografía mítica y del territorio de la imaginación. La Península Ibérica es, desde antiguo, el extremo occidental de Europa, allí donde se pone el sol detrás del océano Atlántico en el fin del mundo. Es el «finis terrae», más allá de las columnas de Hércules. Allí donde estaba el non plus ultra y luego, simplemente, dejó de estarlo. La percepción de la Península Ibérica como lugar de paso del mundo ordinario hasta el extraordinario ha sido una constante en viajeros de todo rango y origen desde antiguo.
Origen del mito de las Islas de los Bienaventurados
La primera mención de las Islas de los Bienaventurados aparece en la obra de Hesíodo, Trabajos y Días (c. 700 a.C.), donde se describe un lugar reservado para héroes recompensados por los dioses con una vida libre de preocupaciones, en un entorno de clima suave, naturaleza fértil y ausencia de guerras. «Makaron nesoi», en griego, es la expresión de un no lugar, de felicidad solo para dioses o hijos de dioses. «Makarios» es un adjetivo que únicamente se aplica a seres divinos: la felicidad no existía para los humanos, que a lo sumo tenían «eudaimonía», o un «buen genio».
Por eso, las islas de los afortunados, como utopía feliz más allá del tiempo y el espacio, aparecen designando un paraíso terrenal ya en Hesíodo hablando de ciertos héroes que obtienen como recompensa a su virtud el habitar cerca de los dioses en esas islas donde no existe la pena, casi como en los Campos Elíseos de Homero. El mito de estas islas se relaciona por ende con el de las edades pretéritas y más felices de la humanidad.
La localización atlántica: Iberia y las Canarias
¿Dónde estaban estas islas? Es claro que en el lejano Occidente, ya para geógrafos e historiadores griegos como Diodoro de Sicilia, que incluso intentan ubicarlas no lejos de Iberia y de Gibraltar. Es, claro está, la legendaria Tierra de Poniente, la Iberia occidental, la Hesperia de los griegos, o tierra del atardecer, donde también hay un edén guardado por bellas mujeres, el Jardín de las Hespérides, con un árbol de frutos dorados de la inmortalidad que vigila un dragón y que solo Hércules, muy cerca de sus pilares, pudo hallar.
Con el tiempo, el concepto evolucionó. En el siglo V a.C., el poeta Píndaro transformó las Islas de los Bienaventurados en la morada de las almas justas, no solo de héroes. A partir del siglo III a.C., los elementos míticos se transfirieron a islas reales del Atlántico. Autores grecolatinos como Estrabón, Plutarco, Pomponio Mela y Plinio el Viejo comenzaron a identificar las Islas de los Bienaventurados con archipiélagos como las Azores, Madeira, Cabo Verde y, especialmente, las Canarias.
El primer documento escrito con una referencia directa a Canarias se debe a Plinio el Viejo, que cita el viaje del rey Juba II de Mauritania a las islas en el 40 a. C. y se refiere a ellas por primera vez como Islas Afortunadas (Fortunatae Insulae). Las Islas Canarias son conocidas desde hace siglos como las islas afortunadas o las islas de los bienaventurados, pero... ¿por qué la razón de este nombre? Su origen data de un mito griego que las relaciona con su paraíso.

Macaronesia y la pervivencia del mito
Hoy, las Islas Afortunadas se llaman Macaronesia y están compuestas de los siguientes archipiélagos: Islas Azores, Madeira, Islas Salvajes (parte de Madeira), Islas Canarias, Archipiélago Chinijo y Cabo Verde, entre otras. Incluso en la literatura árabe medieval, las Canarias aparecen bajo nombres míticos como “Islas Eternas” o “Islas de la Felicidad”, versiones árabes del concepto griego original.
Según el mito estas islas eran aquellas en las que se conseguía el descanso eterno, donde todo crecía por actuación de la propia naturaleza, donde los hombres no tenían que trabajar, solo recoger los frutos de la tierra. La mitología grecolatina ubicaba en el entorno de Canarias, situadas 'más allá de las Columnas de Hércules', en el Mar Tenebroso, en los límites del mundo conocido ('la Ecúmene'), muchos de los relatos fantásticos de su tradición.
El tránsito del mito a la geografía y la cultura
La mítica España ha sido vista así como locus amoenus, hortus conclusus, edén, paraíso, arcadia y utopía a la vez, en esas islas que, en cierto momento, pasaron de ser las «islas de los afortunados» -es decir, de los héroes divinizados que van a vivir en ellas- a convertirse en «islas afortunadas» por sí mismas, por su feliz clima, localización y sus maravillas. Hay muchas islas e ínsulas felices en paralelo, pero en la geografía real ningún otro archipiélago soñado tiene más derecho a reivindicar este legado que las Canarias.
Wagner y el uso del mito: de la Grecia antigua a la Tetralogía
Dice el tópico -no del todo infundado- que sería necesaria una vida entera para leer todo lo que Richard Wagner escribió y todo lo que se ha escrito sobre él. Exageración o no, lo cierto es que ya antes de su muerte la bibliografía dedicada al dramaturgo superaba los diez mil títulos. Desde entonces, este caudal no ha dejado de crecer, alimentando una tradición crítica, ensayística y divulgativa de proporciones casi inabarcables.
Una buena manera de comenzar a entender la magnitud de la figura de Wagner es el libro Wagnerismo de Alex Ross. Una de las acusaciones típicas que se le hacen a Wagner y, en general, al arte romántico, es su interés por el medievalismo y por el pasado remoto. Todas las óperas de Wagner, con excepción de Los maestros cantores, están basadas en leyendas o en mitos. Pero ¿cuál es la visión que el propio Wagner tenía del mito? Cada uno a su manera, Jung y Lévi-Strauss nos proporcionaron herramientas para comprender los mitos de una manera que lograba salvar esa ruptura con el pasado que pretendieron instituir los ilustrados y más tarde ciertas tendencias materialistas del siglo XX.
En la Tetralogía -El oro del Rin, La valquiria, Sigfrido y El ocaso de los dioses- Wagner toma mitos germánicos y nórdicos y los transforma en un discurso sobre la codicia, el poder, la destrucción y la redención por medio del amor y la compasión. Wagner lo resumió así: “Contiene el comienzo del mundo y su destrucción”. En ese proceso, los dioses y los fenómenos suelen cambiar de estatuto: primero son personas antropomórficas y luego se convierten en fuerzas, en fenómenos naturales.
Loge: del dios-persona al fenómeno
Veamos un ejemplo en uno de los personajes centrales de la Tetralogía, el dios Loge. Loge es un dios extraño. Es, en realidad, un semidiós, un ser intermedio entre el mundo humano y el divino. Los dioses no le admiten en sus brillantes salas, y Loge los odia por esa razón. Si observamos la evolución de la figura de Loge, veremos que en El oro del Rin es un personaje. El dios es una “persona”, un ser dotado de voz, cuerpo, carácter, intención. En las siguientes óperas los dioses como “personas” irán desapareciendo.
En “La valquiria”, Loge ya no es una persona. Es el fuego invocado por Wotan al final del tercer acto para que rodee a Brunhilda dormida. Entonces, ¿qué es un dios? Wagner explica: una cierta fuerza que se manifiesta para nosotros en distintos niveles. No hay un nivel “sagrado” y otro “profano”: lo profano también es parte de lo sagrado porque TODO ES UN DIOS: la manipulación, el fuego, los viajes.
La dimensión musical del mito en Wagner
La música de Loge, que es tremendamente cromática, imita siempre la forma complicada y retorcida del fuego mediante una interminable serie de modulaciones. Es uno de los motivos más complejos de la Tetralogía y también, sin duda, el más rico armónicamente. Esta brillante página está basada en dos motivos: el motivo de Sigfrido, que es su llamada de trompa, y luego una ligera e ingeniosa melodía que se superpone en los violines.
La Tetralogía está llena de melodías que suenan solo una vez y que no son leitmotiv. En el caso del “Viaje de Sigfrido por el Rin”, dura muy poco, ya que enseguida se enreda con una música que, a estas alturas, nos resulta muy familiar. Pero ¿por qué “El viaje de Sigfrido por el Rin” no es, en realidad, más que una variación singularmente alegre y brillante del motivo de Loge? Porque primero Loge es un dios personal y antropomórfico que habla, discute, manipula; luego es un fenómeno de la naturaleza.
La puesta en escena contemporánea y el eco ecológico
La valquiria de Richard Wagner se ha asociado a menudo a acontecimientos épicos o escenas heroicas, pero no es una ópera bélica. Más bien trata sobre el poder del amor y las relaciones humanas. “Tiene instantes grandiosos y espectaculares, cierto, son necesarios cien músicos para interpretarla, pero donde realmente se expresa el sentido de esta obra es en los momentos de calma, cuando los personajes dialogan entre sí. Ahí es donde la partitura de Wagner estremece por su precisión”, ha comentado Pablo Heras Casado sobre la producción reciente del Teatro Real.
El compositor alemán se basó en la mitología nórdica para escribir su tetralogía. En las reposiciones contemporáneas, directores y escenógrafos subrayan aspectos como la codicia como motor de devastación y la preocupación por la destrucción que provocan la crueldad y la avaricia del hombre. “Yo siempre he sido ecologista, tengo una granja desde hace 40 años, así que me pareció importante subrayar este asunto en la puesta en escena", añadió Patrick Kinmonth, que además diseñó escenografía y figurines.

Relaciones entre mito atlántico y mito wagneriano
Desde tiempos antiguos, las islas han sido espacios privilegiados para la imaginación y el mito. La idea de lugares apartados, utópicos y felices -como las Islas de los Bienaventurados- conecta con otra gran tradición mitológica: la creación de mundos fundacionales y de ruina que caracterizan la obra de Wagner. Ambos cuerpos míticos -el atlántico y el germánico- sirven para explorar cómo las sociedades proyectan deseos, miedos y críticas sobre un espacio exterior: un edén inaccesible o una catástrofe inevitable.
El turismo también aparece en este horizonte simbólico: la exuberancia del “Viaje de Sigfrido por el Rin” es la alegría un poco frívola del turista que lo único que quiere es ver cosas nuevas y bonitas y divertirse. Recordemos, por supuesto, que el turismo es una de las muchas creaciones de ese rico e inagotable siglo XIX.
Tabla: paralelismos temáticos
- Mito atlántico (Islas de los Bienaventurados): Paraíso exterior, descanso eterno, abundancia natural, ubicadas en el Occidente más allá de los límites conocidos.
- Mito wagneriano (Tetralogía): Origen y destrucción del mundo, dioses-humanos, fuerzas naturales convertidas en destino, crítica a la codicia.
- Punto de encuentro: Ambos mitos proyectan ansias de perfección y denuncian la fragilidad humana ante el poder y la avaricia; ambos usan lo fantástico para explorar realidades sociales y éticas.
La pervivencia cultural
El mito de las Islas de los Bienaventurados ha sido fundamental para la construcción del imaginario atlántico grecolatino y la identidad canaria. Ha inspirado a poetas, viajeros y científicos a lo largo de los siglos, y sigue vivo en la cultura y la memoria colectiva de las islas. A su vez, Wagner y la vasta bibliografía que lo rodea -sus escritos, las cartas, la invención de Bayreuth y la crítica- mantienen la tensión entre pasado y presente, entre el mito como refugio y el mito como espejo crítico de la modernidad.
#DescubreTuHistoria. Las Islas Afortunadas.
En conjunto, las islas míticas del Atlántico y la mitopoiesis wagneriana muestran cómo las culturas reescriben el mundo imaginario para nombrar sus deseos y sus miedos: un territorio de fantasía que informa la geografía real y la praxis artística.